Corría el año 2010. La Marina había ordenado el año anterior mi transbordo como oficial al AQUILES, unidad naval destinada al transporte de personal, clínica y logística. Esta orden de traslado a ese buque de guerra fue, para mi, una gran oportunidad de conocer actividades bastante diferentes a las que realizaba hasta esa fecha. Siempre había servido en buques de la escuadra nacional u otros puestos de responsabilidad en tierra por lo que cumplir un destino a esa unidad representaba un importante desafío para mi carrera naval.
Era una nave bastante grande cuya capacidad permitía trasladar a centenares de pasajeros y transportar una gran variedad de vehículos, contenedores marítimos, insumos clínicos, carga general y una cantidad considerable de víveres congelados, frescos y de almacenamiento normal. Esto permitía una autonomía de varios meses sin la necesidad de requerir los servicios de abastecimiento de bases navales o puertos civiles. Del mismo modo, la acomodación de este buque era estupenda. De una gran capacidad de brindar bienestar a pasajeros y con potencialidades para ofrecer todo tipo de servicios. Esto permita una agradable vida a bordo.
El AQUILES era un privilegio de destino para cualquier marino. Cada sector de la unidad contaba con lo necesario para hacer llevadera la vida a bordo, tanto para la dotación como para los pasajeros. Navegar en sus cubiertas era un deleite y todo estaba pensado para llevar una vida agradable mientras duraban las comisiones que la Armada disponía.
Notables eran sus salones de popa donde, con fina elegancia, su ornamentación mostraba lo más tradicional de la vida marinera propia de un buque de la Marina chilena. Una cubierta de vuelo permitía contar con un helicóptero y todo lo necesario para operaciones aeronavales y el abastecimiento permanente de combustible de aviación y resguardo de las tripulaciones de aeronaves embarcadas. Era un buque primordial, sus grandes almacenes y frigoríficos lo convertían en una ciudad flotante y su dotación ese año, en un gran porcentaje recién llegado, denotaba entusiasmo y agrado por el nuevo equipo conformado para el año 2010.
Mi llegada al buque, los últimos días del año 2009, tuvo algunos contratiempos. La recepción de mi cargo tuvo algunos infortunios y reveses que me impidieron poder tomar el control del departamento de abastecimiento como hubiera deseado y en el tiempo que esperaba. Por lo anterior, no pude conocer las reales capacidades de esta unidad para enfrentar comisiones cercanas y la más importante para iniciar el año 2010: “La comisión Antártica”. Esta consistía en un viaje con pasajeros civiles al territorio chileno antártico para abastecer a los marinos que ahí servían y aprovechar el traslado de muchas familias que debían cumplir relevos y destinos en diferentes lugares de Chile. En esta tarea se hacía necesario trasladar gran cantidad de contenedores marítimos con los enseres y pertenencias de muchas familias.
El día de zarpar se veía venir. No contaba con información estadística valiosa para poder programar lo necesario para los días dispuestos para esta comisión. ¿Cuántos víveres?, ¿cuántos insumos médicos y sanitarios?, ¿qué cantidad de materiales de consumo para maquinarias, elementos para mantenimiento sanitario, lubricantes, pertrechos, repuestos de ingeniería, etc.? La verdad era que, al momento de iniciar las operaciones de esta gran unidad, no contaba con esos datos estadísticos. Así, supuse oportuno y prudente rellenar casi en un 200% todos los inventarios necesarios para evitar las eventuales molestias y peligros del desabastecimiento en medio de una comisión antártica.

