Al encuentro del guerrero del Arco Iris
Era muy a principios del año 92 (1892 según algunos), cuando aterricé en Schiphol y un miembro de la flota de Greenpeace, me llevó al STELLA MARIS de Ámsterdam para alojarme. Habitación individual, con un enorme ventanal que daba a un céntrico canal, nevaba suavemente y, por unos momentos, me sentí como el personaje del libro de Joyce, ‘Dublineses’, en su pasaje ‘The Dead’ (Gabriel Conroy), que también viendo nevar delante de una ventana de un hotel, recapacitaba sobre el amor, la muerte y sobre su inminente partida hacia el oeste. Me dormí feliz.
Los dos días siguientes fueron de visitas al ‘headquarter’ de Greenpeace para informarme de las próximas campañas, instrucciones de última hora, visados, pasajes…
Despegué de Ámsterdam hacia Los Ángeles en un Jumbo 747 de KLM. Dos apuntes sobre este viaje: uno, el quebranto que se tuvo que hacer al avión en tierra para poder cerrar y sellar una puerta que mecánicamente se negaba; el pasaje (muy escaso) tuvo que dividirse entre la proa y la popa en el despegue y en la maniobra de aterrizaje, pero, durante el vuelo con la presión estabilizada, nos podíamos mover. La segunda fue que gracias a la maravillosa ortodrómica de la ruta pudimos ver Groenlandia.
Llegada a L.A. sin incidentes en el tránsito para San Francisco y taxi hasta un viejo muelle de Oakland y allí estaba el RAINBOW WARRIOR (el segundo; el primero fue hundido en Auckland en 1985 por la DGS francesa, muriendo el fotógrafo portugués F. Pereira). Al cabo de dos días, salimos para L.A. La salida la hizo el capitán alemán que iba a sustituir, hicimos el cambio de mando navegando, así que entré en L.A. como capitán.
Debido a la postura de Greenpeace ante la primera guerra del Golfo, totalmente en contra de acciones bélicas, de los 5 millones de afiliados que tenía en el mundo, de los cuales 3 millones eran de EEUU, se borraron o se dieron de baja cerca de 2 millones, mayoritariamente norteamericano. Recaudar fondos pasaba a ser necesario y nada mejor que Hollywood. Así se montaron por parte del voluntariado de L.A. unas carpas inmensas representando el cambio climático que, en ciertos partes del mundo, ya era palpable.
Por nuestra parte náutica, hacíamos navegaciones de un par de horas para una élite que pagaba 10.000 dólares por estar dos horas a bordo, eso sí, con ¿¿¿champán ecológico??? y ¿¿¿pizza ecológica??? Pasaron U2, Martin Sheen, padre e hijo… Kim Basinger (pasé varios días sin afeitarme).
Al final de los tres días de fiesta y exposiciones, tuve que improvisar un discurso y, delante de unas 3.000 personas, presenté mis ‘apologize’ a todos porque en cualquier puerto del mundo, cuando preguntas por el capitán de este barco siempre esperan ver a un tipo alto, fuerte, con barba y rubio como la cerveza. Siento causar decepción.
A última hora de la noche, partimos hacia San Diego dejando la basura perfectamente clasificada, separada y ordenada, tal como convenimos con la oficina de Greenpeace L.A. Solo que aquella noche, los voluntarios no lo hicieron, sino que fue a la mañana siguiente. La consecuencia fue una multa al barco por parte de la Autoridad Portuaria.
Llegamos a San Diego, donde coincidimos con el equipo español de la Copa América. Dado que una prioridad era que no pararan, detuviesen o arrestasen el barco (ya había habido precedentes), hicimos la primera campaña, que era sobre los ‘drifnets’ (grandes redes de enmalle a la deriva) y dejamos que el barco acogiese a grupos medioambientalistas para presionar a la clase política que parara este tipo de pesca tan dañina.
Para que la multa de la Autoridad Portuaria de L.A. no nos perjudicase, me pusieron un abogado que trabajaba para la ONG desde Washington. Se llamaba Edgar A. Poe (A. de Albert no de Alan), que consiguió que no nos parasen el barco.
Después de sucesivas reuniones en el barco y en la ciudad, partimos para Ensenada (México), donde la flota pesquera de la zona de San Diego tenía los barcos, las redes y también las tripulaciones para beneficiarse de la menor exigencia legal mexicana.
