Ya están aquí. Lo advirtió Ernst Jünger en el libro-entrevistas “Titanes venideros” (1998): “Con el siglo XXI entraremos en una nueva edad de titanes que se caracterizará por la liberación de una ingente cantidad de energía”. Pensaba ante todo en la energía atómica, si bien se refería como lo iba haciendo toda su vida al dominio titánico de la ciencia, en especial de la tecnología que, en la I Guerra Mundial, según él, había demostrado por primera vez su capacidad de destrucción/exterminio. Cuando murió con 103 años, en 1998, la era digital empezaba a popularizarse y quedaba un lustro para que diese el gran salto adelante con miles de millones de personas usando las redes sociales, los móviles… y con sus mega plataformas convertidas en los titanes empresariales por antonomasia de nuestro tiempo, todo lo cual ha cambiado el mundo, no siempre para bien ni para todos por igual. Entre los perdedores figuran países pobres, hoy etiquetados junto al heterogéneo Sur Global, con sus emigrantes ilegales en Occidente siendo potencialmente los más amedrentados por estar en primera línea de choque.
La ceremonia de toma de posesión de Ronald Trump como presidente de EE.UU. escenificó la supremacía de una superpotencia engranada a la era digital, hoy la más decisiva, además de hostil con los inmigrantes. El actual régimen liberal democrático/estado de Derecho, tiende con Ronald Trump al populismo y tecnocracia, o si se quiere, en política autoritaria y plutocracia. Era lo peor que les podía pasar a quienes viven en precario sin otra capacidad de respuesta que soportar su indefensión ante la quiebra del humanismo que todavía preside el frontis de las democracias occidentales.

Quedó patente en la primera decisión que tomó Trump tras jurar su cargo: la emprendió contra los inmigrantes ilegales prometiendo deportarlos en masa, enviando al Ejército a sellar la frontera con Méjico. Días después empezó como un poseso a firmar órdenes ejecutivas, algunas de ellas muy lesivas que incumbían también al conjunto de los inmigrantes. Les retiró las ayudas federales (USAID), les suprimió la discriminación positiva de que gozaban para acceder a plazas y cargos en el sector público, les derogó el derecho ius soli por el cual se obtiene la nacionalidad de un país por el simple hecho de nacer en su suelo. Su aplicación dependerá, a veces, de las decisiones judiciales, quedando claro el firme propósito de perjudicar a los inmigrantes, al extremo de deportarlos quieran o no sus países de origen. Bastó con esgrimir la subida brusca de los aranceles para que Colombia aceptase sin rechistar el retorno de sus emigrantes ilegales que les remitía Washington en aviones militares.
El peor ejemplo estaba dado. Sin embargo, la Unión Europea guarda un clamoroso silencio ante tamaño atropello a los derechos humanos, a la solidaridad y a la tolerancia porque ella misma está tomando duras medidas contra los inmigrantes, en especial en el sur del Mediterráneo, y porque los europeos manifiestan cada vez mayor rechazo a los extranjeros. No puede criticar a Trump mientras tenga previsto aplicar el férreo Pacto sobre Inmigración y Asilo. La Europa se agazapa también ante los desafueros de Trump contra los palestinos de Gaza, contra la Corte Internacional de Justicia (La Haya), contra el entramado de la ONU (salida de la OMS/salud y del Acuerdo de París/ecología) y solo se apresta frente a EE.UU. para defender sus intereses comerciales y para cumplir lo menos posible las órdenes de Trump de aumentar el gasto militar.
El perjuicio que se lleva a cabo contra los inmigrantes no será tema de fricción entre Bruselas y Washington, pues sus políticas restrictivas van en la misma dirección, sobre todo por parte de la pujante extrema derecha europea. Más que nada porque Trump ha confirmado que se puede actuar impunemente contra ellos y hasta el Gobierno laborista de Starmer se suma a las redadas y deportaciones alarmado por la continua llegada de inmigrantes a través del Canal de la Mancha.

