Aquella mañana, con la barra del mercurio marcando -4º C, el viento estaba prácticamente en calma, el cielo despejado y la playa de cantos rodados donde se realizaría el desembarco, e incluso la cercana zona en la que estaba previsto el asentamiento de la base, se encontraban libres de nieve contrastando con el resto del entorno pues, salvo aquel resguardo, el manto blanco de la nieve lo cubría todo. ¡Tan solo los escombros de hielo (brass), algunos del tamaño de pequeños témpanos, que cubrían las aguas de la ensenada, parecían querer estorbar la operación!
Tras meses de trabajo y numerosas inquietudes, por fin había llegado el momento de hacer realidad el compromiso que, los componentes del equipo técnico, habíamos adquirido con la Dirección General de Cooperación Técnica Internacional (DGCTI), del Ministerio de Asuntos Exteriores, cuyo director general era Antonio de Oyarzábal. Por entonces, era la DGCTI el organismo responsable de los asuntos antárticos.
A los componentes de este equipo, compuesto por Jaime Ribes Lorda, jefe de la Base, y teniente coronel del ejército en situación de reserva, Félix Moreno Sorli, ingeniero de mantenimiento, Roldán Sanz Guix, geólogo, y quien suscribe estas líneas, se sumaba el equipo de investigación encabezado por Antoni Ballester i Nolla, jefe de misión y profesor de química, Josefina Castellvi Piulach, doctora en biología, Joan Rovira Lledos, doctor en química, Mario Manríquez Landoff, oceanógrafo, y Joan Comas Angelet, ingeniero técnico, todos ellos pertenecientes al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Por otra parte, también nos acompañaban Jarkko y Marko, los dos técnicos finlandeses encargados del montaje de los módulos que conformarían el área de habitabilidad de la base, infraestructura que había sido adquirida en Finlandia. Lamentablemente, nadie es capaz de escribir correctamente sus apellidos, y por más que se ha intentado localizarlos, no ha habido manera y de ahí su omisión.
La operación de desembarco, y el posicionamiento en tierra de las infraestructuras, conforme se había plasmado sobre un mapa del terreno, así como la impedimenta que, de todo tipo transportábamos, 25 toneladas, la realizaría, bajo la supervisión del primer oficial del ANTONI GARNUSZEWSKI, el equipo de especialistas de la Academia de Ciencias Polaca, grupo que estaría apoyado por la tripulación que se encargaría de manejar las grúas del barco: una de 30 toneladas, otra de 10, y dos más de 5. A estos medios, se sumaban los que se habían embarcado durante la escala que, procedentes de Montevideo, habíamos efectuado en Henryk Arctowski, la base polaca situada en la isla del Rey Jorge, también en las Shetland del Sur, y que consistía , en un potente y pesado vehículo anfibio con cadenas, de origen militar, un pequeño remolcador, lancha de empuje más bien, y un gran pontón.
Como curiosidad y al tiempo dar a conocer los pasos previos al desembarco, comentar que, antes de que comenzara la operación, nuestras dos embarcaciones neumáticas ya flotaban abarloadas al costado del barco, y nos habíamos dejado el alma tratando de arrancar los fuera borda hasta que, alertado uno de los maquinistas para que nos echara una mano, nos advirtió del bajo octanaje de la gasolina polaca: 75 octanos, en lugar de los 90 con los que funcionaban nuestros motores, así que, retrasamos los encendidos, y aunque no entregaban toda la potencia y el ralentí se atropellaba, salimos del paso.
Tanto fue así que, conforme estaba previsto, Ballester, Castellví, Rovira, Ribes y el propio capitán del GARNUSZEWSKI,Andrsej Drapellera su nombre (filmaría la ceremonia), llegaron a la playa a bordo de una de ellas al objeto de ser los primeros en poner pie en tierra, cumpliendo con una de las tradiciones antárticas.
Terminado el acto, Ribes llamó por radio para que, con la otra neumática, lleváramos a Roldán a la playa con el fin de que constatara sobre el terreno la información que, sobre el mismo, se nos había proporcionado acerca del lugar donde quedaría emplazada la base; una amplia terraza elevada sobre el nivel del mar como una docena de metros al abrigo de las mareas y de los vientos predominantes, en cuyas cercanías corría un arroyo que descendía de los cercanos glaciares. El sitio, había sido recomendado por el doctor Rakusa Suszcsewski de la Academia de Ciencias Polaca, y durante el verano austral anterior, Ballester y su equipo, habían permanecido acampados durante unas semanas.
El sitio es muy bueno: está elevado y lejos de la línea de la pleamar. Se trata de unos niveles de playas fósiles y cantos redondeados, lo suficientemente compactos como para soportar las estructuras sin problemas. Son bastante planos, y el arroyo que corre cerca, tiene buen caudal. No creo que tengamos dificultad para llevar el agua a la base. En cuanto al peligro de aludes o acumulaciones de nieve, no debe preocuparnos. La zona está protegida de los vientos del sur gracias a los montes, y entre donde se piensa poner la base y el cambio de pendiente hay una planicie con lo que quedará lo suficientemente alejada. A mí la zona me parece inmejorable tal y como nos habían anticipado los polacos, resumió Roldán cuando volvió a bordo.