Solo llegar a la gran bahía de Ensenada y coger práctico, nos dirigimos a atracar al muelle. Con sorpresa vimos que nos esperaba la policía, con coches, furgonetas, motos… Le comenté al práctico si había problemas con nosotros y me contestó: «Nooo, capitán, es para protegerlos». El caso es que, a las tres horas de estar atracados, pasó una lancha rápida a unos 50 metros del costado disparando al aire.
Dado el cariz de los acontecimientos, acordé con la tripulación hacer ver que nos íbamos una vez se hubiera hecho oscuro, yéndonos a fondear en un extremo de la bahía, con fondo seguro. Todo el barco apagado para no delatar nuestra presencia, pero con los dos radares encendidos y doble guardia. La única cosa de relevancia de aquella noche fue la compañía de una ballena que parecía como si descansase cerca del barco y que, en cada resoplido, nos ponía en guardia.
A la mañana siguiente, volvimos a atracar, nos reunimos con grupos locales afines y al siguiente día, sin novedad, partimos hacia San Diego de nuevo con la intención de completar tripulación, víveres, combustible, etc. La primera noticia fue que no tendríamos atraque ni ahora ni en un futuro inmediato; solo nos dejaron fondear en un ancho del canal de entrada, cerca de un paseo hecho de piedra. Casi descansar y con tripulación mínima, pedí ayuda a la oficina de Greenpeace para las guardias de fondeo y me presentaron al ‘marino perfecto’, unos 60 años, tabardo azul, gorra de marino griego, pipa y barba.
Habíamos fondeado sin viento ni corriente o marea importante con un montón de grilletes en el agua (sobrados), guardia en el puente, marcaciones claras en el radar y visuales a tierra y, sobre todo, dejé muy claro que se me avisase por cualquier cosa. No contento del todo, el primer oficial de máquinas (máquina desatendida) dejó la máquina encendida por si fuera necesario moverse rápido y al marinero de turno que el ancla de estribor estuviese a la pendura por si acaso y que vigilase al ‘marino perfecto’ que estaba de guardia en el puente y que no se durmiese.
A las 6 de la mañana me desperté, angustiado, con sudor y en calzoncillos subí al puente con desespero, sin saber exactamente por qué. No había nadie en el puente y era fácil observar que el barco estaba garreando. Mientras despertaba al maquinista y este bajaba a la máquina, el marinero de guardia empezó poco a poco a virar el ancla para poder alejarnos del paseo y las piedras. Al final, todo salió bien. No perdimos el barco, aún nos sobraron 10 metros para tocar el muelle, pero sí que perdimos al ‘marino perfecto’. Averiguamos después que alguien lo fue a buscar con un bote yéndose con este, dejando un reguero de botellas de cerveza.
Durante dos días, los tripulantes hicieron todo lo que faltaba y se incorporaron a nuestra tripulación un primer oficial sueco, un segundo neozelandés, jefe de máquinas holandés, cocinera irlandesa, ‘deck hand’ americano, contramaestre francés de origen antillano y un polinesio también como ‘deck hand’… para que pudiéramos partir de una vez para la Polinesia Francesa y realizar nuestra campaña contra las pruebas nucleares que se llevaban a cabo en los atolones de Mururoa y Fangataufa.
Tan eufórico estaba, que me cogió la vena graciosilla y, en el canal de salida, jugando con que el color de las luces y de las boyas de navegación son al contrario que en el de nuestro entorno y, al tener de guardia a una marinera norteamericana, muy joven ella, que sirvió de víctima propicia a mis gracias (lo siento), le dije que era daltónico y que me fuese cantando el color de la luz de cada boya. Cada vez que me decía el color, yo le respondía que no podía ser, que estábamos saliendo, no entrando, cuando ya me había pasado un poco. Dije: «¡Claro, estamos en los EEUU y las luces son al contrario!». Con lo cual, evité un ataque de pánico a la pobre.
Por fin llegamos a mar abierto, destino la Polinesia Francesa. Las velas las izaríamos por la mañana con toda la tripulación fresca y yo no me aguanté la última tontería de decirle a la marinera que si sabía dónde quedaba Mururoa, a la izquierda o hacia la derecha. La respuesta fue demoledora y tuve que tragar mi propia medicina: “¿A parte de daltónico también es ‘stupid?”
Joan Guitart
Marino Mercante