Cunde la mano dura sin inhibiciones porque los provenientes del Sur Global están desprotegidos ante los titanes desencadenados. La Declaración de los Derechos Humanos (1949) es un texto ético, no jurídico, un tanto ficticio porque solo se aplica si se inserta en la legislación del país firmante y aún esto, se da a abraques e interpretaciones, máxime cuando la crisis de la ONU va ahora pareja a la quiebra de su sistema internacional de seguridad y solidaridad. Y desde luego tan rimbombante Declaración no da derecho a nadie a recibir ayuda, asilo o respaldo, sólo a pedirlo. Lo mismo pasa con la Convención de Ginebra sobre los refugiados (1951), se puede pedir, pero que te lo concedan o no depende de las autoridades, a lo cual también remite la Carta de los Derechos Fundamentales de la UE. Hasta ahora bastaba pisar suelo de la Unión Europea para no solo poder pedir asilo y ayuda, también para tener derecho fehaciente a recibir una respuesta y, por lo general, mientras tanto seguir en Europa ni que fuese a modo de limbo legal, que ya era mucho conseguir. Esto se está acabando conforme se externalizan las fronteras al sur del Mediterráneo y se crean zonas en los controles fronterizos de la UE que no son consideradas territorio de la Unión. Por tanto, no hay garantías; menos si quienes deciden el destino de los recién llegados se comportan sin ánimo de favorecerles.
“¿La Fiscalía de quién depende? … Pues ya está”
Los inmigrantes van perdiendo retazos de la red de seguridad que para sus derechos les procuran, al menos formalmente, tratados, convenciones, declaraciones y manifiestos internacionales. En eso consiste la arremetida de Trump, aprobada implícitamente por las democracias europeas, contra el basamento de las Naciones Unidas ahondando la indefensión de quienes pertenezcan a los países pobres, a quienes se saltan las fronteras para impulsar sus vidas porque no esperan a que les lleguen las hipotéticas mejoras si se quedan en casa. Y esto no es lo más funesto que les podía pasar. Lo gravísimo es la deriva autoritaria que las democracias empezaron a tomar antes incluso de que Trump volviera al poder, pues incluso algunos gobiernos de izquierdas ya las habían empezado a aplicar.
Un breve toma y daca de una entrevista basta para desnudar las miserias del actual sistema democrático. Entre sonrisitas con sorna, Pedro Sánchez hizo al periodista la pregunta retórica: “Es que ¿la Fiscalía de quién depende?” y al responderle éste: “Del Gobierno”, zanja el diálogo aseverando: “Pues ya está” (Radio Nacional, 06.11.2019). Ni división de poderes, ni independencia de la judicatura, quien nombra al fiscal general decide cómo debe actuar para favorecerle por encima de la imparcialidad y la acción de la Justicia debidas. Abuso de poder y prevaricación se dan así la mano.
Tal insolencia conllevó las amnistías a los responsables del Procés, la revisión de las condenas a favor de los dirigentes socialistas responsables del desfalco en los ERE en Andalucía… ¿Por qué no?, ni que se autoproclamen progresistas. La cuestión última de la nueva política es quién más manda, decide. Es lo que ha ocurrido al volver Trump: indultó a los 1.500 implicados en el asalto del Capitolio el día de Reyes de 2021, amenazó a los jueces de la Corte Penal Internacional si le aplican la ley a él y a sus amigos (Netanyahu), empezó a expulsar sin remilgos a los inmigrantes ilegales… Y cuando haga falta, si es caso, se saltaría las salvaguardas que tienen en la Justicia los vulnerables, tal que los inmigrantes.
La democracia autoritaria no la estrenó Trump, ni la extrema derecha europea. Es el resultado del inicialmente imperceptible deterioro del estado de Derecho, un modelo de democracia que desde 1945 se impuso conforme al ideario del jurista austriaco Hans Kelsen (1881-1973), basado en su jerárquica pirámide del poder político, en la Constitución de cada país y en los tratados internacionales. Es decir, en un andamiaje que delimita la acción política al cumplimiento de las leyes y como último recurso al Tribunal Constitucional y, en la UE, al Tribunal de Estrasburgo. A nada más. Incluso la legalidad impera sobre la legitimidad.
