La toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos escenificó el acoso a que serán sometidos los inmigrantes por parte de los titanes de la política, de las finanzas y de la tecnología del Norte global. La menguada Europa va un paso atrás porque, aparte de una legislación más humanitaria, no tiene tanto poder ni dinero ni tan grandes empresas digitales y de momento se conformará con aplicar el Pacto sobre Inmigración y Asilo, que no es una acuerdo baladí para reprimir a quienes pretendan o hayan logrado pasar sin permiso el Mediterráneo, el Atlántico… hacia países de la UE. Trump lo dejó claro en el primer compás de su discurso de inauguración al anunciar la prioridad que para él tenía enviar el ejército a la frontera sur para controlar la inmigración (emergencia nacional), deportar a los ilegales y advertir a los hispanoamericanos “quédense en México”.
Los perdedores del último medio siglo de neoliberalismo y de globalización, tan desposeídos ellos, se quedan sin los alardeados asideros de la solidaridad, de los derechos humanos y de las razones humanitarias con que la complacencia de las democracias ricas les permitía mejorar su futuro, aunque se hubiesen saltado las fronteras y las leyes. A este paso se quedarán sin tantos mendrugos y migajas, sin seguros refugios ni futuros soñados en el Norte global donde trabajando millones de ellos capean los destrozos que los cambios económicos y geopolíticos han agravado el retraso, por lo general ancestral, en sus países. Lo cual hay que explicar, aunque sea en cuatro trazos so pena de no entenderlo.

La apertura de los mercados y la liberalización de la economía han desatado tanta productividad que sus beneficios han cubierto al conjunto del planeta. Aunque no a todos por igual. La concentración de la riqueza ha ido por continentes, países y dentro de ellos, por sectores sociolaborales que han salido o no perdiendo, al menos, relativamente. Además, estos profundos cambios han provocado daños colaterales; destrozos de índole identitaria, de seguridad y cohesión social que explican el fracaso parcial de la globalización y el rechazo en el Norte global a los inmigrantes de razas, culturas y religiones distintas porque a ciertos colectivos les merma en sus trabajos, servicios sociales… y, en general, les generan atávicos sentimientos de racismo, xenofobia y discriminación.
La ironía del desajustado acople de la actual globalización es que protestan quienes fueron los grandes beneficiados de la anterior, de 1820 a 1914. Europa no solo fue la fábrica del mundo, con sus industrias exportadoras sin otras restricciones que las de su capacidad de producción. Además, sus gentes pudieron marcharse casi allá donde quisieran y sin ser indocumentados porque sus imperios habían colonizado buena parte del planeta. Se calcula que 55 millones fueron a América, quizás otros tantos europeos podrían haberse extendido por Siberia hasta Vladivostok, a Oriente Medio, África, Asía, Australia/Oceanía. Y si Europa supo aprovechar la oportunidad, no menos Estados Unidos con la llegada masiva de blancos con que aplicar su “destino manifiesto” de expandirse hasta el Pacífico, impulsarles a primera potencia económica y consolidar el predominio blanco.

La actual globalización ha cambiado las tornas. Estados Unidos sigue siendo una superpotencia, pero el sorprendente crecimiento de China amenaza con sobrepasarle y hoy ya es un rival formidable. Reta su hegemonía. Y la constante llegada de inmigrantes ilegales por la frontera mejicana inquieta la supremacía y seguridad de los blancos, el 62% de la población, un porcentaje a la baja. No así el del colectivo hispano-latinos-amerindios-negros sudamericanos y caribeños. Son 65 millones (19% y fuerte crecimiento demográfico). En 1970, eran 10 millones (5%); en 2010, 51 millones. Son guarismos que alarman a la sociedad blanca, patente en la prioridad que Trump ha dado a cerrar el paso a más hispanos y expulsar a los once millones que están ilegalmente en EE.UU.
Peor le ha ido a Europa. Su crecimiento está estancado, su porcentaje en la economía mundial cayó al 15% y su arraigado potencial exportador se ha parado, incluso desde 2017 en Alemania. Ha perdido frente a Estados Unidos y China el peso geopolítico de las grandes empresas, de la tecnología punta, de la influencia exterior (Francia acaba de sacar de África sus últimas tropas). Aun así, resulta un polo de atracción para quienes en Asia, África y América desean mejorar sus vidas aprovechando hasta los intersticios legales que los inmigrantes gozan al socaire de los derechos humanos, la solidaridad y la tolerancia que una rica sociedad vencida y envejecida ha dado por buena merced al ¡qué le vamos a hacer!
Tirar la identidad por la borda
La crisis de la inmigración resulta inmanejable porque los gobiernos europeos no han sido previsores a pesar de que la productividad y la demografía estaban frenadas, y su población es, entre los tres grandes bloques geopolíticos, la que menos aprovecha los réditos de la globalización y más desigualdades crea. Por si fuera poco, los flujos migratorios alteran la homogeneidad étnico-cultural y lingüística de unos países con fuerte, enraizada y circunscrita identidad. Todo ello supone resentimiento y frustración al tiempo que sus economías no crecen como para ir asumiendo una globalización que además de perjudicar en sectores claves, le sobrecarga con guerras/conflictos ajenos y con la llegada a sus fronteras de personas indeseadas procedentes, a su vez, de las fallidas globalizaciones en otros continentes. Y esto no es todo.
Europa no está preparada ni dispuesta para asumir esta tarea, le falta el cuajo moral, los recursos humanos, el capital intelectual y científico que tenía antes de tirar por la borda su identidad, aparte de ir dilapidando en mero bienestar riquezas amasadas durante las épocas doradas (renta per cápita hoy de 35.500 euros); como si no hubiese mañana o se dijera “después de mí, el diluvio” (Luis XV de Francia o Madame Pompadour) porque lo que pase luego le trae al pairo.