Era el tercer oficial más antiguo de la unidad y contaba con un grupo de compañeros muy agradable. El comandante era excelente y como muchos había sido destinado a ese mando el mismo año. Su entusiasmo y caballerosidad hacían de él, un jefe querido y respetado. De buen humor, humilde y de un trato ejemplar y afable, el comandante del buque era para los oficiales y gente de mar un verdadero privilegio. El capitán de fragata Juan Andrés de la Maza Larraín prontamente tomó control de la unidad con las novedades de todos los cargos y especialmente los correspondientes al área contable, logística y financiera de la unidad, la que presentaba falencias y varios importantes detalles. Desde un inicio, comprendió que su oficial de abastecimiento tenía una tarea ardua e importante en relación con poner en orden muchos aspectos logísticos y financieros de la unidad, dándome toda su confianza y apoyo para tal labor.
Todo parecía estar listo para un viaje que se avizoraba largo y entretenido. Nos acompañaban muchos pasajeros civiles que la Armada había autorizado a embarcar para esta travesía en demanda de parajes maravillosos y mares tormentosos que eran la antesala del continente antártico.
El buque estaba totalmente abastecido y presto para el inicio de esta comisión. Las cubiertas superiores e inferiores estaban atiborradas de contendores y pallets con todo tipo de materiales y víveres frescos. Todo hacía pensar que podríamos navegar sin mayores contratiempos durante bastante tiempo. Nada faltaba y sin considerar que algo sobrara, sentía profundo orgullo al saber que contábamos con casi cualquier cosa que alguien pudiera requerir para satisfacer sus necesidades, guardando las proporciones ciertamente. Especial cuidado tuve con los requerimientos realizados por la oficial de sanidad, quien dependía militar y administrativamente del suscrito. Era evidente que una comisión de esa envergadura, debía contar con un servicio sanitario que permitiera atender todo tipo de emergencias y eventualidades, especialmente cuando cualquier puerto base se encontrase a distancias que hacían imposible una aeroevacuación.
Llegó el día de zapar a inicios del mes de febrero. Era un día radiante y feliz. En el rompeolas una multitud nos despedía con cariño y entusiasmo. Creo que los únicos que pueden conocer el sentimiento que se genera tras un zarpe son los marinos. ¡En efecto! En cierta medida, en el momento de zarpar se produce un sentimiento de tranquilidad al finalizar la ardua tarea de abastecer a la unidad y preparar máquinas y sistemas para una larga comisión. Un sentimiento de “adoptar una nueva familia” se genera puesto que, del momento de zarpar, después de Dios está nuestro comandante y junto a uno, los camaradas que componen un gran equipo de trabajo con un objetivo común.
Prontamente el buque comenzó su lento y sinuoso vaivén. Una pequeña y permanente vibración, daban cuenta del funcionamiento de las poderosas máquinas propulsoras. Ya entrando la tarde, los pitos marineros empezaban a sonar por el altavoz (sistema 1 MC) para llamar a rancho a las guardias que debían completar 4 horas de actividad operando sistemas, máquinas, cocinas, servicios y enfermería. El tráfago naval era disciplinado y tranquilo. El olor a pan recién horneado y a rancho naval, en momentos, envolvía algunas cubiertas y pasillos en medio del trabajo interior y de pasajeros que, curiosos, intentaban habituarse a una condición nueva para ellos.
Algunas rondas iniciales para ver a mi gente y cómo funcionaban los servicios, que del suscrito dependían me daban la tranquilidad necesaria y la satisfacción de un trabajo previo bien hecho. Los veía tranquilos y seguros mostrando, en todo momento, la profesionalidad propia de los marinos chilenos.
Las actividades empezaron a realizarse cumpliendo un estricto y disciplinado régimen y prontamente se inició el llamado para los pasajeros con el propósito que se congregasen en distintos puntos de reunión para ser instruirlos en emergencias, especialmente los incendios, que suelen tener consecuencias fatales para pasajeros y tripulaciones si estas no están bien preparadas y bien dirigidas. Creo que, en líneas posteriores, podrán entender la importancia que tuvieron estos preparativos y los diarios zafarranchos de incendio (ejercicios de entrenamiento y simulacro para enfrentar incendios dentro de unidades navales), que por norma se realizan en todas las unidades y reparticiones de tierra.
