En fechas todavía recientes, se ha inaugurado una exposición temporal en el Museu Marítim de Barcelona, bajo el enunciado ‘La infàmia: la participació catalana en l’esclavatge colonial’, con guión de Antoni Tortajada, proyecto museográfico de Ignasi Cristià y la sólida garantía del asesoramiento científico de Martín Rodrigo Alharilla.
En cierta medida, coincidimos con la reseña publicada en ‘El País’ por Oriol Regué (09/03/2025) en el sentido de dicha exposición quizás se centra excesivamente en los ingenios azucareros cubanos (magnífica la gran maqueta de uno de ellos) en detrimento de las inhumanas condiciones de transporte a través del Atlántico de los desgraciados africanos capturados por los traficantes en las costas, entre otras, de Sierra Leona, Ghana, Dahomey, Fernando Poo o Angola durante buena parte de los siglos XVIII y XIX. Como nota positiva, cabe destacar los mapas y paneles informativos donde se pone nombre y apellidos a los catalanes que, como ‘factores’ (responsables de los puntos de compra, captura y embarque de los esclavos o bien como comerciantes en las colonias americanas (singularmente Cuba) resultaron involucrados en la venta de los mismos a los hacenderos dedicados al cultivo del azúcar, café o tabaco o también a simples particulares que adquirían algún esclavo o esclava para el servicio doméstico.
La cuestión del esclavismo en el continente americano en general y del tráfico de esclavos negros entre África y América ha dado lugar a una copiosa literatura científica, tanto en los países de este último continente, emancipados del dominio colonial europeo a lo largo del siglo XIX, como también en Gran Bretaña, Estados Unidos o Francia. En España, por el contrario, los habituales ‘guardianes de las esencias patrias’ a menudo han reaccionado airadamente ante los esfuerzos de algunos historiadores —entre los cuales destaca el profesor Martín Alharilla, pero también anteriormente Jordi Maluquer de Motes y Josep Maria Fradera— y también novelistas, en tratar el asunto con seriedad, objetividad y serenidad. Grave error. Como dice el Evangelio: “la verdad os hará libres”.
El ejemplo de Francia
En Francia, por ejemplo, un país con un historial cuantitativamente similar al español en cuanto al tráfico esclavista, existe un centro de la memoria histórica de la trata en la ciudad de Nantes, principal puerto de salida de los buques involucrados en esta innoble actividad. Además, la fecha del 10 de mayo está institucionalizada como la ‘Jornada Nacional de la Memoria de la Trata, de la Esclavitud y de la Abolición’. El profesor Maxime Tutain señala que la presencia en el país galo de un importante núcleo de población originaria de las antiguas colonias africanas puede haber influido en este hecho positivo y reparador, algo que en España no ocurre.
En nuestro país, la polémica del esclavismo adquirió verdadera relevancia pública el 2018 a raíz de la decisión del Ayuntamiento de Barcelona, bajo la alcaldesa Ada Colau, de retirar la estatua dedicada a un personaje controvertido: el cántabro Antonio López, marqués de Comillas. Un monumento que ya había sido destruido durante la Guerra Civil y reedificado en 1940. Inmediatamente, el presidente de la comunidad de Cantabria, el inefable Sr. Revilla ‘el de las anchoas’, solicitó por tres veces a la Sra. Colau que la estatua del prócer santanderino fuese enviada a su tierra natal, donde se le rendirían los (a su entender) debidos honores; una petición que nunca fue atendida.
