Érase una vez una tarde soleada del mes de abril, una tarde de inicios de primavera, cálida y soplaba una ligera brisa que hacía presagiar la llegada del buen tiempo, el final del invierno…
Oriol, mi hijo menor, en aquel momento de 12 años, estaba haciendo un curso de vela con su escuela por las mañanas, pero quería que saliéramos con más viento y experimentar la navegación en nuestro pequeño velero, un 420 que compré tras comprobar que era un tipo de embarcación muy marinera y que aguanta vientos fuertes. Conocía el mar de Barcelona porque hacía años que practicaba windsurf, el 420 nos servía para navegar con familia y amigos.
Por motivos de seguridad, los bautismos de mar se hacen en horas en las que el viento predominante en Barcelona, el garbí, todavía no se ha despertado. El curso consistía en tres días de navegación de 10 a 12 de la mañana, con los raqueros de la escuela del Real Club Marítimo de Barcelona. Oriol me dijo que había sido aburrido, apenas se movían, eran cinco tripulantes para llevar el timón y hacer las maniobras. En el momento en el que el viento comenzaba a soplar y la salida se ponía un poco emocionante, finalizaba la clase.
Aquella tarde era tan apacible y la temperatura tan alta que decidí ponerme el neopreno corto, Oriol iba mejor equipado; traje largo, botas, guantes y chaleco salvavidas. Estábamos navegando bien, con viento de garbí, suave, todo bajo control, habíamos ganado suficiente barlovento y viramos a no más de una milla de la costa para no alejarnos demasiado.
En cuestión de segundos, cambió todo, primero hubo un momento de pausa, me extrañó, miré hacia el norte buscando alguna razón y pude ver que en tierra se levantaba la arena, se aproximaba a gran velocidad una racha que nos alcanzó y sentimos como un golpe, como si aquella ráfaga de viento chocara contra nosotros. En un abrir y cerrar de ojos, estábamos volcados, no recuerdo que el 420 escorara antes de volcar, aquella primera racha de viento nos zarandeó, nos volteó como en 20 años de navegación en Barcelona jamás me había sucedido.
Emergimos los dos, los chalecos salvavidas nos ayudaron a subir a la superficie rápidamente, nos miramos, la expresión de Oriol con los ojos muy abiertos fue:
¿Qué hacemos?
Nos encontramos con el barco volcado, con otra mar, otra luz, otro lugar. De repente, estábamos entre olas enormes que el viento rizaba haciendo levantar la espuma, noté inmediatamente el frío, no iba abrigado lo suficiente como para aguantar allí hasta que vinieran a rescatarnos, teníamos que intentar desvolcar. Además, se trataba de mi hijo, no podía permitir que se asustara, menos que me viera a mí asustado; si lo pasaba mal, posiblemente, no volvería a querer navegar.
No hubo lamentos, nos pusimos en marcha, conocía la maniobra para adrizar, pero siempre la había practicado con adultos, no con un niño que pesa menos de 50 kilos. Orienté el barco proa a viento, le dije a Oriol que lo mantuviera en esa posición, liberé de las mordazas las escotas de la mayor y del foque, traté de subir al casco del barco poniendo los pies en la regala y las manos en la orza, comencé a balancear el casco hasta que se vino sobre mí, lo hizo con tanta fuerza que me golpeó en la cara y volvió a volcar, afortunadamente solo me rozó, bajándome las gafas de sol, me sumergí para evitar que me golpeara más o quedar debajo y volví a subir a superficie; esta vez, la mirada de Oriol, era de mayor preocupación, no sabía si me habría hecho daño, si estaría consciente y estaba asustado.