Ya todo estaba normalizado y a pocos días de navegación con rumbo general sur las dotaciones y pasajeros compartían hermosos momentos y entretenidas conversaciones. Los salones todo el día estaban ocupados por pasajeros que disfrutaban de esta sinuosa navegación, disfrutando de lo que el buque estaba autorizado a ofrecer para su bienestar.
Los días pasaron. Tras una corta recalada en la histórica base naval de Talcahuano y el embarque de más carga con destino al Sur iniciamos la navegación rumbo a Puerto Montt, ciudad que sería la última antes de tomar el golfo de Penas, con demanda de la zona más austral de Chile y finalmente el continente antártico. Todo estaba bien y el zarpe nuevamente fue sin novedades y todo volvía a funcionar como una pequeña ciudad flotante.
Los días pasaron lenta y pausadamente. Muchas actividades se realizaban a bordo para poder mantener a los pasajeros entretenidos y felices. Charlas y exposiciones por sistemas cerrados de TV, otras presenciales y los salones como siempre con decenas de invitados que, junto a los oficiales y gente de mar, departían día y noche buenas conversaciones.
Se aproximaba prontamente un hito en toda navegación en los bravos mares de Chile. Había que preparar al buque para algo más demandante que una simple navegación por el océano. Ya saliendo de Puerto Montt se venía la salida a océano abierto, pasando por el golfo de Penas. Sin duda, todo marino sabe que este tránsito no siempre es algo fácil o calmo. El golfo de Penas, como su nombre indica, ha sido un lugar de grandes naufragios, tristemente célebres en la historia marítima de Chile. El golfo de Penas era algo para lo cual había que estar muy bien preparado y el buque muy bien amarrado en sus interiores para evitar daños causados por las pronunciadas escoras y balances que ocasionalmente hacían caer elementos que no estaban bien trincados para afrontar mares tormentosos y olas de gran envergadura.
Los pronósticos meteorológicos e información satelital hacía augurar que las penas propias del golfo de Penas no se harían notar, nuestro paso por el golfo, a la hora prevista, mostraba condiciones ventajosas, por lo que esperábamos una navegación muy grata.

Posterior al rancho de medio día, la guardia continuó sus labores mientras el resto seguía en labores administrativas o descanso. Posterior a algunas actividades con pasajeros y ponerme al tanto de mi cargo y verificar las condiciones de mis valiosos subalternos, me dirigí a mi camarote. Este contaba con muchas comodidades a la altura del oficial jefe de departamento más antiguo de la unidad. No me podía quejar. Era un camarote dispuesto junto al camarote del comandante. Sobriamente amueblado, podía tener parte de mi colección de libros de historia y valiosa documentación institucional y de mi cargo. Además, me acompañaban en ese año algunas piezas de mis colecciones históricas. Era un deleite ese espacio con acceso directo al puente de mando y a los pasillos exteriores de estribor.
Esa hermosa y despejada tarde, el mar nos mecía de manera muy agradable y los motores del buque, como señalé anteriormente, producían un leve ronroneo y vibración al navegar. De pronto, esa tenue vibración cesó, lo que me llamó la atención, puesto que el buque, parecía, había detenido su empuje. Segundos después las alarmas generales se activaron y oí por el sistema de altavoces algo que me estremeció: ¡EMERGENCIA, EMERGENCIA, EMERGENCIA! ¡INCENDIO EN LA MÁQUINA!. Como un impacto, las palabras frenéticas, pero ordenadas, del operador de 1 MC, informaban a todo el buque que no era un simulacro. Era un incendio real y, en efecto, de características gravísimas. De pronto todo el personal se puso en acción cumpliendo los protocolos establecidos para cada uno de los integrantes del buque. ¡Todos sabíamos qué hacer!, los entrenamientos y zafarranchos diarios habían valido la pena. En cuestión de segundos, decenas de marinos equipados con sistemas de respiración autónomos y trajes contra el fuego se dirigían al sitio del incendio. El oficial ingeniero tomó su puesto de control en el puente de mando, junto al comandante, para con los planos de la unidad, dar las órdenes oportunas para controlar el incendio que, en cosa de minutos, tomó proporciones de desastre.
