En la logística del transporte marítimo interviene la instalación portuaria, el buque que transporta la mercancía y la parte de transporte terrestre que lleva la carga al destino final.
El transporte marítimo, que permite mover grandes volúmenes de mercancía con menores costes y menos emisiones contaminantes de CO2 en comparación con otros medios de transporte, constituye el eslabón más importante de la cadena de distribución, hoy por hoy insustituible. Además, el buque constituye una fuente de riqueza; un maná que durará más de veinte años y del cual se nutrirán instituciones, colectivos profesionales y distintos sectores productivos.
Las antiguas civilizaciones e imperios ya percibieron 3.000 años a. C. la importancia del comercio por vía marítima y desarrollaron un floreciente tráfico marítimo por las riberas del mar Mediterráneo, llegando a tal auge de prosperidad y riqueza que Roma se vio obligada a su regulación normativa. Desde aquellos tiempos hasta nuestros días la evolución ha sido gigantesca tanto desde el punto de vista técnico como jurídico y operativo. En los últimos años, la complejidad del negocio marítimo ha aumentado de forma exponencial debido a la globalización económica (y en cierta medida también social), donde las inestabilidades políticas hacen oscilar las actividades empresariales con movimientos pendulares no armónicos.
Es evidente que el ejercicio del negocio marítimo, ya complejo de por si, resultará aún más complicado para algunos de los actores que participan directa o indirectamente, no por causa del buque ni de quién lo explota. Al contrario, el barco es el bien a proteger. Empieza a generar riqueza y puestos de trabajo, a través de las oficinas de aprobación de planos, incluso antes de cortar la primera chapa para su estructura; luego viene la construcción y el armamento en astillero, que durante unos años dará una notable carga de trabajo con la participación de numerosas empresas auxilares; y posteriormente, la explotación del buque durante décadas y el desgüace al final de su vida seguirán aportando beneficios y trabajo.

Durante su vida activa, el buque utilizará las instalaciones portuarias, ese conjunto de medios físicos (muelles, grúas, explanadas de almacenamiento de todo tipo de mercancías etc.), gestionados por un equipo directivo y una estructura administrativa cuyos costes serán imputados a la escala del buque vía tasas portuarias. Es decir, el buque sostiene todo el entramado portuario, que no podría mantenerse si no hubiera barcos mercantes, de carga o pasaje.
También hay que hacer mención a determinados actores que son piezas fundamentales para llevar a cabo las operaciones portuarias: consignatarios, estibadores, operadores portuarios, etc. cuyos costes de gestión también se imputan a la cuenta de escala del buque, pues bien, sino hubiera barcos tampoco existirían estas empresas.
Por último e importantísimo hay que mencionar a quienes hacen posible que el buque navegue: los marinos.
Una vez más hay que decir que los países que tienen una flota mercante potente son los llamados a ser líderes mundiales en la actual economía globalizada. Por desgracia, en España y desde hace muchos años, los Gobiernos se han desviado del objetivo principal, que es la marina mercante, fijándose más en las ramas que en el bosque, tal vez por ignorancia de que es la marina mercante el verdadero polo de generación de riqueza, o porque les era más asequible a su entendimiento la gestión del espacio público donde se asientan los puertos.
Mientras los ministros no quieran ver que los puertos son entidades recaudatorias creadas con dinero público, y que la marina mercante es un sector estratégico fundamental para el crecimiento económico del país, seguiremos dando palos de ciego y desperdiciando la situación geográfica que tiene España así como su experiencia marítima. Ya no vale que el ministro/a de turno, cuando le explican cómo mejorar la marina mercante, diga “lo estudiaré”, mire para otro lado y lo deje en manos de niveles políticos inferiores cuyos conocimientos del mundo marítimo oscilan entre el cero y la nada.
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