Los principios rectores están en manos de los ciudadanos con cuyos votos luego se aprueban la Constitución y las leyes y se nombra la judicatura. Por tanto, el destino de los inmigrantes depende de aquellos con quienes conviven en el país de acogida y, en según qué casos, en el conjunto de la UE. Basta una dictadura democrática, o con menos, solo populista, ya se les puede hacer redadas, echarles. Primero a los ilegales, y llegado el caso a los demás a nada que se deroguen algunas normas, lo cual siempre es posible en el sistema Kelsen. No tiene valores trascendentes que valgan. Todo derecho es discutible, más aún el que protege a quienes como los simpapeles están expuestos a la indefensión. Parafraseando a Pedro Sánchez: ¿La Constitución de quién depende?… De los votantes. Pues ya está.
El Estado de derecho liberal democrático es un sistema político sin soportes teológicos ni metafísicos. Está en el aire. Carece de la mínima transcendencia: la del Derecho natural (supuesta naturaleza humana); y hasta puede prescindir de los grandes principios e incluso de la moral. Si estos figuran en las Constituciones, bien, pero tampoco pasa nada si no aparecen ni en los preámbulos. Su escala de valores es la acordada por amplios consensos y si estos se dan la vuelta para adoptar la contraria en una nueva Constitución, también valdría ésta para el Estado de derecho. De aquí la precariedad de que penden los inmigrantes, y no solo ellos, evidente punto de ruptura de las democracias por cuanto sus derechos de índole humanitaria son cuestionados hoy por amplios sectores de Estados Unidos y Europa y amenazados por los titanes de la nueva política autoritaria.

La inmigración, de hecho, es uno de los detonantes de la quiebra del Estado de derecho a resultas de una globalización neoliberal que abrió las fronteras muy de par en par a los flujos de capital generando mucha riqueza y desigualdades, al tiempo que mantenía cerradas las fronteras a los flujos migratorios a pesar de que su acceso a ellas era más factible (viajes turísticos de bajo coste, pateras, salto de vallas). La consecuencia de que la riqueza se acumulase en el Norte Global y muchos pobres no se conformasen con aguantar quietos su infortunio ha generado en las democracias la crisis y politización de la migración al tiempo que se agrietaba el Estado de derecho.
La alternativa al modelo democrático de Hans Kelsen está siendo el autoritario de Carl Schmitt, jurista del régimen nazi, para quien el poder depende de quien tenga la capacidad de decidir incluso el estado de excepción (aplicar la violencia extrema), sea porque el mandamás se haya impuesto, sea porque su pueblo lo ha aceptado o aclamado de algún modo. Tanto da que sea democrático, liberal, socialista, comunista, fascista, pues para crear Derecho no hay que tener derecho, basta con que quien tenga el poder ostente soberanía para decidir. El régimen chino, entre otros, sirve de ejemplo. También el nazismo, quien gobernó sin molestarse en derogar la Constitución. Es la senda autoritaria que están tomando las democracias cuando no se respeta o se pervierte la división de poderes y, por ejemplo, el populismo de derechas se coyunta con la plutocracia en torno a un líder, obviando el parlamentarismo (debates, divisiones) y simplificando la política a un conflicto entre amigos y enemigos. Lo que también se da en la izquierda cuando Pedro Sánchez apuesta por poner un muro contra sus adversarios de la derecha o anuncia la necesidad de supervisar a jueces y periodistas.
La disyuntiva entre Kelsen y Schmitt data de hace un siglo, cuando el segundo publicó “Teología política” (1922), título y en parte ideario recogidos del extremeño Donoso Cortés (1809-1853), un intelectual que se decantó al final por el catolicismo contrarrevolucionario. El jurista alemán criticó que la democracia y sus valores se aprueben desde abajo hacia arriba a razón de una persona un voto, sin discernir la idoneidad o no de cada una, de que el Parlamento se pierda en debates, que él considera estériles, en vez de cerrar filas con el líder que toma las mejores decisiones también contra los enemigos.

