Joaquín Coperiro ganó el primer premio Nostromo, de literatura marítima, con una novela sensacional, llena de homenajes y complicidades al mundo novelesco de los piratas del Caribe, “Ajajá Lyonés, por una niña me muero en Castaj”, título libérrimo, toda una declaración de intenciones (Véase el artículo de Cecilio Pineda). Con posterioridad, Copeiro ha ido publicando sucesivas novelas (“En el país de los ciegos”, “Libertarios del Mediterréneo”, “El laberinto de la luz” y “La puerta de las Meninas”), y diversos poemarios y relatos cortos. En cada una de las obras que iba construyendo era posible detectar su crecimiento como escritor, novelista y poeta, y su madurez personal.
Ahora, Copeiro publica una novela que dentro contiene un completo poemario, “Madre, mar Marta”, una obra de arquitectura compleja y escritura densa como la vida. El título recoge con exactitud los amores que Copeiro quiere homenajear, investigar y explicar. La madre, “la que te pare, la que te amamanta, la que vela tus noches de pesadilla, la que te sirve el mejor plato, la que te ayuda con los deberes, la que defiende la honestidad de tus acciones, la que subraya tu bondad natural, la que lucha por tu vida, la que sufre tus dolores, la que celebra tus venturas, la que no duerme mientras viajas, la que teme que te equivoques, la que te ayuda a incorporarte si te caes, la que enjuga tu llanto, la que lava tus llagas, la que restaña tus heridas, la que lame tus lágrimas, la que sosiega tus insomnios, la que quiere a tus amigos por serlo, la que desprecia a tus enemigos por serlo, la que glorifica tu nombre, la que ennoblece tu recuerdo, la que dignifica tus miserias, la que lucha por tu felicidad, la que te llama niño o niña aun cuando se halle con un pie en el estribo, la que no te molesta ni para morirse, la que se larga sin hacer ruido, la que te deja con su ausencia un enorme agujero en el alma”, como ha dejado escrito el autor. El mar, útero de la creación, capaz de acogerte como una madre, símbolo permanente de amor, de amistad y del tiempo “toujours recommencée”, como escribió Paul Valéry. Y Marta, la mujer que te acompaña por la vida, unos pasos detrás, unos días por delante, la mujer en la que mueres durante unos instantes varias veces a la semana o al mes.
“Madre, mar, Marta” indaga en la lucha por la libertad después de perdida la guerra civil y en la construcción de una vida. Pablo, el personaje sobre el que pivota el edificio literario, se aferra al mar, “la única cosa eterna que hay sobre la tierra” (Cabrera Infante, “Tres tristes tigres”), esa amiga, madre y amante amplia y cruel, tierna y terrible.