Mis órdenes eran claras y junto al personal asignado para estas emergencias, procedí a dar las órdenes para que los pasajeros accedieran a sectores seguros y prestos para abandonar el buque en las balsas salvavidas si fuese necesario. Los pasajeros, como señalé anteriormente, habían sido instruidos para todo tipo de emergencias y esta era real.
Desde la cubierta principal dispuse lo necesario para tener a los pasajeros listos mientras el comandante me daba algunas indicaciones sobre lo que debíamos hacer. Por radio, recibía las novedades respecto al avance del incendio y poco a poco, me daba cuenta de que la situación era cada vez peor. Perdimos propulsión, capacidad eléctrica y la noche se avecinaba junto con un aviso de mal tiempo que no esperábamos. ¡Nada podía ser peor!
Pasaban las horas y la situación se tornaba más crítica. En un momento se pensó en ordenar el abandono del buque e intentar guarecernos en ensenadas relativamente cercanas. A los pasajeros, ya con bastante frío, intentábamos mantenerlos tranquilos y creo que, en todo momento, al vernos serenos y compenetrados con la emergencia, estaban seguros de que se encontraban en buenas manos. El comandante me dio algunas indicaciones. Lo veía sereno y confiado en las decisiones que sus asesores más cercanos le recomendaban para controlar el incendio.
Se venía encima el frente de mal tiempo, aquel que no íbamos a vivir si ese incendio no hubiera acontecido. El problema era cada vez mayor. Finalmente, se toma la decisión de retirar a todo el personal que se encontraba atacando el incendio en la sala de máquinas. Cerrar todos los accesos y conductos de ventilación y vaciar los bancos de un gas inerte que desplazara el oxígeno para ahogar el fuego. Era la última medida a tomar. Si esto no resultaba, el buque se daba por perdido. ¡Resultó!. Al cortar uno de los tres componentes que mantienen el fuego, se logró sofocar las grandes llamaradas y con agua fría bajar la temperatura del sector y mamparos colindantes. Una vez completado este procedimiento, de manera rápida y efectiva se lograron colocar en servicio la maquinaria auxiliar para generar energía eléctrica y activar la segunda máquina que aun podía proporcionar propulsión.
Largas horas pasaron hasta, finalmente, poner el buque con propulsión propia, al abrigo de un fiordo para capear de manera tranquila el temporal que ya hacía notar sus primeros goterones y vientos gélidos propios de esas latitudes. Toda la tripulación, con dedicado esfuerzo, colocó en función lo necesario para poder activar los servicios y lo requerido para seguir la comisión o bien retroceder hasta las plantas de Asmar Talcahuano para urgentes reparaciones. Finalmente, el alto mando naval nos ordenó proseguir con rumbo sur, reparar lo necesario en Asmar Punta Arenas y completar la comisión antártica.
Esperamos con paciencia la llegada de una corbeta que debía escoltarnos al Sur y atender alguna otra emergencia que pudiera surgir producto del mal estado general de la unidad tras el incendio. Finalmente, con lo puesto y con lo que nos quedaba en la maquinaria, iniciamos nuestra navegación por la ruta de los magníficos canales australes.
Nuestra llegada a Punta Arenas, no estuvo ausente de contratiempos. Una falla en el sistema hidráulico del timón casi nos envía hacia un islote mientras maniobrábamos por algunos canales angostos. Parecía que algo superior a nosotros nos dijera, a cada instante, que la comisión antártica del año 2010 no acabaría bien. Si no era una cosa, era otra. Finalmente, Asmar Magallanes nos señala que la maquinaria no podría ser reparada en esa maestranza y que era menester reparaciones mayores, lo que implicaba que la Antártida quedaría solo en un lindo intento. ¡Era obvio! Para mí y para muchos, Dios no quería que fuéramos más al sur.