Esta falta de contrapesos en la política autoritaria induce a discriminar entre nosotros y vosotros, símil de amigos y enemigos, lo cual supone una fatalidad para los inmigrantes tanto por sus diferencias étnicas como por su cultura, valores y religión distintas de las dominantes en los países en que se han asentado. De aquí el peligro que corren si el populismo punitivo engranado a la plutocracia llega al poder con el propósito de expulsarles, privarles de ayudas o arrumbarles en la indiferencia. En tal caso sería la ocasión para recordar como agorero este verso de Franco Francini:
Non è vero che siamo in esilio. // Non è vero che tornenemo in patria, // Non è vero che piangeremo di gionia // dopo l´ultima svolta del cammino. // Non è vero che saremo perdonati.
Del poema Prima lettera da Babilonia (“Una volta per sempre”/De una vez por todas, 1963)
El mayor robo de la historia
En 1975 estaba embarcado en el bulkárrier RUHR ORE llevando mineral de hierro desde Puerto Ordaz (hoy Ciudad Guayana, Venezuela) al Reino Unido. Las navegaciones de 300 millas por el río Orinoco, entre Boca Grande (delta) a la terminal ferrominera, fueron mi impresionante bautismo de oficial de cubierta. De día, las exuberantes imágenes de la selva se animaban con los indígenas que salían en canoas al paso del barco porque sabían que les echaríamos bidones de metal y de plástico. De noche, el silencio y la fragante humedad a jungla, rotos por el avance del barco y el parpadeo de las boyas, concitaban en el puente al recogimiento, también a cierta intimidad porque en esa soledad a tres (incluido el timonel) se dialogaba más como entre sombras que entre rostros personales. En una de esas, el joven práctico nos confesó que trabajaba gratis para las multinacionales. No recuerdo de qué hablábamos, pero se me grabó a fuego esta afirmación porque la fundamentó en que los prácticos ingleses ganaban muchísimo más que él a pesar de que contribuían mucho menos y en mejores condiciones sociolaborales en la obtención final de hierro. Sin duda. Su sueldo estaba tan equivocado, en la cadena de reparto de beneficios, que no exageraba cuando él creía que trabajaba gratis.
Ha pasado medio siglo y sigue en vigor esta estructural injusticia planetaria, patente en las marchas forzadas de la inmigración del Sur Global a las democracias ricas. Su impotencia, más la aproximación de las fronteras debido a la facilidad de llegar de unas a otras, explican que millones de personas se presenten sin permiso en EE.UU. y Europa para intentar vivir como corresponde al siglo XXI. Tanto da lo que voten o no en las urnas de sus países, e importa menos que la globalización beneficie a todas las naciones, si en términos relativos crecen las desigualdades, sea en sus sociedades con oligarcas propios como con respecto a las democracias ricas.
La inmigración ilegal es un delito. También una clamorosa manifestación/protesta pacífica por parte de los necesitados contra un desorden global que sigue perjudicando sin remisión a buena parte de los habitantes del planeta. El precio internacional de la gran mayoría de sus recursos lo fijan los titanes del capitalismo: los servicios de inversión (BlackRock, Vanguard, UBS, State Street, Morgan Stanley); los ABCD de materias agrícolas (Ancher-Daniels, Bunge, Cargill, Dreyfus); los de materias mineras (BHP, Rio Tinto, Glencore-Xstrata, Vale); las aseguradoras (AXA, CPIC, Geico, Pin An). Y así podemos seguir con el resto de los sectores económicos/empresariales cuyos grupos oligárquicos suelen pasar desapercibidos. No así sus beneficios, mucho más favorables para los países ricos donde radican sus sedes.

Resultado: grosso modo los salarios en muchos países es un 90% menor a los occidentales por igual profesión (ej. ingeniero, maestro, peón); en las últimas décadas se ha doblado en Occidente el cobro de hora trabajada de 12,5 a 25 euros mientras en los países pobres se ha multiplicado por tres hasta subir solo a 1,6 euros, de modo que el Sur Global aporta el 90% de la mano de obra y recibe el 21% de los ingresos.
