Dos cosas me llaman especialmente la atención de Vicenç Forner: las manos que trabajaron la fragua y la mirada de un cazador.
La Ostia.
En la vieja Barcelo [así llamaban a la Barceloneta sus habitantes] todo comenzaba y terminaba en la mar. Bien estuvieras embarcado, bien te dedicaras al estraperlo, bien sirvieras chatos de vino y sardinas en una tasca eras miembro de un ecosistema en el que todos sabían quien era quien y donde estaba. Veleros, carpinteros y remendadoras de redes eran tan necesarios como el capitán y el cocinero, tradicionalmente las figuras más importantes a bordo. Ahora nada se fabrica. Antes nada venía de fuera. Si necesitabas cualquier pieza de metal saldría del yunque y el martillo de Vicenç.

– Con las olimpiadas todo cambió -me dice Vicenç Forner, estoico. Antes no había bastante mano de obra en la Barcelo para cubrir los puestos de trabajo de las empresas: la Maquinista, Vulcano, el centenar de talleres auxiliares de la industria naval, las empresas portuarias, buques mercantes. Solo la pesca daba trabajo a mas de mil personas. Hoy el barrio ha cambiado y lo ha hecho a una velocidad imposible de asimilar. Desde la olimpiada de 1992 cientos de empresas y talleres han desaparecido o se han transformado, modernizándose mecanizándose, reduciendo la mano de obra, y trasladándose fuera del barrio e incluso de la ciudad. Yo nací en el 49. Aún quedaban en el barrio las casas rotas, ruinas de los bombardeos de la guerra civil. Ahí jugábamos los niños, sin miedo a que se vinieran abajo en cualquier momento, ese era nuestro patio de juego junto con el puerto y la playa. No nos quedaba otra, prácticamente se vivía en la calle. Era muy incomodo vivir en un piso de treinta metros cuadrados. La madre cocinaba, el padre trabajando, después en el bar, los niños correteando por las calles jugando a mil juegos sin juguetes. Esto creaba unos lazos de amistad muy fuertes, una forma especial de hablar y de relacionarnos. Tenías que haber nacido aquí para entenderlo. Nuestros vecinos eran el Somorrostro, -un barrio de barracas junto al mar, llegaban inmigrantes del pueblo, montaban una barraca y ya tenían casa. Compartían barrio con gentes de etnia gitana, conviviendo, pero sin mezclarse. La Barcelo era como un culo de saco, sin salida, no venías si no era a tiro fijo [Vicenç muestra una amplia sonrisa cómplice y continúa]. Vamos, empezando por el estraperlo. El puerto nos proporcionaba todos los productos que en Barcelona escaseaban, como el café. En Barcelona tomaban malta y achicoria, y de vez en cuando a los estibadores se les rajaban un par de sacos de café o los que hiciera falta. El café se tostaba en las casas y el aroma llegaba a toda la ciudad. Luego vinieron los americanos repartiendo tabaco rubio, Chesterfield. Mira, hace 50 años que no fumo, pero recuerdo aquellos chester sin boquilla. ¡Aquel papel les daba un sabor delicioso! Si cayera ahora uno en mis manos me lo fumaba. ¿Ves la montaña de Montjuic?, la ladera junto al cementerio la llamábamos la Tierra Negra. El Levante la cubría del polvo de carbón que volaba desde el muelle de enfrente que es donde se descargaba y amontonaba dándole el nombre de Moll del Carbó. La Tierra Negra fue zona de prostitución hasta los setenta. Yo tenía un taller de fragua en la calle Santa Luisa de Marillac y algunos viejos marineros venían a pasar la tarde y fumarse un cigarro de picadura, y me pedían si podían aquí recibir correo. Aquellos viejos marinos se sentaban en la puerta i debatían entre ellos recordando experiencias de ultramar, mientras leían las cartas que les llegaban de alguna novia que en su día les alegró la estancia en alguna escala en Cuba o Buenos Aires. Con los años fueron desapareciendo, dada su avanzada edad, y las cartas dejaron de llegar.

– Vaya shock. Esto solo pasa en la Barcelo. Tu libro “Crónicas de l’ostia” documenta este barrio desde 1949 hasta 1992.
– Bueno, aquí todos nos conocemos de toda la vida, y eso te lleva a situaciones digamos curiosas. Ahora escribo para ‘Esencia Barceloneta’. Había escrito sobre una persona que no veía hacía un montón de años y al salir a la calle, hola Vicenç, cruzármelo en la primera esquina, y pensar, madre mía, a romper el artículo. Pero no, luego cuando lo leen resulta que les gusta mucho. Este es mi barrio.
– ¿Y mañana?
– Lo que te decía, el cambio va muy deprisa. Con los barcos pesqueros que nos quedan no hay ni para que coma la Barcelo. El día de mañana seremos una atracción turística dentro de una marina de lujo. Los últimos alquileres de pisos de renta antigua están cayendo, los desahucios y las renovaciones de contratos, los aumentos del precio de los alquileres y la especulación obligan a los vecinos de toda la vida a abandonar el que fue su hogar. Pero también hay que entender a muchos pequeños propietarios que con el alquiler que cobran no pueden hacer frente a los impuestos que no paran de subir, y a las obras de mantenimiento de las fincas. Vecinos tradicionales y turistas son agua y aceite, no hay forma de que convivan a pesar de los esfuerzos de los vecinos. De ahí la importancia de documentarlo.