Los días transcurrieron monótonos en Magallanes en espera del zarpe con rumbo norte. La unidad estaba atiborrada de abastecimiento, lo que era un problema puesto que parte importante de lo embarcado, eran víveres perecederos que tenían un destino claro y ahora se perdía y los frigoríficos estaban repletos, lo que nos obligaría a retornar estos inventarios con eventuales pérdidas o dificultades para su redestinación. Problema tras problemas y dificultades que estaban haciendo de esa aventura una pesadilla. Los pasajeros, en un gran porcentaje, debieron retornar a sus orígenes desde Magallanes en los medios que pudieron. El viaje al continente helado estaba definitivamente cancelado.
El 25 de febrero finalmente recalamos en la Base Naval de Talcahuano. La orden era desembarcar todos los contenedores con los enseres de nuestros marinos que debían ser trasladados al sur. Para tal tarea los estibadores trabajaron en ardua faena con toda la maquinaria y personal del centro de abastecimiento de esa base. Era perentorio trasladar esa carga valiosa y cuantiosa a las barcazas a las cuales se le encomendó trasbordar esos contenedores a sus nuevos destinos en los lugares donde se frustró nuestra llegada.
Era 26 de febrero. Recuerdo que esa noche estaba bastante cansado. Tempranamente abandoné la cámara de oficiales para ir a mi camarote y estar en paz y descansar leyendo un buen libro. Y así, sin quererlo, me quedé dormido sobre mi cama, en un estado de feliz descanso, sin imaginar que, pocas horas después, viviría una de las experiencias más impactantes de mi existencia.
Pasadas las 3 de la madrugada y en un estado de total letargo fui removido de mi cama mientras el buque era sacudido de manera increíble. Era como si la mano de Poseidón nos hubiera tomado cuál coctelera y nos sacudiera. Solo atiné a afirmarme del camarote mientras que por mi claraboya observaba la bahía de Concepción, que por sectores se iba apagando. ¡Sin duda era un terremoto!, me dije y una vez que logré moverme, bajé al sector de la guardia de acceso donde se encontraba la pasarela que nos comunicaba con el muelle. La guardia estaba estupefacta, el muelle estaba destrozado y con grietas enormes. ¡Todo era increíble!
Vi de pronto aparecer al comandante vestido con una bata azul y desde el alerón de babor me señaló que íbamos a zarpar de emergencia, ya que era probable un maremoto.
Nada sabíamos. Por el canal 16 se podía escuchar el caos reinante en diferentes embarcaciones mercantes y pesqueras de la zona. De igual manera, las comunicaciones con tierra estaban totalmente anuladas y las otras unidades navales se pusieron bajo las órdenes de nuestro comandante, a la sazón el más antiguo de todos los comandantes de las unidades presentes en la bahía. Por lo mismo y por protocolo, todos los mandos de todas las unidades navales daban cuenta a nuestro jefe. ¡La orden fue clara! ¡Todos deben zarpar!
Mientras tanto, por radio éramos testigos de las más dramáticas llamadas de auxilio por parte de embarcaciones que informaban que el mar emprendía su retirada. De un momento a otro, la maquinaría se puso en servicio, saltándose todos los protocolos que mandan para colocar en servicio de manera gradual todo lo necesario para navegar. El zarpe era más que de emergencia. Personal de nuestra unidad bajó a tierra para largar las estachas y poder salir raudamente. De pronto nos gritan desde tierra para observar la pasarela. Tan solo 20 minutos antes, mantenía una pendiente desde abajo hacia arriba desde el muelle. Ahora era todo al revés. El mar se había retirado de manera dramática, por lo que ahora, estábamos con poca agua bajo la quilla y donde antes había agua ya empezaba a verse el fango.