Por si fueran pocos estos titanes con largo historial de multinacionales, hete aquí que han llegado unos novedosos titanes capaces de arramblar con mucho más que aquellos, al extremo de perpetrar el mayor robo de la historia. Se han presentado tan de improviso y desatados que no ha dado tiempo ni ocasión para reaccionar. Se han impuesto tan por la fuerza de los hechos que nadie les controla ni les exige transparencia y menos aún cuentas claras, ni siquiera por parte de las democracias ricas; no digamos nada de los países pobres.
Sus representantes más conspicuos figuraron en el lugar preminente durante la jura de Ronald Trump como presidente: Elon Musk (X Corp.), Jeff Bezos (Amazón), Sundar Pichai (Alphabet), Mark Zuckerberg (Meta). Faltaron en ese primerísimo plano Tim Cook (Apple), Bill Gate (Microsoft), Shou Zichew (Tiktok) y los jefes de Neflix, Uber, Airbnb, Pinterest… En todo caso, la mayoría de los más grandes de la economía digital se avienen bien con Trump, en una descomunal alianza de superpoder político, económico y tecnológico del todo inédita a la que sólo puede hacerle frente China con sus asociados del foro BRICS+. Súmase a ello las plataformas de Inteligencia Artificial, que integran y procesan el bigdata digital/algoritmos para dar soluciones a retos multipropósitos a modo de superinteligencia humana y que cuenta con demasiado a favor para deslumbrarnos con un inminente mundo de ciencia ficción.
La inaugurada edad digital tiene barato por doquier el silicio como principal materia prima mineral, y sus recursos más preciados: los datos, los obtiene a bajo precio gracias a los usuarios que aprovechan los servicios que ofrecen las casi gratuitas redes digitales a cambio de abrir cada cual sus registros personales, empresariales… a las plataformas digitales (ej. a través del móvil…). Además de fagocitar con redes de arrastre lo que aparezca en internet, desde medios de comunicación a información pública, desde trabajos creativos a banales mensajes WhatsApp.

Dado que los titanes digitales son empresas privadas, vinculadas a gobiernos poderosos, los necesitados del Sur Global quedan a merced de fuerzas político-económicas ajenas. Por tanto, no pueden esperar mucho de ellos si incluso son prescindibles salvo por sus minerales raros y algo más. Se adivina una vuelta a los siglos XVI-XIX cuando lo más valioso que podían ofrecer a las empresas coloniales era su fuerza laboral, incluso su propia gente a precios de esclavo. Póngase hoy inmigrantes y estamos en las mismas, siempre y cuando del Sur Global no lleguen para trabajar más personal de las necesarias ni supongan gravosos costes sociales que provoquen el rechazo de los blancos.
No te he visto, pero te he grabado
La era digital ofrece tan valiosos e imprescindible servicios también a los inmigrantes que todos tienen un móvil en cuanto pueden. Les va la vida en ello para relacionarse y asentarse. La otra cara de los avances tecnológicos es su aplicación para controlar la inmigración toda vez que las naciones del Norte Global van reprimiendo más su entrada ilegal, su movilidad sin permiso en el espacio Schengen y su residencia allá donde tengan oportunidades laborales sin contrato. Se les tolera menos incluso antes de que entre en vigor del todo el Pacto sobre Inmigración y Asilo (verano 2026). Y hasta en Francia se están planteando derogar el derecho ius solis, que data nada menos de 1515, por el cual se concede la nacionalidad a quienes nazcan en suelo francés y al llegar a la mayoría de edad hubiesen vivido de manera duradera en el país.
Cunde el temor a que la jactanciosa sociedad multicultural sea una engañifa porque lejos de aumentar el número de personas, por ejemplo, con identidad francesa, aunque fuesen peculiares, permite que los inmigrantes y sus hijos logren dicha nacionalidad sin sentirse franceses de corazón. De aquí el miedo de los autóctonos europeos a perder el dominio sobre su propio país y su identitaria convivencia. Les urge, pues, contar con sistemas de vigilancia y control más eficaces para rechazar a los inmigrantes ilegales y, en todo caso, sentirse seguros sabiendo que los furtivos e indocumentados van a ir a menos. Para tal fin se está echando mano de los titanes digitales y de la IA como arma inteligente que puede ser decisiva contra la inmigración irregular. Si cambiase la legislación, el recurso a estos titanes sería demoledor para los ilegales que llevan siempre consigo el móvil.