Supe, tras ese primer intento fallido, que podía desvolcar con mi peso, eso me tranquilizó, así que volví a intentarlo, esta vez lo conseguí, el barco estaba entero, a flote, Oriol lo sostenía con el cabo de proa, ahora tenía que tratar de subir a bordo. Desde el agua y con aquella mar tan grande, era imposible subir por un costado, fui a popa y traté de entrar, Oriol mantenía el barco aproado para que las velas flamearan, a pesar del fuerte viento y aquellas olas, no sentí que me impresionara, los años de pequeñas batallas con una tabla de windsurf en condiciones de vientos fuertes, me habían acostumbrado a situaciones similares, un esfuerzo más y estaría dentro del barco. Noté que con tanto movimiento a bordo, perdía el equilibrio cayendo hacia delante, me raspé las rodillas al entrar, me hice algún corte que sangraba, pero ya estaba dentro, ahora tenía que subir a Oriol y los dos estaríamos a salvo, al menos del frío.
Una vez dentro, tratamos de orientar las velas para acercarnos a tierra, ya habíamos superado lo más difícil, ahora nos verían mejor para poder venir a rescatarnos. De todas formas, traté de acercar el barco a la bocana, navegábamos con mucha dificultad, las rachas eran muy fuertes, en cuanto cazaba un poco las velas, planeábamos y el poco peso de Oriol no era suficiente para contrarrestar la fuerza de aquel viento, se hacía muy difícil mantener el rumbo y no escorar hasta volcar de nuevo. A pesar de lo complicado de la situación, el espectáculo era brutal, el sonido de las velas y las drizas, la mar revuelta y rizada…
Cuando ya estaba pensando en cómo entrar a puerto salvando el espigón del Bogatell y el dique del Puerto Olímpico, el peligro de verdad no está tanto en mar abierto como en tierra, si vuelcas cerca de las rocas, entonces sí que tienes un problema… En ese momento, vi que se acercaba una lancha que, remolcándonos, nos ayudó a entrar, los marineros del Centro Municipal de Vela nos dijeron que fuimos los últimos en ser rescatados, habían tenido que auxiliar a otros navegantes que habían volcado más cerca de las rocas y lo habían pasado realmente mal.
Estábamos a salvo, ahora que lo pienso, no hubo apenas diálogo entre nosotros en todo aquel episodio, Oriol vio que sabía lo que tenía que hacer y aquello fue suficiente.
Al llegar a casa, no le explicó toda la aventura a su madre, con esa brevedad que caracteriza a los preadolescentes, lo resumió en:
-¡Ostras, el papa!
Me quedé con varias heridas en las rodillas que todavía son visibles, el cansancio tras la pelea, aquello fue una ‘batalla naval’ en toda regla, que conseguimos que acabara bien a base de un poco de astucia, mucha determinación y más fortuna, la tranquilidad del que sale entero de un gran apuro y la idea de «cómo nos crecemos; si vemos en peligro a nuestro propio hijo».
Tratando de comprender el cambio radical del tiempo aquella tarde, pregunté qué le había pasado al meteorólogo de TV3 que tenemos en el grupo de WhatsApp de devotos del mar -Desayunos itinerantes-. Me explicó, para entenderlo fácilmente, que se produjo un pequeño tornado, concretamente, un ‘front de ràfaga’, en inglés ‘gust front’. Cuando en la parte delantera de una tormenta hay un desplome de aire frío, este aire al llegar al suelo choca con violencia provocando en tierra que se levante la arena y, en el mar, fuertes ráfagas de viento y la espuma de las olas.
Las temperaturas bajaron 10 grados y la intensidad del viento pasó de 7 a 18 nudos en cuestión de segundos. Después vi en televisión que habían desalojado la playa…

Afortunadamente, Oriol iba mejor equipado que yo y la suerte aquel día estuvo de nuestro lado, no perdimos ninguna pieza necesaria para la navegación, ni rompimos nada, podíamos contar una batallita a nuestros nietos y guardar para siempre el recuerdo de una pequeña gran proeza.
Colorín, colorado, no salgáis a navegar si no vais suficientemente equipados, sin consultar la previsión de la mar y su estado.
Óscar Viñas

