Yo también he pecado. Yo también di por tocada y herida de mucha gravedad a la globalización cuando, en plena erupción de la Covid-19, Occidente, nosotros, los de este lado del mundo, descubrimos que no fabricábamos respiradores, ni EPIS, ni miserables mascarillas y que todas esas cosas, sencillas, pero fundamentales, se producían al otro lado del mundo.
Seguidamente, al confinarnos, descubrimos que nosotros, los de este lado, los guais del orbe, tampoco teníamos capacidad de producción suficiente para proveernos de pequeños electrodomésticos para subsistir en casa y tampoco para abastecernos de equipos y complementos informáticos, por no mencionar instrumentos de gimnasia minimalistas, ajedreces electrónicos y toda la gama de juguetes (para adultos o no) de entretenimiento en cautividad.
Todas esas necesidades mencionadas se satisfacían también en Extremo Oriente y su urgente reclamo nos proporcionó la mayor crisis de fletes (por elevación) jamás vista y que a su vez tensionó tanto los sistemas portuarios que, sobre todo en los puertos de la costa del Pacífico de los EEUU, colapsaron las cadenas de suministro en miles de puntos: puertos, terminales, ferrocarriles, equipos de contenedores…
Los numerosísimos cuellos de botella en las cadenas logísticas propiciaron que los responsables de compras en las empresas, desbordados, desconcertados y, sobre todo, en pánico, incrementaran drásticamente el volumen de unidades en sus órdenes de compra. Lo hicieron por seguridad, por si tardaban en embarcar, por si tardaban en llegar y así, el overbooking prolongó por un año más las disfunciones y, sobre todo, los niveles estratosféricos de los fletes en una forma que, ni en sus sueños más húmedos, los grandes actores (armadores y operadores logísticos) hubieran imaginado.
Conforme se serenaban los ánimos, estaba claro (en este lado, en los países ‘top’, naturalmente) que había que relocalizar las fábricas, reindustrializarse y, en su caso, solo como fase intermedia o atenuante, aproximarlas para que no estuvieran tan lejos.
Intentando vislumbrar el retorno de las fábricas (el ‘reshoring’ y el ‘nearshoring’), los finos observadores anunciaban, de tanto en tanto, algunos brotes verdes que confirmarían la profecía del fin de la globalización, pero los meses y los años han ido transcurriendo sin evidencias palmarias.
Pero de pronto, la estruendosa llegada de la Administración Trump al puente de gobierno del país más poderoso del mundo ha reavivado las ilusiones de los sesudos profetas socioeconómicos que ya empezaban a desfallecer. La tajante orden ‘urbi et orbi’ del mandatario estadounidense “¡Fabricar aquí o pagar aranceles!”, sonaba, ahora sí, al principio del final definitivo de la forma en que durante 40 años se había entendido el comercio internacional.
Pero, seis meses después de la defunción anunciada de la globalización, parece que la cosa no está tan clara, ni mucho menos. Tímida, pero serenamente, son cada vez más numerosas las voces que niegan la posibilidad de que China y sus derivadas dejen de ser la fábrica del mundo, al menos a medio plazo.
Reabrir factorías que, en su día, se deslocalizaron porque el coste laboral era inmensamente más bajo en el otro extremo del mundo no parece posible. Primero, porque el principal factor de aquella decisión (el diferencial de salarios) sigue existiendo y, por otro lado, el instrumento logístico que hacía posible el cambio —el contenedor marítimo— está más fuerte y maduro que nunca. Además, la legión de pequeñas y medianas empresas que suministran piezas y materiales a la factoría a costes también bajísimos crea una red de ‘ataduras’ tan positiva para el resultado final del fabricante que se convierten en el complemento imprescindible.
¿Cuánto tiempo y cuántos recursos serán necesarios para reubicar en los EEUU o en Europa una sola gran fábrica que esté actualmente en pleno funcionamiento en China? ¿Y cuánto tiempo y cuánto dinero se necesitará para reubicar la tupida red de proveedores que ahora la sostiene y garantiza su producción exitosa?
Lo anterior es tan evidente que la ahora abrumada Administración de los EEUU no sabe cómo recoger cuerda y prioriza salvar la cara porque su apuesta arancelaria solo la va a ganar en los mercados más secundarios, pero no en los grandes.
Todos los analistas coinciden en que los países de este lado no pueden centrarse en ser economías exclusivamente financieras y de servicios y en consecuencia, nuestra reindustrialización es imperativa, pero debe ser una industrialización de nueva planta, de futuro, de la IA que comporta nuevas soluciones adecuadas a las necesidades que vienen. Y afirman: “Es por esa vía que conseguiremos ver que los buques que zarpan de Europa hacia Extremo Oriente lo hacen tan cargados como ahora los vemos llegar”.
Víctor Rubio
P.S. Si uno, aunque medio convencido de lo anterior, continúa con dudas, solo tiene que mirar a los que más saben del futuro de la economía global: los armadores.
Actualmente, la lista de órdenes de construcción de buques comerciales que están sobre las mesas de los astilleros (orientales, por supuesto) es enorme.