Porque la crisis de la inmigración es solo un grave síntoma de una crisis mucho más profunda, la de una civilización herida que necesita trabajadores foráneos para mantener su productividad y su tren de vida porque por ella misma ya no puede seguir, apenas mantenerse, salvo pagando a no europeos por sus servicios. Y sin embargo, no soporta del todo bien la convivencia identitaria con ellos, ni compartir servicios y espacios públicos, porque se necesita solo mano de obra y vienen personas incluso con sus familias para asentarse, lo cual incomoda su sociedad temerosa y desvertebrada.
Oswald Spengler pregonó “La decadencia de Occidente” (1918), Ernst Jünger (1895-1998) vislumbró cómo sería ésta “Sobre los acantilados de mármol” (1939) y la crisis de la inmigración la está constatando conforme la paz y la abundancia, de los legendarios buenos tiempos, pueden trastocarse en inestabilidad dejando paso, como en la novela de Jünger, al mamporrero Guardabosque Mayor y su alternativa nihilista, cuya pugna mutua acabó arrasando una sociedad (La Marina) que había vivido en armonía respetando las tradiciones, los principios del Derecho, la espiritualidad/religiosidad (monje Lampros) y los valores superiores enraizados de antiguo.
“Sobre los acantilados de mármol” tiene varias lecturas porque está repleta de alegorías y la facilona es quedarse con que trata de una sociedad democrática asolada por el bárbaro nazismo y su Guardabosque Mayor, Hitler. ¡Qué va! Es ante todo una obra actual, de ahora mismo, en tanto que describe cómo se deterioran los fundamentos de la sociedad basados en la cultura grecorromana y en la Biblia, con sus hijuelas de parlamentarismo representativo, Carta Magna para controlar el poder, Estado de Derecho para garantizar la igualdad, la trascendente espiritualidad del Gótico, la libertad de catedra de las universidades, la estabilidad de la familia monógama, el respeto a la vida en la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano (1793), las tradiciones y mitos de todo tipo que congregan a la sociedad. Que se cumpliesen mejor o peor, allí estaban como principios rectores de la identidad y cultura europeas al que se volvía cuando el continente descarrillaba (guerras de religión, de imperios, de naciones, la esclavitud, el Holocausto…). Algunos de ellos ya no parece posible recuperarlos, habría que refundarlos.