Finalmente, y en carrera, logramos activar el motor de proa perpendicular a la quilla destinado a impulsar el buque desde la proa hacia ambas bandas. De esa manera, podríamos separar la unidad del muelle. Sin embargo, al momento de activar ese motor solo impulsaba piedras y barro. Poca agua nos quedaba bajo la quilla. En ese momento me dirigí a mi camarote. Me puse mi tenida de combate y mi boina. Pensé que mi último día sería vistiendo mi uniforme de guerra.
EL miedo, creo, se había apoderado de todos. Quien no sienta miedo en una situación así, sin duda tiene la chaveta suelta. Subí al puente de mando donde me encontré solo con algunos oficiales y un cabo 1º. No estaba el quipo que conformaban el team de navegación, el timonel no estaba, radarista tampoco. Como día de descanso, muchos estaban en tierra disfrutando de una merecida pausa. Estábamos los que llegamos y el oficial navegante hizo de timonel, el suscrito de control de la ecosonda, el ingeniero dando órdenes a las máquinas y el comandante dirigiendo la maniobra en condición de poca profundidad. Me instalé junto al comandante en el alerón de babor, donde podíamos percibir un panorama apocalíptico. El comandante me pedía le diera las lecturas de la ecosonda y por un momento pensé que el 1,5 que en el monitor figuraba correspondía a 15 metros. Consulté y me dijeron; Negativo… Son 1,5 metros. En ese momento quedé impactado y mi temor me hizo dudar de lo que estábamos viviendo. Morir en el intento de escapar de un tsunami era algo que tenía muchas probabilidades. Teníamos un metro y medio de agua desde la quilla hasta el fondo marino. Y a 4 nudos no era de extrañar chocar con una roca, varar y escorarse a una banda para posteriormente ser arrastrado por la corriente entrante que a gran velocidad impulsaba millones de toneladas de agua, arrasando con todo a su paso. ¡Se respiraba miedo en el ambiente! Literalmente: respirando un olor parecido al azufre. Al exponerse el fango del fondo marino producto de la retirada del mar, los gases de este barro atestaron el ambiente, haciéndolo aún más desagradable. Todos estábamos tranquilos, sin embargo, y cumpliendo cabalmente cada orden recibida, y al mismo tiempo impartiendo instrucciones a los pocos subalternos que estaban a bordo.
Seguíamos escapando mar afuera, siempre con 1 metro a 2,5 metros de agua bajo la quilla, con el consiguiente riesgo de estrellarnos contra una roca y romper el costado de la embarcación y hundirnos. Mientras observaba la ecosonda, con las profundidades que señalé, acompañaba al comandante en el alerón de babor. Desde ahí tenía una perspectiva dantesca de lo que pasaba. ASMAR estaba a oscuras y por nuestra popa podía verse una fila de unidades navales que nos seguían. Todas con calados menores al nuestro. Nuestros submarinos no zarparon y se prepararon para lo peor. En esta situación y en el puente de mando con un team reducido a los oficiales que estábamos a bordo esa noche, un teniente 2º tomó el control de la rueda de gobierno y como oficial navegante, mantuvo, en todo momento, el control de la unidad casi de manera intuitiva y segura. Un gran foco de uso naval hacía las veces de “busca caminos” e iba alumbrando la proa del buque mientras navegábamos con una corriente a favor, puesto que, en esos minutos previos al tsunami, se producía la vaciante, es decir, el mar se retiraba de manera rápida.
Las horas empezaron a pasar y el AQUILES se conformó como un centro de operaciones flotante. Desconocíamos el estado de la base naval y las comunicaciones estaban literalmente cortadas. En ese momento recordé una radio a pilas con capacidad de recepción para varias bandas en AM y onda corta. Estaba lista para ser usada para algo que nunca esperé pudiera ser útil. Con esta radio Sony japonesa empezamos a recibir transmisiones desde Argentina, que daban cuenta de la catástrofe ocurrida en Chile. Las transmisiones chilenas estaban apagadas, por lo que la propagación de las señales electromagnéticas transandinas eran claras y señeras. Hasta ese momento ignorábamos que estábamos en el epicentro mismo de este enorme terremoto. Esta radio de algo sirvió en momentos de total desconocimiento de lo que ocurría. Luego, el Teléfono satelital entró en acción y con este, pudimos iniciar el contacto con el alto mando naval y conectar las primeras acciones tendentes a tomar el control positivo de la zona marítima afectada.
