Despierto sobresaltada. Mis latidos se aceleran, siento el pecho estallar, y un calor frío subirme de los pies a la cabeza. Jadeo, ahhh! El sonido del agua a través del casco de aluminio, y el insistente chapoteo de la popa, me hacen volver de mis sueños con serpientes de mar. Vuelvo aquí, al estuario en donde me ha dejado fondeada Hernán durante diez días, mientras él vuelve a México a ver a su hijo.
Y me entra el pánico, ya lo sabía yo, que algo iba a pasar. Aquí hay mareas, mucha corriente, no es como en el Mediterráneo. La longitud de cadena no ha sido suficiente, la marea me ha arrastrado hacia mar adentro…o peor. Tengo que salir a ver, aunque todo mi cuerpo está sólido sobre el catre, paralizado por lo que puedo encontrar fuera.
Me levanto de un salto y salgo de la cabina del armador a popa, para encontrarme a Toby, nuestro perro, durmiendo en los escalones del pasillo. El pobre está mojado, rebozado de sal, viejo y cansado. Doy un paso de gacela por encima de él, y ya me encuentro en el salón, temiendo lo peor. Veo el espray fuera, que salpica ya en la bañera! Ah, yo sabía que esto iba a pasar!
Subo la escalera de la escotilla principal, y fuera encuentro el horror. Pego un grito: “Nooooo!”
Me paralizo un instante, mientras veo que estoy rodeada de escollos que no me dejan ver el horizonte. Grandes, negros contra el cielo oscuro y plomizo, las nubes también han tomado un aspecto atemorizante. Las rocas con sus fauces están a punto de engullir mi proa. Olas chocando contra la piedra, y yo acercándome inexorablemente hacia estos oscuros e inefables gigantes.
No hay dónde ir, no sé qué hacer.
Como por instinto, voy al puente, destrabo el timón, y empiezo a girar la llave para encender el contacto del motor.
Es inútil, no hay dónde ir. No sé cómo quitar el fondeo, ni si aún existe. Giro la llave nuevamente en sentido contrario. Sollozo mientras abandono mis esperanzas en silencio, accediendo al interior. Veo a Toby aún durmiendo apacible en el pasillo. Yo también quiero acostarme. Me desplomo en los sofás de la dinette. Le había dicho a Hernán que no se fuera, que no era prudente dejarme allí sola! Que no iba a saber qué hacer si pasaba algo. Solo quiero dormir. Toby también duerme. Me consuelo pensando en que aún sin saber nada, al menos en eso había acertado. En que algo iba a pasar. Mi cuerpo cansado, poco a poco, empieza a desvanecerse.
Hasta que escucho unos golpecitos en el casco, como si alguien tocara la puerta: “knock, knock, knock”, y a continuación gritos: “señoraaaa, tiene que mover el barco!”…”señora, por favor, mueva el barco! Por favor haga algo!!”Es la policía?…
Y al abrir los ojos otra vez, me encuentro en mi camarote, acostada en la cucheta de abajo. Los golpes en la puerta son del Capitán, que me llama. Son las seis y media de la mañana: “María…María…please wake up, we have to move the boat to Chiaia di Luna” (“María, María, despierta que tenemos que mover el velero a Chiaia di Luna”). Me lavo la cara, y en tres minutos estoy ya en cubierta para soltar las amarras de proa, y poner rumbo al otro lado de la isla. Sopla levante.
María Candela