Tras enconarse las transgresiones, se van arrojando por la borda alguna que otra seña de identidad europea con todas sus cadenas que la anclaban al marco de convivencia. ¡Adiós legado, hola nihilismo, hola Guardabosque Mayor! Se tiró la Biblia sin reparar que con ella se hundía el alma espiritual de Europa y no había otra que la sustituyera, según consta en los preámbulos del Tratado de la UE (Maastricht, 1993) y, una vez reformado éste, en el definitivo Tratado de Lisboa (2007). Dos mil años de cristianismo, que todavía abarca con campanarios desde las Islas Canarias al Cabo Norte (ártico noruego), desde los Urales a Lisboa, y en las Constituciones de la UE no se nombra nunca el cristianismo, ni Iglesia, y solo una vez Religión, en el tratado de 1993. Por el contrario, remite como principios rectores los que desarrolla “los valores que sustentan el humanismo: la igualdad, la libertad y el respeto a la razón”. Es decir, a los valores universales, ninguno específicamente europeo. Y si bien nombra a Grecia, Roma, la Ilustración…, nunca al cristianismo. He aquí una cristofobia fáustica.
El Tratado de Lisboa es eminentemente de índole económico/comercial para sacar provecho a la unidad de mercado europeo y basar la unión de Europa en los beneficios monetarios y sus concomitantes de bienestar. Algo así como un timo para quienes piensan que la Europa de los 27 es un proyecto político integral y a la larga soberano. De entrada, reniega de sus raíces cristianas, lo que no ocurre en numerosas constituciones nacionales del continente. Esto conlleva que si los europeos no aceptan su identidad propia no hay modo de que tengan una, menos aún que los inmigrantes puedan integrarse o saber a qué atenerse, y mucho menos respeten la sociedad europea quienes tienen una identidad religiosa muy marcada (ej. musulmana).
Europa se está quedando sola en el laicismo extremo entre quienes tienen un pasado cristiano. Estados Unidos mantiene su identidad religiosa, patente en la ceremonia de toma de posesión del presidente Trump, con frecuentes referencias a Dios y las prédicas confesionales que los asistentes siguieron con recogimiento. Rusia, por su parte, lleva décadas reflotando su cultura tradicional y credo ortodoxos y cada vez lo hace con más ahínco. Y ambos también se atienen más que Europa a la moral cristiana en sus apuestas por la familia tradicional y restringiendo las prácticas abortivas. No así Europa.

En España se puede abortar legalmente con cumplir un plazo máximo en el embarazo y la simple decisión de la madre de tirar por el sumidero el feto sin alegar motivo alguno. Francia incluyó hace un año el aborto como un derecho brindado en su Constitución (el primer país del mundo). Parece que nadie ha sido condenado por abortar fuera del plazo legal… Desde luego, en algún caso hasta puede que esté más protegida la vida animal que la humana. De locos, como para sentir duelo, ya no digamos luto, si 500 inmigrantes se ahogan de golpe al intentar pasar el Mediterráneo. O como para consternarse cuando Israel mata niños y mujeres porque ha convertido a los palestinos en los judíos de los judíos y Úrsula von der Leyen apoya a Netanyahu con una visita. ¿La dignidad de la vida?, depende del pedernal pragmatismo, no de la superioridad moral que se arroga la UE con los nuevos valores para Europa del Tratado de Lisboa.
Parecía como de costumbre, pero todo era diferente
La quiebra de la identidad europea, la vulneración de la dignidad humana y el deterioro del legado grecorromano parecían no afectar a la acostumbrada vida cotidiana. Lo mismo sucedía en la Marina de “Sobre los acantilados de mármol” cuando años después de que hubiese librado una batalla externa empezó a disgregarse y a irrumpir en ella desórdenes de todo tipo, que no alarmaban porque solo se sabía de oídas. El ambiente seguía siendo embriagador, como el de las buenas épocas, y perduraba la sensación de seguridad. Todo era una fiesta mientras la ceguera impidió ver los signos de decadencia por doquier, así hasta comprobar que el espíritu de la Marina había desaparecido, el bienestar era vulnerable y empezó a cundir el miedo al vecino Guardabosque Mayor. Tal panorama guarda paralelismos con la situación actual al que ha llegado el despreocupado continente décadas después de la II Guerra Mundial.
Nadie se percató que el proyecto europeo podía tambalearse hasta que el constante flujo de inmigrantes afloró que la hoy insuperable caída de la natalidad había dejado Europa sin renovación generacional; que se estaba perdiendo la cultura del esfuerzo a favor de los sufridos extranjeros; que la legalidad se podía saltar con solo pasar al otro lado del Mediterráneo y ponerse a trabajar en negro; que las instituciones jurídicas seguían como si nada a pesar de vulnerar ellas mismas el estado de Derecho (amnistías por interés del gobernante); que la cacareada multiculturalidad como logro era propaganda en cuanto nunca pasa de la apática coexistencia a la franca convivencia; y lo mismo sucede con la pacífica diversidad religiosa que, lejos de una conquista, denota indiferencia dado el colapso del cristianismo (la media de edad de los practicantes españoles ronda los 60 años, ayer se clausuró en Barcelona el monasterio clarisa de Pedralbes, de 1327).