Llegó la mañana, y el panorama que podía percibirse era impresionante. Una especie de nata cubría el mar con restos de todo tipo de cosas. Desde embarcaciones volteadas hasta contenedores que navegaban semi hundidos, árboles, materiales de todo tipo arrastrados por las corrientes que iban y venían. Era algo dantesco y preocupante, porque las corrientes experimentaban un comportamiento errático que impedía mantener la seguridad del buque ante posibles choques de elementos a la deriva. Una muestra de esto fue algo que nos llenó de cierta tristeza. En un momento determinado, muy temprano por la mañana, por la proa, empezamos a ver que navegaba cual barco fantasma la Fragata ZENTENO, unidad dada de baja algunos años atrás, en la cual había servido durante el año 1999. Se encontraba encabuzada, es decir, con su proa ligeramente hundida y navegando sin control a merced de las desconcertantes corrientes posteriores al tsunami. Triste espectáculo verla avanzar dañada y herida de muerte. Prontamente, se dio la orden a una corbeta de remolcarla hacia fuera de la bahía y hundirla en mar abierto. Un final triste a una fragata magnífica que tantos servicios prestó a Chile.

En un momento, quien llevaba el control del poderoso farol, dejo pasar el haz de luz por sobre las plantas de Asmar donde la oscuridad reinaba. En ese momento pudimos escuchar los gritos de varias personas que distinguieron el haz de luz de nuestra unidad. Pude distinguirlos a unos 300 o 400 metros de distancia y sus gritos eran desesperados, pidiendo auxilio para ser rescatados. Seguramente se encontraban aislados. Miré a nuestro comandante y con su mirada me dijo todo. Después me señaló: ¡Nada podemos hacer por ellos!
Fueron segundos estremecedores y horriblemente tristes. No podíamos salvar a esos marinos, los que, seguramente, serían arrastrados por el tsunami que acumulaba energía antes de irrumpir con toda su furia contra la costa. Durante meses soné con esos hombres y sus dramáticos gritos llamando y pidiendo que los salváramos. Son cosas difíciles de olvidar. Eran hombres jóvenes e intentar un rescate, era sacrificar más hombre de manera inútil.
Por radio escuchábamos todo tipo de transmisiones. Unas verdaderamente dramáticas y pavorosas. El desorden cundía, especialmente entre las embarcaciones civiles menores. De pronto, recuerdo haber percibido un cambio de rumbo muy rápido. Posteriormente, supe que era el mar que experimentaba el efecto contrario a la vaciante. Era la onda que conformaba el tsunami. Algunas lanchas patrulleras que formaban parte de esta fila de unidades navales experimentaron el impacto de esa llenante con consecuencias afortunadamente no fatales para ellos.
El buque poco a poco empezó a tomar más profundidad. En cuestión de minutos tomamos una posición que nos permitía fondear de manera segura. Luego de varios minutos de frenética escapada logramos colocarnos en una posición segura para poder tomar las acciones que las circunstancias demandaban.
