Añadamos que la realidad actual de la profesión, desde el punto de vista asociativo, está bien provista de iniciativas cuyo propósito es conectar a determinados grupos de marinos que en algún momento compartieron buques y navegaciones. Cierto es que esas iniciativas se reducen a encuentros esporádicos, sitios en internet donde compartir recuerdos, o eventos puntuales de marinos de una escuela de náutica o de una localidad concreta. Cierto es también que de esos encuentros, sin más objetivo que la nostalgia compartida, suelen nacer proyectos asociativos más ambiciosos.
Hablemos de Trasatlántica, la histórica naviera que quienes desgobiernan la ciudad de Barcelona quisieran borrar del mapa porque en el siglo XIX, cuando se fundó la empresa, el comercio de esclavos era legal. El pasado fin de semana nos reunimos en Badajoz un buen número de antiguos capitanes, jefes de máquinas y oficiales de la Compañía Trasatlántica.
Este era el cuarto encuentro ya que desde hace unos años los oficiales que navegamos entre finales de los años 60 y principios de los 90 del pasado siglo nos reunimos una vez al año. Los encuentros anteriores tuvieron lugar en Madrid, Cádiz y Vigo. Cada año un asistente propone su lugar de residencia y, si estamos de acuerdo, él se encarga de organizarlo. En el 2017 nos reuniremos en Alicante.
Con matices y pequeños cambios, el acto básico de estos encuentros consiste en una comida, que viene precedida de algún evento, según el lugar, y que tiene continuidad en una posterior reunión más informal. En el caso de Badajoz hicimos una visita guiada por la ciudad que finalizó con una recepción en el Ayuntamiento en la que nos acompañó el alcalde. En Cádiz el evento fue una visita a los astilleros que fundó Trasatlántica en Matagorda; y en Vigo organizamos una navegación a las islas Cíes.
La esencia de estos encuentros reside en reunirse con los compañeros de hace 30 años. Aunque nuestros cuerpos nos dicen otra cosa, nuestras mentes nos devuelven durante un par de días a aquellos momentos que a pesar de los malos ratos que pudimos pasar, ya que el ejercicio de nuestra profesión resulta muy complejo y variable, lo que nosotros recordamos son los muchos y buenos momentos que vivimos.
Durante esos dos días nos contamos nuestras batallas, anécdotas y aventuras, profesionales o no, porque la vida a bordo, y cuando se toca tierra, exige convivir con los compañeros y en esa convivencia se forja la amistad que perdura a través de los años.
Huelga decir que todos nosotros nos sentimos muy orgullosos de haber navegado bajo el pabellón de Trasatlántica, en unas líneas de navegación que han marcado nuestras vidas. Y eso es lo que intentamos recuperar en estos encuentros, tal vez porque como escribió Marcel Proust (“A la búsqueda del tiempo perdido”), y confirmó Gabriel García Márquez (“Vivir para contarla”), recordar es vivir y sólo se vive de verdad en el recuerdo.
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