Aquel gesto, cuanto menos poco meditado de Ada Colau, inspirado en la frivolidad del manual ‘woke’ tan querido por cierto sector de la izquierda, dio pábulo a una reacción de algunos sectores de la política y la prensa del resto de España claramente hostiles a todo lo huela a catalán. Son numerosos los trabajos periodísticos publicados estos últimos años que, sin ningún matiz ni cuantificación, asocian directamente el tráfico negrero con la revolución industrial producida en Catalunya a lo largo del siglo XIX. Algo que es una notoria exageración y que no resiste el menor análisis histórico o socioeconómico. Por parte de un ‘historiador’ aficionado se llegó a escribir que la industria textil catalana nació con el algodón cubano recolectado por esclavos, cuando es bien sabido y demostrable que apenas se cultivó algodón en Cuba, donde se dio preferencia ante todo al azúcar. A lo sumo, el algodón que, en cantidades no muy elevadas, se embarcaba en Cuba hacia España, procedía de Estados Unidos y se trasbordaba en La Habana para beneficiarse de un menor arancel aduanero. Cierto documental de TV3, un penoso panfleto impregnado también de la cultura ‘woke’ en boga y emitido el 2022 bajo el título de ‘Negrers, la Catalunya esclavista’ echó más leña al fuego, con gran alborozo de los medios digitales de la extrema derecha madrileña.
La trata de esclavos
¿Hubo catalanes que participaron en la trata de esclavos y se enriquecieron con ello? Sin duda, los hubo y la exposición del Museu Marítim cita con nombre y apellidos buena parte de ellos. ¿Fueron importantes en la industrialización y prosperidad económicas de Catalunya en el siglo XIX? Posiblemente sí, lo fueron, pero a buen seguro que en mucha menor medida que otros factores sociales y financieros.
El problema, como casi siempre, es el que citamos más arriba: resulta imposible en España abordar las cuestiones históricas más o menos espinosas con serenidad y objetividad. Y cuando se abordan, resulta que Catalunya es una presa fácil e inerme en la que las derechas e izquierdas carpetovetónicas extremas coinciden, aunque sea por razones o motivaciones distintas.
Vayamos a las cifras: el gran historiador británico Hugh Thomas, en su gran monografía ‘The Slave Trade: The Story of the Atlantic Slave Trade 1440-1870’ afirma que, a lo largo de los siglos XV-XIX, se calcula que se realizaron unos 54.000 viajes marítimos esclavistas, con un total de unos 11.300.000 esclavos africanos arrancados de sus tierras nativas. De ellos, corresponderían a Portugal y Brasil 40.000 viajes (4.650.000 esclavos, a Brasil e Indias Occidentales); a Inglaterra 12.000 viajes (2.600.000 esclavos); Francia 4.200 travesías (1.250.000 esclavos); España (incluyendo sus posesiones de Cuba y Puerto Rico) 4.000 viajes (1.600.000 esclavos) y cifras menores para otras potencias como Holanda, Dinamarca o Estados Unidos. En Cuba, concretamente, se calcula que entre 1820 y 1860 (cuando la trata ya era, sobre el papel, ilegal) entraron unos 200.000 esclavos; posiblemente otros tantos entre 1800 y 1820, cuando el tráfico era legal y se inició el boom del cultivo azucarero en la isla.
Los beneficiarios
En cuanto a España se refiere, el pingüe negocio de la trata de esclavos benefició a individuos de prácticamente todos los rincones del país y de las más diversas clases sociales: desde la Reina Gobernadora María Cristina de Borbón y su segundo marido el duque de Riansares hasta personajes de origen muy humilde que, emigrados a Cuba, ascendieron en pocos años en la escala social (al ritmo en que aumentaban sus caudales) hasta ser ennoblecidos por la Corona y colmados de distinciones.
Así, encontramos nombres como los cántabros José Manuel de Manzanedo (marqués de Manzanedo y duque de Santoña); Pedro Martínez Pérez de Terán (armador de 30 barcos negreros); José y Joaquín Gómez; José María Cagigal o Rafael Toca. El malagueño Pedro Blanco Fernández de Trava, el mayor y más despiadado armador negrero y explotador de ‘factorías’ en Sierra Leona y Fernando Poo. Los gaditanos José y Fernando Abárzuza, que acabarían construyendo magníficos palacios en su ciudad natal. Y también los catalanes Salvador Samá Martí (marqués de Marianao), Francesc Gumá , Josep Anton Marqués, Joan Güell, posiblemente Josep Xifré y otros varios.