Es un suma y sigue de como en “Sobre los acantilados de mármol”, en la Europa con signos de decadencia las palabras se han independizado de las cosas. Democracia, Derecho, identidad, familia, historia, valores… son vocablos que se pueden tergiversar y, tal que en “Alicia en el país de las maravillas” (Lewis Carroll, 1865), no importa que las palabras signifiquen cosas diferentes, sino “quién manda y punto”. Entendiéndose por el mandamás el puto amo, el Trump de turno o una cultura hegemónica. En el caso de Europa es la del bienestar al extremo de provocar y encararse en primera línea con la superpotencia nuclear rusa sin haber antes invertido un mínimo en defensa para hacerle frente porque la prioridad es vivir lo mejor posible, sin miramientos, ni que sea, en un ejemplo banal, no hacerse la cena por flojera porque un inmigrante te la trae a casa en bicicleta. A lo fácil, dejándose deslizar por la línea de menor resistencia.
Nada plasma mejor la crisis de la inmigración que el triunfo de la cultura del bienestar a toda costa, sobre todo de la familia tradicional que se sacrificaba por la cohesión de sus miembros y la crianza de la prole. Un dato, Nigeria tiene la mitad de habitantes que Europa y al año aumenta la población en cinco millones mientras decae sin remisión la autóctona europea. ¡Qué ha pasado? Que un Maelstrom de corrientes del bienestar: individualismo, consumismo, esparcimiento/diversión pública y privada, hedonismo, objetos de deseo y lujo… ha triturado y se ha tragado el sentido del esfuerzo, de la responsabilidad, de la solidaridad, de la entrega generosa al otro sin la cual no es posible formar/mantener lazos familiares, y hasta con demasiada frecuencia conviene más tener en casa animales de compañía que hijos, o una segunda vivienda que pareja.
La crisis de la familia, evidente en las urbes con los omnipresentes jóvenes inmigrantes y con más perros que niños (ej. Barcelona), tiene más causas que la cultura del bienestar o el desbarajuste de un modelo económico que garantiza el sueldo mínimo; no el mínimo para que muchos jóvenes puedan comprar/alquilar un piso cerca de donde trabajan. Un quid de la cuestión es el roto que la revolución femenina ha hecho a la familia tradicional porque las mujeres, caricaturizando la multiplicidad de cambios/causas de todo orden, estaban hasta el moño de que su entregado trabajo no fuese valorado en el PIB ni tampoco en la sociedad moderna, para quien la ama de casa era la criadica de todo el mundo y encima había llegado a tener connotaciones negativas. Solución, buscarse un trabajo para escapar del hogar durante horas, ser reconocida como profesional, y evitar tener prole numerosa, incluso marido, para gozar de cotas de libertad y de dinero propio inimaginables para sus antepasadas.

Sin embargo, la triunfante revolución femenina ha dejado semi descubierto el corazón de la sociedad en cuanto las mujeres garantizaban el relevo generacional más los cuidados y cohesión de la familia. Hoy ya menos porque de los ancestrales roles de hombre y de mujer por los que él hacía las cosas importantes (fuera de casa) y ella lo importante (en el hogar), este último rol ha saltado por los aires. Las mujeres pueden con los trabajos y los días de las ocupaciones incluso masculinizadas, salvo soldado (Ucrania), y, por qué no, celebrar los goles como los futbolistas varones. Eso sí, alguien debe hacer lo importante, lo esencial, que ellas abandonan mientras están ocupadas en otras cosas.
El déficit de natalidad y crianza de los niños la están cubriendo las madres del Sur global que posibilitan que sus hijos se pongan a trabajar en Europa nada más llegar sin que los europeos se hayan gastado un euro en cambiarles de pañal. Del mismo, modo que sus hijas o ellas mismas se hacen cargo de las labores de limpieza de la casa o del cuidado de enfermos o ancianos europeos mientras las señoras/señores están trabajando bien remunerados o se pueden permitir pagarles. Lo que Europa no se podía permitir sin consecuencias es dejar que lo esencial dependa de los extranjeros. De aquí la crisis de la inmigración que delata la crisis de una civilización que no sabe cuidarse de sí misma ni de su futuro.
Entre el nihilismo y el Guardabosque Mayor
Corría 1989 cuando la globalización neoliberal empezó en Europa a romper la baraja del juego político izquierda-derecha que se mantenía estable desde la II Guerra Mundial. Socialdemócratas y democristianos, con los comodines de comunistas y de liberales, gobernaban sin otra oposición que ellos mismos como única alternativa del poder. Era abril de ese año. El ultraderechista austriaco Jörg Haider fue nombrado gobernador de Carintia tras ganar un mes antes en las elecciones regionales con un programa centrado contra la inmigración.
Jesús Mª Rodés, catedrático de política internacional (UAB), aprovechó este aldabonazo para darnos en periodismo una de sus clases con empaque. Resaltó que cuando la inmigración alcanza el 20% de la población, como en algunos barrios populares de Viena, la gente empieza a rechazar a los extranjeros. También nos hizo notar que por idéntico motivo en la Provenza-Marsella un sector de los trabajadores, con algunos de sus líderes comunistas/sindicalistas locales, se había pasado al Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. Primer aviso serio de que el tablero político se iba a escorar hacía la derecha radical, ultra, extrema, trumpista y, si se quiere, populismo de derecha o punitivo.

