El VIKING SKY, 228 metros de eslora y 34 de manga, construido en 2017, bandera noruega, tenía a bordo 1373 personas. Ante el riesgo de que el buque derivara hacia los bajos cercanos a la costa, teniendo en cuenta la enorme superficie expuesta al viento y la imposibilidad de utilizar los botes y balsas salvavidas, los servicios de salvamento decidieron iniciar una operación de rescate de los pasajeros mediante helicópteros. Una operación lenta, costosa y arriesgada que, sin embargo, resultó exitosa. Por esta vía, en una noche de perros, evacuaron a 479 personas, un éxito que evidencia el alto nivel profesional de las dotaciones de los helicópteros.
Tras arduos esfuerzos y el refuerzo de personal técnico de tierra, el personal de máquinas del buque consiguió poner en marcha tres de los cuatro motores. A una marcha de poco más de ocho nudos, escoltados por tres remolcadores, el buque espera llegar esta tarde al puerto de Molde.
De acuerdo con las noticias procedentes de la naviera, hay veinte heridos leves a consecuencia de los bandazos del buque durante las horas que permaneció sin gobierno. Por tanto, desde el punto de vista de la gravedad estricta del accidente, estamos ante un siniestro leve. Sin embargo, el eco mediático de un episodio marítimo que afecta a centenares de personas embarcadas en un viaje de placer, lo convierte en un accidente relevante, que a buen seguro suscitará en los próximos días no pocas cuestiones y conjeturas sobre la seguridad de la industria de los cruceros. Mucho tendrá que trabajar la Cruising Lines International Association (CLIA), la patronal de loa armadores de buques de cruceros, para mitigar el golpe que el accidente del VIKING SKY tendrá en la opinión pública.
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