Y ¿quienes sufren los efectos de la herida en primera persona? Son naturalmente los marinos. Asaltos con armas, retención de rehenes, secuestros… son las variantes que se siguen sucediendo en los lugares tradicionales. A saber: golfo de Guinea y estrecho de Malaca fundamentalmente (ver mapa), alguno en las cercanías de Adén y en la costa Nordeste de América Latina.
Como se aprecia en el mapa del IMB, siempre en zonas conflictivas, como no podía ser de otra manera. Cierto es que los acuerdos internacionales han favorecido la intervención de las autoridades de los países afectados, básicamente Nigeria en el golfo de Guinea, con una respuesta rápida a los incidentes. Pero la realidad nos dice otra cosa.
Allá donde hay escaso control en aguas territoriales por parte de los Estados, la piratería sigue siendo una realidad. Una realidad de 156 buques atacados (56 tanques, 51 bulkcarriers, 13 portacontenedores y 36 de otro tipo)… y 112 tripulantes retenidos como rehenes, en los primeros nueve meses de 2018.
Una operación internacional como la Atalanta, que se sigue llevando a cabo frente a las costas de Somalia y Golfo de Adén, es de muy difícil aplicación en el golfo de Guinea y estrecho de Malaca, porque los estados reivindican la soberanía en sus aguas. Pero un paso adelante, avalado por la ONU, se está haciendo cada vez más necesario.
Los buques que navegan por estas zonas de riesgo no están automatizados. Están tripulados por seres de carne y hueso que sufren las consecuencias de este despropósito. Y no nos vamos a cansar de repetir aquí acerca del Derecho del Mar, recogido en el Convenio de las Naciones Unidas al respecto.

