Viaje a Matadi: memorias de un alumno en el río Congo (1979)
Había desembarcado del buque nombrado CIUDAD DE CÁDIZ el 10 de septiembre de 1979, mientras realizaba los 400 días de prácticas necesarios para acceder al curso de piloto de segunda clase. Mi desembarque se debió a que el buque iba destinado al desguace. Aún me quedaban unos 60 días de prácticas para completar el periodo reglamentario y no encontraba un nuevo buque para enfilar el tramo final.
El 9 de octubre, frente a la Comandancia de Marina de Barcelona, me encontré fortuitamente con un amigo que ya estaba embarcado como tercer oficial en el buque nombrado INDICO de la Naviera Marasia. Me comentó que estaban buscando un alumno de urgencia. Nos acercamos juntos al barco y me presentó al Capitán. Este fue muy directo: me dijo que si quería embarcar, estuviera listo temprano por la tarde, ya que el buque zarpaba esa misma noche rumbo a África.
Así que fui corriendo a casa, comí con mis padres y les conté que volvía a navegar de inmediato para completar mis prácticas. Por la tarde, con la maleta en la mano, me dirigí al puerto. Una vez enrolado, zarpamos esa misma noche, a las 23:01 horas, rumbo a Safi, puerto de Marruecos. Allí cargamos barita en polvo en ‘big bags’ con destino a Douala. Se trata de un mineral pesado que se utiliza como lubricante para las perforadoras de las explotaciones petrolíferas.
Al principio, yo no sabía con certeza qué puertos escalaríamos ni qué mercancías transportábamos; lo fui descubriendo poco a poco en el diario de carga: llevábamos carga general manufacturada, herramientas agrícolas y maquinaria diversa, entre otras mercancías.

El 17 de octubre zarpamos de Safi rumbo a Las Palmas para repostar combustible. Desde allí continuamos el viaje hacia Douala, en Camerún, adonde llegamos el 2 de noviembre. Fondeamos al mediodía y esperamos al práctico hasta las 19:00 horas; después navegamos por el río Camerún y volvimos a fondear durante la noche antes de seguir la travesía. Finalmente, atracamos en el puerto de Douala a las 21:33 horas del 3 de noviembre, permaneciendo allí hasta el día 7 realizando operaciones de carga y descarga.
Durante esos días en Camerún, pude bajar a tierra en varias ocasiones. Aproveché para comprar fruta en los mercados locales y adquirir distintas figuras de madera, marfil y malaquita que todavía conservo en casa como tesoros. Por las noches, algunos tripulantes íbamos a establecimientos del puerto a tomar unas cervezas y conversar con los hombres y mujeres del lugar, intercambiando anécdotas de nuestros respectivos países. Fue una experiencia humana verdaderamente interesante.
El 8 de noviembre zarpamos rumbo a Matadi, en Zaire, lo que implicaba adentrarnos unos 150 kilómetros —aproximadamente 80 millas— río Congo arriba. Después de navegar durante cinco días, crucé el ecuador por primera vez en mi vida. Durante la travesía, un compañero me invitó con tono misterioso a salir a cubierta y a subir al puente por las escaleras exteriores. Allí me esperaba una emboscada marinera: recibí el tradicional bautizo del cruce de la línea ecuatorial. Varios compañeros me aguardaban entre risas y me arrojaron encima unos cuantos cubos de agua marina, tal y como manda la vieja tradición de la marina mercante para los novatos.
Arribamos a la desembocadura del río Congo a las 16:00 horas del 11 de noviembre y fondeamos a las 20:00 horas en el estuario, junto a la Estación de Prácticos de Banana. La desembocadura era tan inmensa que se confundía por completo con el mar abierto; una estampa sinceramente impresionante. Al día siguiente, tras levar anclas, volvimos a navegar con el práctico a bordo a las 12:10 horas.
En el río solo se podía navegar con luz diurna. Cubrimos el tramo desde Malela hasta Boma, donde tuvimos que fondear a las 19:25 horas ‘a barbas de gato’ con las dos anclas de proa debido a las fortísimas corrientes, sumando un ancla de popa para evitar que el buque cruzara el canal por el empuje del río. El práctico desembarcó en Boma y tuvimos que esperar hasta el día siguiente. A las 05:50 horas embarcó el nuevo práctico; el amanecer de ese día fue algo increíble, con una luz tropical bellísima y limpia que nunca antes había visto en mi vida.
Continuamos el viaje por el tramo superior desde Boma hasta Matadi, que es, con diferencia, el más peligroso. Justo antes de llegar al destino, el mayor desafío lo constituye el llamado ‘Caldero del Infierno’ (Chaudron de l’Enfer). Hay que negociar una curva muy cerrada con corrientes fluviales brutales. En este punto exacto, el gigantesco volumen de agua del río Congo choca con violencia contra las paredes rocosas verticales de los Montes de Bangu. Esto genera remolinos masivos, corrientes cruzadas de hasta 10 nudos y cambios de presión súbitos bajo el casco. Se necesitaba poner la vieja máquina del INDICO al máximo de sus revoluciones y mantener una velocidad de maniobra óptima para conservar el gobierno del timón sin ser empujados contra las rocas. Aún recuerdo ver con impacto visual varios barcos antiguos estrellados y abandonados para siempre en los riscos.
Tras una perfecta maniobra de precisión por parte del puente de mando, liderada por nuestro Capitán, los oficiales y el práctico, quedamos finalmente atracados en el muelle de Matadi el 12 de noviembre, utilizando el ancla de babor para realizar la maniobra de reviro y asegurar los cabos a tierra por la banda de estribor. Estuvimos cinco días intensos con las operaciones de descarga y carga. Allí estibamos, entre otras mercancías, sacos de café y cacao, que debían colocarse con mucha destreza en los entrepuentes para que no se dañaran con la humedad ni los bandazos durante la navegación de regreso.
Dando un paseo por la ciudad de Matadi, descubrí que, al haber sido una colonia belga, la arquitectura de las casas construidas por los antiguos colonizadores te hacía sentir por momentos como si estuvieras en un pequeño pueblo de la propia Bélgica, un contraste chocante en mitad de la selva africana.
Allí se nos acercó un nativo que nos ofreció unos tubos de ensayo que contenían ocho diamantes en bruto. El tubo estaba cerrado, lacrado y llevaba una cinta de papel donde se leía «Minas de Kinshasa». La santa inocencia de la juventud hizo que se los comprara… ¡y todavía los tengo guardados en casa! Alentados por la compra, el tercer oficial y yo, en un ataque de audacia, le pedimos formalmente autorización al Capitán para alquilar un todoterreno de la época e ir directamente a las zonas mineras del interior para comprar más diamantes. El trayecto implicaba un día entero de viaje por la selva para ir y otro para volver. El Capitán, con una sonrisa irónica, nos dijo: «Sí, estáis autorizados, pero que sepáis que el barco zarpará en cuanto terminen las operaciones de carga, estéis a bordo o no». Al final, lógicamente, nos quedamos con las ganas de aquella aventura de locos.
Finalmente, el día 17 de noviembre zarpamos rumbo a Pointe-Noire, en el Congo. Esta vez navegamos por el río con las corrientes a popa, repitiendo la misma maniobra de fondeo nocturno en Boma. Al día siguiente, continuamos el viaje con el práctico a bordo hasta dejar atrás el estuario, salir a mar abierto y arribar a Pointe-Noire, completando una de las experiencias de navegación más formidables, alegres y aventureras de mi juventud.
Carlos Salleras
Marino Mercante

