Estoy preocupado. Lo estamos y somos muchos. Parece que en Barcelona cada vez que mencionas una calle dedicada a un hombre de mar te la quitan. Ya hasta tengo miedo cuando me pregunta el taxista a dónde vamos. No se me ocurre decirle que me lleve a Berenguer Mallol, calle dedicada a un almirante de la Corona de Aragón, o peor aún, Miquel de Boera, capitán general de las galeras de España. Digo que me deje en Pepe Rubianes y camino un poquito, que también es sano.
Le propongo que demos primero un pequeño repaso a la historia de los nombres de nuestras calles, disciplina y arte (en este caso, dramático) que recibe el nombre de odonimia. Después me permitiré hacer una pequeña propuesta que creo que puede ayudarnos a centrar el tema.
Los nombres de las calles de la Barcelona medieval podían hacer referencia al camino adonde te llevaban, a oficios o gremios, a edificios relevantes que estuvieran en ellas, como conventos o monasterios, o al apellido de la familia poseedora de los terrenos. Puro sentido común. No es tema que interese a este artículo; hasta 1753, cuando comienza la construcción de la Barceloneta barrio eminentemente pescador, donde los nombres de muchas calles se reservarán a la mar. Con el tiempo se han añadido homenajes, y tenemos, por ejemplo, la plaza de Antoni Genescá, uno de los primeros oficiales de máquinas de la marina mercante, del último tercio del siglo XIX. Creo que al ser uno de los maquis se han confundido y por eso aún no se la han quitado.

Avancemos un poco más, hasta 1854. La Ciudad Condal se libra del corsé de las antiguas murallas. En el Eixample va a faltar nombre para tanta nueva calle. Se encarga a Víctor Balaguer que se ocupe del tema. Este, imbuido por el espíritu de la Renaixença, dedicará calles a los almirantes catalanes Roger de Llúria, Conrad Llança y Bernat Vilamarí, entre otros, aunque, quizás por ser políticamente correcto, no olvidará bautizar otras en homenaje a la Marina o Trafalgar.
Llega el Sexenio Democrático y, dejando aparte que diversas calles dedicadas a su Majestad —la reina Isabel II— pasan a llamase Mariana Pineda, plaza de la Revolución, Riego y Prim, vemos cómo los nuevos tiempos benefician a un hombre de la mar: la calle Princesa de San Martín de Provensals pasa a homenajear al almirante Topete. La república considerará que hay que avanzar en el tema y promulga que en virtud de no estar debidamente rotuladas las calles y al objeto de que no tengan sus nombres el color religioso que hoy tienen, se cambien los nombres de los santos por otros más adecuados y que simbolizan la época presente. Como el régimen durará únicamente once meses no hay tiempo de cambiar las placas, lo que al final resultará en un ahorro de pasta con la restauración.
Van pasando los años sin pena ni gloria para la odonimia marinera. En 1905 se renombra la plaza Josepets como Lesseps, pero no por su trabajo en las comunicaciones navales, sino por haber sido cónsul de Francia en Barcelona. Entre 1905 y 1912 se amplía el puerto; esta hubiera sido una buena ocasión para recordar a los que de ahí zarparon, pero se prefirieron nombres sin duda mucho más prácticos como Inflamables, Madera, Reloj o Contradique.

En 1914 se establece la Mancomunitat de Catalunya, que, patriota pero ahorrativa, decide rotular las nuevas las calles en catalán, aunque dejando las antiguas placas en paz. Como el lector estará imaginando, esto se prolonga hasta la dictablanda de Primo de Rivera, que, perdiendo el buen sentido económico, ordena cambiar todas las placas de nuevo al castellano. Eso sí, algún marino recibe su calle, aunque muchos fueran militares, como los almirantes Aixada y Próxida. Con la Segunda República se ordena volver a renombrar las calles de nuevo al catalán. Parece haber una tendencia, y, al igual que otros gobiernos digamos progresistas, deciden hacerlo con la calma. El alcalde Pich y Pon llegará a disponer que se pongan placas alternas en ambos idiomas. Durante la Guerra Civil el tema es a la vez muy simple y muy complejo. Aquel que talla el bacallà en el barrio pinta con alquitrán el nuevo nombre en la pared. Ser cartero tenía que ser peor que estar en el frente comiendo plomo faccioso.
Llega la Oprobiosa, y volvemos al castellano; quiero decir, español. Se revierten todos los cambios desde el inicio de la República, y se decreta que los cambios de nombres de las calles y plazas de esta ciudad y de los grupos escolares, con el fin de honrar a los héroes y mártires de la Patria y borrar el recuerdo del paso de la horda por Barcelona, que la mancilló con nombres de indeseables y de extranjeros, restableciendo, además, los nombres tradicionales de la ciudad. Alguno de los cambios no acaba de ser todo lo riguroso históricamente que debería, y así el carrer dels Ases (de los asnos) queda como la ‘calle de los Ases’. En 1947 se abre un poco la mano, y, por ejemplo, el almirante mallorquín Barceló se gana la suya. Habrá que esperar a la democracia, en 1994, para que un grupo de calles de la Zona Franca reciba nombre de mares. En 1982 el Consulat del Mar obtiene un reconocimiento largamente merecido.

En 1993 se une un almirante al callejero, aunque fuera honorario: Juan de Borbón. En 2017 otro almirante, Cervera, cede la placa a Pepe Rubianes. El 2021 cae la plaza del naviero Antonio López; en 2023, Churruca.
El tema, además de cansino, resulta un infierno para carteros, pizzeros y repartidores de Amazon. Me viene a la cabeza una ocurrencia que, así de memoria, creo que en su día propuso Álvaro de la Iglesia en un medio tan prestigioso como La Codorniz.
Se trata de una propuesta sintáctica que establecería los sustantivos como invariables y modificaría en su lugar los adjetivos. Con un ejemplo lo veremos mejor. Pongamos la barcelonesa plaza del Tripi. Se ha decidido dedicarla a la memoria de George Orwell. Nihil obstat. 1984 resulta ahora tan actual como cuando fue escrita, hace mas de setenta años. El opúsculo ‘Neolengua’ podría bien pasar por el manual de estilo de un periódico generalista actual. Propondría entonces llamarla plaza del ilustre Orwell, o quizás del comprometido Orwell. Imaginemos ahora que cambia la tortilla, y el tufillo revolucionario de sus obras no resulta políticamente correcto. Ningún problema, llamaremos a la plaza del Tripi plaza del exaltado Orwell, o incluso del infame Orwell. En fin, como dijo Bogart, siempre nos quedará París. La calle.
En el magnífico ‘Psicología Punk’, Víctor Amat nos habla de lo vacío que puede llegar a ser pedir perdón sin dar nada. Retiramos la plaza a Antonio López, creador de la Compañía Trasatlántica, olvidando, primero, todo lo bueno que pudo hacer por Barcelona; segundo, despreciando todo lo que simboliza la mar para nuestra ciudad, y, tercero, desaprovechando la ocasión para reflexionar de dónde vino el dinero que pagó, por ejemplo, la construcción del Eixample y, consecuentemente, también las innumerables placas de calles que nos está costando tanta tontuna. Más le valdría a nuestra sociedad dejar de subvencionar a marmolistas y emplear la historia como lo que es: una valiosa herramienta para aprender y no repetir los mismos errores.