De los diez módulos que configurarían la base, el primero que emergió de las bodegas del GARNUSZEWSKIpara terminar su recorrido aéreo sobre el pontón que lo transportaría a la playa, donde ya esperaba el anfibio, fue el contenedor que albergaba los dos grupos electrógenos que proporcionarían el suministro eléctrico a la base. Se había ganado ser el primero: en el techo y en los flancos lucía los colores de la bandera de España, una cortesía de los finlandeses.
La operación, ya en la playa, consistía, en síntesis, en que varado el pontón frente al anfibio, se disponían entre ambos gruesos rodillos de madera, se pasaban por los orificios de las dos cantoneras inferiores del contenedor los ganchos del cable unido al anfibio, y comenzaba el remolque. La potencia del vehículo, unida al deslizamiento que facilitaban los rodillos que, conforme se agotaban, se recuperaban, hacía que el remolque hasta su posicionamiento definitivo, fuera, aunque lento y laborioso, relativamente fácil. El recorrido venía a ser de unos 200 metros, y a lo largo de los tres días que duró el desembarco, se repitió diez veces. El resto del equipamiento, requirió mil y un viajes, repartidos entre el anfibio y el pequeño tractor de cadenas con remolque que formaba parte del equipamiento de la base.
Los componentes del equipo técnico nunca llegaremos a agradecer lo suficiente lo que nuestros amigos polacos nos enseñaron, y sobre todo, nunca olvidaremos la amistad que surgió entre nosotros.
El día 11 de enero de 1988, finalizado el desembarco, polacos y españoles lo celebramos con una comida campestre bajo copos de nieve, elaborada por el personal de fonda del barco. Bajo las banderas de España y Polonia ondeando en las torres de celosía que soportarían las antenas de la radio, se brindó con champan por ambos países.
Aquella noche, que no era tal, pues a lo largo de las 24 horas teníamos luz, fue la primera que pernoctamos en la base. Tuvimos que abrigarnos, pues aun en el interior de los bien aislados módulos que conformaban la habitabilidad, la temperatura estaba por debajo de los cero grados. Podíamos haber recurrido a la calefacción puesto que los electro-generadores ya funcionaban y habíamos tendido una red eléctrica provisional, pero no quisimos correr riesgo alguno. Esta provisionalidad también alcanzaba a la cocina y a la estación de radio (en pruebas, ya habíamos comunicado con España en onda corta). Confiábamos en el trabajo que habíamos realizado junto con los finlandeses, pero cuando a la mañana siguiente nos faltó la silueta del GARNUSZEWSKIfondeado en la bahía, nos sentimos tremendamente solos. Ya no están, recuerdo que murmuró Félix.
Lo que siguió, fueron días de ímprobo trabajo, muchos de ellos con jornadas de más de doce horas: aprovechábamos la no noche para acabar los trabajos importantes, y más aún cuando al cabo de nueve días el buque oceanográfico YELCHO, de la Armada chilena, evacuó, como estaba previsto, a nuestros buenos amigos Jarkko y Marko.
No obstante, a lo largo de los cincuenta cinco días que transcurrieron hasta que se dio por cerrada la campaña, no todo fue trabajar; pues aunque no fueron muchas las ocasiones, disfrutamos de salidas por los alrededores visitando colonias de pingüinos, focas y elefantes marinos, e incluso dimos algún paseo que otro con las neumáticas. Y también tuvimos visitas que llegaron en barco o helicóptero que, con mucho gusto atendimos olvidándonos de las tareas.
Llegó febrero, y el día 7 arribó a la bahía la motonave chilena RIO BAKER, fletada por el Ministerio de Defensa. La expedición, organizada por la Armada con la participación del Ejército de Tierra, estaba bajo el mando del capitán de navío Manuel Catalán, y junto con los expedicionarios militares, venía el grupo científico que relevaría al del profesor Ballester, relevo que se produjo seis días más tarde.
Para entonces la construcción podía darse por terminada, a falta de algunos trabajos menores. Tenía unos 250 m2 de superficie, distribuidos en tres núcleos aislados (habitabilidad, ciencia y servicios), que permitían vivir y trabajar cómodamente a 9 personas. Contaba con corriente eléctrica, calefacción, agua corriente (caliente y fría) y una estación de radio con equipos de onda media, corta y VHF.
El 3 de marzo de 1988, comenzamos a invernar la base protegiendo todo aquello (el aparataje electrónico sobre todo) que pudiera resultar afectado por las bajas temperaturas que, incluso en el interior, se darían durante el invierno antártico. El día 6, quedaba sellada, y el RIO BAKER nos recogía para trasladarnos a la isla del Rey Jorge, donde en el aeropuerto de la base chilena Presidente Eduardo Frei, volaríamos a Punta Arenas, al sur de Chile, en un avión de transporte de la Fuerza Aérea.
Regresábamos a casa contentos del trabajo realizado, pero cuando apoyados en la borda del RÍO BAKER la que ya era nuestra querida base se perdía por la popa no pudimos evitar cierta inquietud. A la memoria nos venían las historias que los agoreros nos habían contado acerca de catástrofes invernales, e incluso de expolio y destrucción por parte de piratas antárticos.
¡Qué emoción y que alegría al verla intacta desde el aire, cuando al siguiente verano austral volvíamos a bordo de un helicóptero!