Este problema no afecta a otros países. China tiene menos de 1% de inmigrantes y las pocas decenas de miles que infringen las fronteras son perseguidos, detenidos con medidas penales antes de expulsarlos, conforme a la doctrina de Den Xiaoping: “En realidad la soberanía nacional es mucho más importante que los derechos humanos”, lo cual en Europa suena a chino. Tampoco les afecta a algunos emiratos del Golfo Pérsico. Cuentan con más del 70% de extranjeros, a quienes ni se les considera inmigrantes, sólo empleados, a modo de los marinos que tras acabar el contrato de obra y servicio desembarcan para volver a casa. No es así en las democracias occidentales.

La persistente anomalía de que millones de trabajadores inmigrantes, con sus familiares, acaben obteniendo la nacionalidad de los países de acogida está provocando, entre otros factores, que Europa apueste por la ciberseguridad para vigilar el paso de los flujos migratorios en las fronteras y en sus posteriores desplazamientos internos. A raíz de los atentados del 11-S (2001) se empezó a extremar los controles en los viajes y pasos fronterizos, y desde entonces la seguridad se ha ido reforzando con dispositivos digitales, con la intromisión en las redes sociales y con la Inteligencia Artificial que permiten captar, seguir y procesar los desplazamientos de las personas, sus comportamientos y sus características, en especial a los sospechosos del crimen organizado y, aún más fácil, a los inmigrantes ilegales.
Tanto da que se entre a un país con el pasaporte en regla, furtivamente o con el ilegal hecho consumado de haber llegado, las nuevas tecnologías permiten registrar a los inmigrantes incluso sin haberlos visto. Quienes burlen las fronteras inteligentes (drones, cámaras de videovigilancia, sensores térmicos, reconocimiento facial, huellas dactilares, ADN, fichas biométricas, escaneo del iris), su presencia en el país podrá ser grabada y seguida de un modo u otro gracias a los dispositivos y programas digitales y al cruce de información. Hasta se puede anticipar sus intenciones. Consiste en contar con una base de datos para procesarlos con programas compartidos por todos los países europeos de modo que la vigilancia y control de los inmigrantes sean férreos, también más automatizados, lo cual agiliza los procedimientos de petición de asilo y las deportaciones.
Más rápido y más decisiones impersonales, menos tiempo para que los inmigrantes recurran y sean aconsejados por las oenegés, menos objetividad si los programas aplicados tienen sesgos discriminatorios por raza, por país de origen o cultura. Es lo que tiene la tecnología que rellena la ficha provisional del inmigrante gracias a un formulario que le criba nada más pisar suelo europeo (pre-screening/Reglamento de Control) y de entrada le puede descartar para, por ejemplo, pedir asilo, obtener un empleo o según qué ayudas sociales. Las personas pueden reducirse a meros algoritmos para incluso detectar mentiras, conocer su estado de ánimo, saber de dónde es el dialecto que hablan … Hay programas para todo y la UE disponen, dicen, de algunos de este tipo (ej. Deloitte, Price Water), lo que supone externalizar, a través de empresas privadas, análisis y decisiones que corresponderían a los agentes públicos.
Todo esto en tiempo real, a modo de visibilidad aumentada para grabar por donde se desplazan y se asientan los inmigrantes. También se cuenta con el Sistema de Entradas y Salidas (SES) para quienes entran en Europa incluso con visado (ej. de turista para tres meses) y luego no vuelven a sus países. Así pues, la deriva autoritaria de las democracia ya cuentan con recursos tecnológicos de control y vigilancia con que levantar muros digitales cada vez más difíciles para los inmigrantes. Depende de decisiones política y de resoluciones judiciales para que sean más o menos inexpugnables. Titanes para ello ya los tienen a mano.
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