Un día de viento aciago, con olas que llegaban a la costa norte de Menorca con ocho metros de altura, embarrancó cerca de Fornells el viejo carguero BENIL, bandera panameña, 4.820 toneladas de peso muerto, 99 metros de eslora, construido en 1958. El buque, en lastre hacia Barcelona desde el pequeño puerto de Termini Imerese (gestionado por la Autoridad Portuaria de la vecina Palermo), había fondeado al socaire de Cabo Cavalleria, en la costa norte de Menorca, para burlar el temporal que les venía azotando sin piedad desde que salieron de Sicilia.
Pero el viento rompió la cadena del ancla y arrojó el buque contra las piedras. Allí fueron rescatados sus tripulantes, de nacionalidad turca, que más tarde se vieron abandonados por el armador y tardaron más de un mes en ser repatriados.
El naufragio del BENIL se vio envuelto desde que embarrancó el 19 de diciembre de 1981 en una espesa nube de rumores, dimes y diretes.
La isla de Menorca no contempla cada día el espectáculo de un mercante clavado en su costa, con un misterioso armador turco al que meses más tarde se le relacionó con Alí Agca, el búlgaro que intentó matar a Juan Pablo II en febrero de 1982, de modo que a sus habitantes no les costó gran esfuerzo construir sobre el buque un rosario de historias que combinaban enredos mercantiles, tráficos prohibidos, servicios secretos y pasiones de diversa índole.
El pintor oyó las historias, leyó rumores y fantasías y contempló las fotos que publicaban los diarios locales. Siempre le había atraído la oscuridad del mar y la fuerza atrapada en las instalaciones portuarias. Menorca era (sigue siendo), su refugio creativo, la desconexión del ajetreo de Barcelona, donde nació en 1940, al inicio de la década de plomo, y donde sigue viviendo y pintando.
Una mañana cogió el coche y se presentó en el pequeño y hermoso pueblo de Fornells para contemplar en vivo la mole de hierros herrumbrosos, acostados sobre estribor, antes de que lo reflotaran o lo desguazaran. El BENIL seguía allí donde lo depositó la mar y el viento, y allí pintó Miquel Vilá, con trazo severo y colores de bruma, el óleo que posteriormente se tituló “Naufragi”.
LA PINTURA Y LA VIDA
Miquel Vilá tiene una mirada chispeante, reluciente, unos ojos que ríen, se enfadan y se ofrecen con la pasión de quienes arden por dentro para crear un cuadro, una visión y una realidad que trasciende la realidad que vemos los mortales. Miquel Vilá ve el mundo a través de los pinceles, o por mejor decir, transmite su mundo por medio de sus lienzos. Pintor de vocación poderosa y tenaz, vive para la pintura desde hace más de cuarenta años, creando obras de colores difíciles, sin concesiones, obras que reflejan ora el mundo industrial y sus ruinas, ora la mirada bucólica de una muchacha que contempla desde la ventana una vela desplegada.
“Yo pinto sólo aquello que me atrae, aquello que soy capaz de recoger y transmitir. Me impresionan las ruinas industriales, las instalaciones portuarias, el crepúsculo y los barcos en lo que tienen de aventura y de soledad. Por eso mis obras pueden ser tan distintas”, me contó un día de mucho calor. Pinturas que salen de dentro, del corazón o del estómago, cuyo valor percibimos los espectadores cuando reparamos en la tentación de mirar la obra una y otra vez, como si quisiéramos agarrar sus misterios, o sus entrañas, o al menos verlas una vez y otra vez (más).

