Francesco Schettino acabará peor de lo que podíamos imaginar. Nos asquearon sus excusas sobre el abandono de la nave en plena operación de rescate, esa increíble caída en un bote que, dichosa providencia, lo llevó a tierra vivito y coleando. Nos asqueó su falta de coraje ante la mala educación del militar de Livorno que le conminó a volver al buque, aunque lo atribuimos piadosamente a su estado catatónico por el siniestro sufrido. Nos asqueó su proceder ante la justicia negando los hechos evidentes.
Su acusación contra el timonel supera de largo el asqueo anterior. Sin duda está mal asesorado por el abogado que ha escogido, un mamporrero de la jurisdicción que no duda en pisotear la verdad y hundir la dignidad del capitán Schettino. Y sin duda, el tal Francesco Schettino ha decidido arrastrar su mezquindad por el barro sucio del miedo. ¡Yo no he sido!, grita ante el tribunal, ¡ha sido el timonel! Pobre individuo. Ignora que él es el único responsable de las acciones de su subordinado y que atacar al marinero para que pague por tus errores es peor que un crimen. Es un error. Y una indignidad.
Podía haber disparado contra la naviera. Hay razones. O contra la administración marítima italiana. Más razones. O contra una legislación que permite buques de pasaje con tantas personas a bordo que se tornan inmanejables en caso de emergencia. Pero ha tenido el miedo de los cobardes ante las sombras alargadas del poder. Mejor disparar hacia abajo, menos riesgo. Pero esta vez ha fallado y acabará por gangrenarse el pié donde ha ido a dar el disparo.