Mención especial merecen los vascos de la familia Zulueta, también de origen humilde: Julián de Zulueta, yerno de Salvador Samá, que llegó a ser nombrado marqués de Álava, diputado a Cortes y senador vitalicio, alcalde y gobernador de La Habana en varias ocasiones, hizo y deshizo en la isla antillana durante décadas y de manera omnímoda, siendo uno de los mayores participantes en la trata a través de una nutrida flota propia de veleros y vapores. Lo mismo cabe decir de su primo Pedro de Zulueta que, instalado en Londres, comerciante, banquero y uno de los fundadores de la histórica naviera P&O, fue juzgado allí por trata de esclavos en 1843. Sus buenas conexiones sociales hicieron que resultase absuelto, a pesar de las claras evidencias en su contra.
Posteriormente, también sería ennoblecido con el título de conde de Torre Díaz. Uno de sus nietos, Alfonso Merry del Val, llegó a ser embajador de España en el Reino Unido, mientras que otro de ellos, Rafael Merry del Val, alcanzó el cargo de…Cardenal Secretario de Estado del Vaticano.
En definitiva, coincidimos con el escritor y actor Carlos Bardem, autor de la biografía novelada, ‘Mongo Blanco’, de quien posiblemente fue el personaje español más siniestro de la trata de negros, el anteriormente citado Pedro Blanco. En una entrevista publicada a raíz de la reedición de su novela, afirma, refiriéndose a la Cuba anterior a la pérdida de la colonia por parte de España: “La trata de esclavos permeaba todas las relaciones sociales, políticas y económicas de la época. Nada se hacía que no lo realizase un esclavo. Todo el mundo participaba de ello de forma directa o indirecta, porque era lo que dictaba el ‘sentido común’ del momento. Era la mentalidad y el discurso que se metía en la cabeza de la gente. La trata de esclavos era el negocio más rentable de la época. No había nada que diese la rentabilidad de la compraventa de seres humanos. Si tenías un pequeño negocio en La Habana y habías ahorrado unos pesos, ese dinero lo invertías en la trata, a la llegada del siguiente barco negrero”.
La mejor prueba de lo certero de las anteriores palabras lo constituye la lectura de los apasionados manifiestos de los Círculos Hispano-Ultramarinos que, tras la Revolución Gloriosa de 1868 y los proyectos del nuevo régimen político democrático español de abolir la esclavitud —inicialmente, al menos en Puerto Rico— proliferaron en defensa del status quo esclavista en toda España, singularmente en Madrid y Barcelona. Sin duda, hoy nos produce sonrojo leer los argumentos tremendistas y patrioteros empleados para defender una institución que todas las naciones civilizadas de Europa y América (con la excepción de Brasil) habían abolido hacía ya mucho tiempo. Pero esa lectura hay que llevarla a cabo con la objetividad necesaria para darse cuenta que esa era la mentalidad dominante en aquel momento, una mentalidad y un ‘sentido común’ que compartían buena parte de las clases dirigentes e influyentes españolas de uno y otro lado del Atlántico: industriales, hacendados, financieros, aristócratas, políticos, funcionarios, militares de alto rango, incluso eclesiásticos para los cuales resultaba fundamental que se hubiese arrancado a los africanos de las ‘tinieblas del paganismo’ y hubiesen sido hubiese bautizados…
Frente a ellos, también se constituyeron sociedades abolicionistas de origen popular e intelectual que, a la postre y también como resultado de la evidencia de la imposibilidad moral y material de mantener el régimen esclavista, lograrían la abolición del mismo en 1886. Demasiado tarde para evitar que el vecino del norte —unos Estados Unidos con poder y ambición crecientes— vieran en los restos coloniales españoles una presa fácil cuya conquista podía justificarse moralmente ante su opinión pública.