Esa misma mañana el comandante De la Maza me ordena bajar a tierra junto al segundo comandante. Para tal objeto embarcamos en el helicóptero clase Dauphin de la Aviación Naval que nos acompañaba a bordo. Se dispuso la cubierta de vuelo para el despegue y en pocos minutos ya sobrevolábamos toda la bahía. Las primeras imágenes que veía eran terribles. Asmar en el suelo, unidades desperdigadas por doquier, diques flotantes sobre tierra, buques mercantes sobre las calles de la ciudad y la base naval, literalmente en el suelo. El sobrevuelo en un momento recorrió parte de la ciudad de Talcahuano donde los estragos eran de magnitud. Ya con el vuelo casi finalizando, aterrizamos en el helipuerto, colindante al lugar de descanso del monitor Huascar. Verlo me trajo cierta tranquilidad, puesto que, sumado al desastre, su perdida habría sido aún más dolorosa. El Coloso de 1879, se encontraba perpendicular a su posición normal. El maremoto no había logrado matarlo y el embarcadero, con el espolón y la corriente del mar, había sucumbido.
Aterrizamos. Solo un piloto de otro helicóptero de la base, destruido ya, nos recibió. Su rostro reflejaba el impacto de lo que en la madrugada vivieron. Nos pusimos en marcha para contactar a las autoridades de la base e iniciar lo necesario para rearmar todo.
Caminamos por la base y pudimos ver el nivel de destrucción de casas y reparticiones. Solo horas antes, los contendores de nuestros marinos desembarcados del AQUILES habían quedado en espera de embarcarse en las barcazas antes señaladas. Todo se había perdido. No había base naval, los servicios logísticos del centro de abastecimiento estaban literalmente en el suelo. Asmar, Arsenales y la mayoría de las reparticiones de tierra estaban destruidas o en un estado de ruina.
Durante ese día coordinamos lo necesario con la infantería de marina, destacamento Aldea, que en esos momentos y los meses posteriores dieron muestra de un valor y comportamiento a la altura de su honrosa tradición. Estuvieron siempre al pie del cañón de manera infatigable y con un entusiasmo ejemplar. La Armada chilena le debe mucho a nuestros infantes de marina.

Mi regreso a bordo, ya avanzada la tarde, fue muy triste. Empezaban a conocerse detalles del desastre y la perdida de numerosas vidas y, como siempre, el lumpen empezaba a mostrar su lado más oscuro.
Las necesidades empezaron a hacerse notar. Las pérdidas requerían que alguien permitiera el suministro de todo lo necesario para el sustento de la vida de centenares de personas en los primeros días posteriores al desastre.
Desde mi llegada a la unidad a finales del año 2009, mi sensación era que todo andaba de manera forzosa. Las cosas funcionaron de tal manera que el 27 de febrero no estábamos en la Antártida. Estábamos donde más nos necesitaron, donde aquellos víveres que se perderían, alimentaron a centenares de personas, donde los servicios de clínica flotante ayudaron a tantos más que fueron heridos o enfermaron. Con un buque logístico atiborrado de suministros y con todo tipo de servicios, la Providencia nos envió al lugar y el momento que la patria lo demandaba.
Siempre recordaré el comportamiento de nuestra dotación de 2010 del AP 41 AQUILES, especialmente a mis subalternos directos, el Subteniente Leonardo Parra y la Teniente 1º de Sanidad Naval doctora Carolina Sepúlveda. A ellos mi más profundo agradecimiento por su apoyo y dedicado trabajo. A su comandante, Juan Andrés de la Maza Larraín, hoy flamante comandante en jefe de la Armada, mi más profunda admiración por demostrar ser un gran líder y un comandante a la altura de lo que es la Marina chilena. A los infantes de marina del destacamento IM Aldea, mi reconocimiento y consideración, por resguardar el orden en momentos difíciles para la ciudadanía, sin pedir nada a cambio y con poco abastecimiento.
Esta experiencia, sin duda alguna, marcó la vida de todos los que fueron testigos de ese suceso en esa madrugada. Todo lo que sucedió desde el inicio de ese azaroso año, fue conducente a un propósito.
Jaime Larraín Zelada, oficial de la Armada chilena (R)
NOTA DEL EDITOR. La foto de portada corresponde al buque logístico de la Armada chilena AP-41 AQUILES, 103 metros de eslora y 17 metros de manga.