Hoy, la crisis de la inmigración provocada por la globalización neoliberal preside la contienda por el poder en Europa y Estados Unidos. La autoritaria reacción contra este desorden se enfrenta a los partidos tradicionales y a las ideologías de izquierdas defensoras del radicalismo feminista, pacifista, ecologista, LGTBIQ+, más de la memoria histórica revisionista, de lo políticamente correcto y de la solidaridad con la inmigración ilegal. La polarización política llega a tal extremo que ya toma tímidos visos de la pugna entre el Guardabosque Mayor y el nihilismo, descrita en “Sobre los acantilados de mármol”, que primero desestabilizó y terminó arrasando la tradicional y armoniosa sociedad de la Marina.
El narrador y protagonista de la novela de Jünger no se decanta por ninguno de los dos bandos. Cuenta cómo la sociedad empezó sabiendo de oídas los peligros que le acechaba, después obvió los alborotos y desavenencias hasta que finalmente la tradicional realidad se desvaneció y cundió el miedo. La descomposición y ruptura de los lazos tradicionales fue el preámbulo de que se vulnerasen los principios del Derecho, de que los valores se reemplazasen sin atenerse a ninguna escala fija, de que se despreciase el culto a los antepasados, de que se abandonasen las fuentes de la riqueza, de que no se penalizase la corrupción, de que cundiera la mentira con sonrisas y hasta se perdieran los anclajes de la identidad y del saber humanista.
Esta retahíla tiene su calco actual, por ejemplo, respecto al humanismo, en la grave supresión o merma de la religión, filosofía, historia, literatura en los programas de enseñanza media, de lo cual también nos previno el profesor Rodés en una de aquellas clases magistrales. Retirar los puntos de referencia en una democracia de masas, batida por la propaganda, supone coartar el sentido crítico y el individualismo con que afrontar los cambios y oponerse tanto al nihilismo como al autoritarismo. De lo contrario, cunde la zozobra, el miedo con sus muros y alambradas, hasta hacer si cabe profesión de la violencia.

Miedo que hoy se proyecta sobre la inmigración a modo de cabeza de turco de las muchas frustraciones en el Norte global y que lleva por la vía racional a buscar nuevos valores, aunque carezcan de trascendencia (nihilismo) o, por el contrario, atenerse a la protección de un dictador (Guardabosque) que ofrece de entrada ley y orden a pesar de que generará en la anarquía que prescinde hasta del estado de Derecho. Tentación esta última en la que pueden caer las clases populares y desfavorecidas, citando a Jünger: “¿Qué hacer, sin embargo, cuando son los propios débiles los que ignoran la ley y son ellos mismos los que en su ceguera descorren con sus manos [votos] los cerrojos que han sido puestos para protegerlos?”.
Bien sabe Europa de ello. Del nihilismo con la izquierda revolucionaria, hoy progresista, que con sus valores racionales sin escalas fijas, cuestiona el statu quo y sus estructuras del poder tradicional. Y también es un viejo conocido el autoritarismo conservador que hunde sus raíces en la contestación al liberalismo, caso de España con el “extremado extremeño” Juan Donoso Cortes con su “Trono y altar” (1818) y su discurso “El sable o el puñal” (1849). La crisis de la inmigración, exponente de otras más profundas, reflota estas dos almas radicales de Europa que en ocasiones se han enfrentado con un paroxismo rayano con el final de la novela “Sobre los Acantilados de Mármol”. Sirva de advertencia, no sea que algún día anuncien: «Próxima estación, Auschwitz».
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