El cazador
Otro tema es su mirada. En contra a mi costumbre me he sentado de espaldas a la terraza del Museo Marítimo, pero me basta seguir sus ojos para saber que está pasando detrás de mí. No están quietos. Miran quien entra, quien sale, qué es interesante. Qué merece la pena de ser visto y contado.
– Tuve que dejar la fragua y prejubilarme por motivos de salud. Siempre me había gustado la fotografía, y me había acostumbrado a llevar una cámara encima. Empezó como un hobby y al final me vi colaborando con El Periódico, El País, La Vanguardia o el Diario de la Barceloneta.
– Así, como quien se viene arriba.
– No. La fotografía puede ser arte cuando busca la belleza, o documento de algo existente. Pero no es eso para mí. Una fotografía debe contar una historia. Estoy orgulloso de esta secuencia: en la primera foto una mujer avanza por el paseo marítimo, en la segunda se ha acercado. Nos muestra que pasa el tiempo. Detrás vemos un contador de personas que han muerto cruzando el Mediterráneo, y el número decrece. Una buena foto ha de ser un libro. Me encanta fotografiar a las gentes de este barrio, pero no simplemente a las caras, sino a lo que hay detrás. Hay que llevar siempre la cámara dispuesta, pues una buena foto puede aparecer en cualquier momento. Pero las armas del fotógrafo son la paciencia y estar ahí cerca. Recuerdo cuando vino el QUEEN ELISABETH a Barcelona. Anunciaron la llegada a las nueve de la mañana, pero yo me olía que por motivos de seguridad vendría un poco antes. Ahí estaba yo plantado a las cinco de la mañana, y a las seis entraba por la bocana. La foto fue mía. Otra foto divertida fue cuando una ballena se coló en el puerto. Tengo una red de amigos, que yo llamo ‘los pajaritos’, pues me cantan cuando algo pasa. Tal como me enteré salté encima de la moto. La Guardia Civil acababa de llegar con la lancha y estaban intentando sacar a la ballena del puerto espantándola a base de golpear una perola con un cucharón. ¡Vaya foto! Me lanzo para buscar un buen ángulo, pero llegué a la verja que cierra el puerto. ¡Nada detiene a un fotógrafo! Me paso la verja, salto de la moto, y preparo la cámara mientras un coche de la Guardia Civil aparece de la nada. Iba a disparar y de repente una mano aparece delante del objetivo. ¿Qué hace usted aquí? Soy de la prensa, solo quiero hacer esta foto. ¡No puede estar usted aquí! Cuando le pude enseñar mi acreditación ya había marchado la ballena con la lancha repicando a su lado. ¡Mire que ha hecho usted! -le dije al guardia. ¡Por su culpa me van a despedir!, mentí. Al final pudieron enfilar la ballena hacia la bocana, pero al día siguiente, desorientada la arrolló el bulbo de proa de un mercante. La remolcaron hasta el muelle, y pude fotografiar como al intentar sacarla con una grúa se partía por la mitad.

https://www.out.com/travel-nightlife/2014/08/21/naked-italian-tourists-spark-outrage-barcelona
https://www.theguardian.com/world/2014/aug/21/naked-italians-protests-drunken-tourists-barcelona
– También publicaste fotos como ‘del piso turístico al banco turístico’ o ‘Turistas italianos desnudos’. Llegas desde una Barcelo en la postguerra hasta hoy.
– La segunda tiene su guasa. Estaba en la calle y veo a dos italianos que empiezan a desnudarse en un supermercado, así, de cachondeo. Estuve esperando un rato hasta que la foto estuvo madura, y corriendo a El Periódico pensado que tenía la foto del año. Pero el redactor jefe no estaba, y el suplente no mostró interés en publicarla. Al final salió en un diario holandés y al día siguiente estaba en todo el mundo. El redactor jefe me quería matar pensando que no les había llevado la foto, y luego quería matar al pobre suplente. Llevo años documentando la vida de mi barrio con fotografías y artículos, siempre en plan conciliador, he colaborado con Ester Marín en el Diari de la Barceloneta un periódico que salió puntual durante 20 años, hasta que el Covid y otros virus acabaron con él. Hoy colaboro con una revista trimestral ‘Esencia Barceloneta’, en positivo, literatura de buen rollo. Por mi labor en el campo de la documentación y la convivencia vecinal, me fue otorgada la medalla de honor de la ciudad de Barcelona.
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