1. Ante todo: felicitar a los responsables de comunicación de la 37 Copa del América (América’s Cup, AC), por su entusiasmo, su profesionalidad y sus múltiples aciertos. Levantar las expectativas de un espectáculo ajeno a la mayoría de los ciudadanos de Barcelona era misión imposible.
2. La segunda mirada: reconocer que el espectáculo, envuelto en una enrevesada competición, impresiona por la profundidad del cambio. Entre una regata como las hemos conocido y la actual AC hay una brecha tecnológica similar, salvando muchos matices, a la que vivieron las gentes de mar en el siglo XIX con el cambio de la vela al vapor. Estos cambios crean siempre una reacción contraria, en principio mayoritaria. Pero la historia demuestra que el cambio acaba por imponerse.
3. Cierto es que los ingenios que protagonizan la AC ya no fundamentan sus características en la teoría del buque y la construcción naval clásica. Tienen más de aeronaves que de barcos, más de Bernouille que de Arquímedes.
4. Sería deseable que los ciudadanos tuviéramos información fiable y rigurosa del coste que ha tenido traer la AC a Barcelona. La única cifra conocida es la de 72 millones de euros que, según el alcalde de Málaga, le pidieron los poseedores del evento, el Emirates Team New Zealand, que representa al Royal New Zealand Yacht Squadron, para empezar a negociar los detalles.
5. Tampoco estaría de más que quienes decidieron comprar el evento explicaran las razones de su decisión, pues no cabe duda que Barcelona no necesita la promoción turística que pudiera proporcionar.
6. Los dos equipos que se disputaran la 37 edición de la AC, el poseedor de la jarra, los neozelandeses,y quien se ha ganado el derecho a desafiarles, el equipo Ineos Britannia, vencedor del enfrentamiento con el ingenio italiano Luna Rosa, a priori favorito, se han puesto de acuerdo para que, sea quien sea el vencedor, apostar por Barcelona para la siguiente edición de la AC. Muchos desearíamos que el espectáculo recalara en otras aguas y que otras ciudades, otros puertos, pudieran gozarlo en vivo y en directo. Es lo que hizo Aukland, capital de Nueva Zelanda, que albergó la 36 edición de la AC y, pese a tener todo el derecho, renunció a repetir.
7. La conexión racional de los barceloneses con el espectáculo ha sido escasa. La conexión emocional, que es la que cuenta, ha sido prácticamente nula. No hay personajes conocidos que compitan. Es más, cuando están actuando no se ven sus rostros, no se ven sus esfuerzos, no se sabe lo que hacen y cómo lo hacen. No hay forma humana de Identificarse con ese panel rígido que ejerce de soporte publicitario más que de vela.

8. Tal vez el invento más llamativo de los artefactos aeronavales que protagonizan la actual AC son esas patas que sobresalen del casco por ambas bandas (las llaman foils), elementos esenciales para el gobierno y la estabilidad. Curiosamente, esa innovación, que se maneja desde un ordenador, conserva el aire de uno de los inventos de navegación más antiguos que se conocen, la batanga, que puede ser una o puede estar acoplada a las dos bandas de la embarcación. No es necesario advertir que entre las alas/foils y la venerable batanga hay una distancia sideral.
9. ¿Qué nos deja la AC a los barceloneses? ¿Un incremento de la afición a la náutica? ¿Un reguero de deudas? ¿Un espaldarazo y una ayuda a algunas de las empresas que se mueven en el entorno de la náutica de recreo y de los puertos deportivos? De la experiencia de Valencia, sede de dos ediciones de la AC, podría inferirse que el legado tendrá más sombras que luces.
10. Una última observación. El papel de la Autoridad Portuaria de Barcelona (APB) ha sido clave para el desarrollo de la 37 AC. Ha cargado con el peso de la organización, ha puesto los medios que le solicitaron, a veces a costa de no pocos esfuerzos, y ha demostrado cintura política y capacidad de gestión. ¿Ha valido la pena?

