Pero qué labia que tiene Adolfo. Y como sabe donde tiene que darte: que si la patria te necesita, que si ahora es el momento, que si es un trabajo cutre, sucio y duro, de los que a ti te gustan…. Yo ya estaba jubilado. Tendría que haber estado jugando con mis nietos.
Por otro lado, no era un momento fácil. Bueno, no vamos a comernos las palabras: fueron unos años del copón de bastos. Y a mi me ardía la sangre al verme en el dique seco. Vale, ya no tenía veinte años, pero tampoco estaba para el desguace.
Y Adolfo tenía razón. Me gustan los marrones. Si no, no hay quien se explique mi vida. Pero no divaguemos.
La idea era recibir los palos. A Adolfo lo habían botado ya hacía unos meses, y el nuevo Gobierno no había cuajado. Total, que el PSOE, con aquello del cambio, acababa de ganar las elecciones.
No les voy a contar el ruido de sables que corría por las salas de banderas. Se hablaba mucho y muy alto, de muchas cosas que no cabían en las nuevas leyes. Que serian nuevas, claro, y a mi algunas me gustaban y otras no. Pero son las leyes, y hemos de cumplirlas. Dura lex, sed lex, o algo así.
Total, que hacía falta un pollo que hiciera quedar bien a los de arriba, y callar a los de abajo. Que convenciera a almirantes, jefes y oficiales que los tiempos habían cambiado. ¿Sabe usted como es el símbolo de general en e ejército de tierra? Palo sobre espada. Pues eso. A hacer el papel de poli malo. A quedar como un traidor ante tus compañeros, un don Tancredo ante la prensa y un gilipollas ante la historia. A destruir todo un nombre, toda una carrera a la que había dedicado toda mi vida.
Pero me lo pidió Adolfo, que será como sea. Pero es un amigo. Y tenía razón. Me gustan los marrones. Y era un trabajo que alguno tenía que hacer.
Así que me vi de Ministro de Defensa.
* * *
Seis días y ya estaba en marcha. No me gusta andarme con rodeos. Reuní a mis antiguos colegas y les leí la cartilla. El que se mueva no sale en la foto y tal, a mi tampoco me gusta tener que patearos el culo, pero estas son las órdenes. Tuve de todo, como en botica: algunos comprendieron, otros no, y los más tragaron a regañadientes. Tuve que destruir la carrera de algunos que hubieran dado gustosos la vida a una orden mía, como yo la hubiera dado por ellos. Una vez hecho esto, y antes del traspaso de poderes al nuevo Gobierno, me cesaron por inútil e incompetente. No me mire usted así. Estaba todo pactado, ahora puedo decirlo, era parte del juego. Los malos eran castigados y dábamos aire a un nuevo gobierno, que entraba con las manos limpias. Lo que hicieran era cosa suya. Hasta hacía pocos días, yo solo había dado toda mi vida a mi profesión. Ahora, también había entregado mi nombre, mi honra.
El capitán de corbeta de Carlos de Loreto, mi hijo, estuvo sin hablarme una semana. No comprendía, y yo no podía explicarle. Mis antiguos amigos no me llamaban, y si lo hacían era para insultarme. La prensa mejor no leerla.
Decidí marchar de Madrid.
* * *
Yo siempre había vivido de alquiler –ya sabe usted lo que es la Armada, hoy aquí y mañana allá- pero cuando enviudé y Carlos se marchó a la Escuela Naval, el mantener un piso para mi solo se me hizo una montaña. Mi Chiquita murió muy pronto, y yo estaba más a gusto en la residencia de oficiales. Pero claro, tampoco vas a vivir llevando todo lo tuyo en dos maletas. Así que aprovechando unos ahorrillos me compré mi escondite secreto.
Ni a usted mismo, y mire que le estoy contando cosas, le voy a revelar donde está. Una pista: es uno de los pocos pueblos de pescadores de verdad que quedan en el Mediterráneo. Mi pisito es un estudio pequeñito, en primera línea de mar. Pero no donde buscan los turistas. Mi ventana da al puerto pesquero. Me imaginaba a mi mismo, cuando fuera un viejecillo, mirando salir a los hijos, a los nietos de mis hermanos pescadores, con un punto de envidia, desde la ventana del comedor.
Otra ventaja es que aquí me conocen todos. Me ha entendido usted bien. No he dicho “no me conoce nadie”. He dicho que todos saben quien soy. Ninguno me recriminó, ninguno dijo una palabra de ánimo que hubiera sido vacía. Si “Víctor el de la Marina” había hecho algo habría tenido sus motivos, así que estaría bien hecho.
De todas formas, ni aquí me encontraba bien. Si nuestro señor había creado el mundo en siete días, yo lo había destrozado en seis. En vez de pensar como comenzar una nueva vida, o pasear por la playa, o cualquier otra cosa, pasaba demasiado tiempo en la taberna, demasiado tiempo solo, y demasiado tiempo cerca de una botella de vino. Malo.
Hasta que vino el capitán Barceló.
* * *
El capitán Barceló –de vieja familia de pescadores, marinos mercantes, contrabandistas corsarios y demás- cogió una silla, se sentó delante de mí y pasó la vista un instante por la botella medio vacía antes de fijarla en mis ojos. Contando la arrugada gorra blanca pasaba poco del metro sesenta, pero erguido, sereno, en el puente de su barco, nadie hubiera dudado en echarle un palmo más.
– Necesito su ayuda, don Víctor –dijo seco.
Levanté una ceja. En casi sesenta años de vida y más de cincuenta de profesión el capitán Toni Barceló jamás había necesitado ayuda, ni para cruzar el cabo de Hornos en un velero, ni para enfrentarse a los piratas malgaches.
– Necesito dos manos a bordo de LA SEÑORA –concluyó el lobo de mar-. Para esta noche.
* * *
– Capitán, Toni, yo… -no sabía como salir de esta-. Yo no… no soy marinero. No sabría pescar. Lo mío es otra cosa. Y además, ya estoy muy viejo para salir. No tengo fuerzas para tirar de una red.
– Bien pues –dijo el capitán, tras reflexionar un segundo-. Si no sabe le contrato de grumete, en vez de marinero. Y si me dice que no llega a eso, le contrato entonces de ayudante de grumete. Paga según la norma de la Cofradía. Empieza dentro de dos horas, más vale que se vaya cambiando de ropa –concluyó la entrevista, poniéndose en pie. Maquinalmente me incorporé también. No es correcto estar sentado delante de tu capitán.
* * *
Dice el refrán marinero: Siempre, siempre, al comandante la crujía. Es que es el sitio donde el barco se menea menos y no llegan los rociones, que ya bastante problema tiene con hacer el trabajo de un dios.

Así que el capitán Toni Barceló estaba ahí arriba, en el puente, con un ojo en la brújula, otro en el barómetro, otro en las olas, otro en la carta; y una oreja en el carrasposo pataplof pataplof de los motores, otra en la radio –puntos y rayas a palo seco, nada de moderneces, estos marinos eran de la vieja escuela-, y otra pinchando la frecuencia de los guardacostas, siempre tan pesados pidiendo papeles. No es cosa de tocarle al comandante las pelotas, se lo digo yo, a no ser pongamos que al vigía de la cofa se le mojen los pies. Que, de momento, no era el caso.
Así que el pollo tenía que pelármelo solito. Como siempre.
El pollo era mi jefe, es decir, el grumete Powerkiller. Por cierto, maldita sea mi estúpida bocaza en el bar. Pero no nos desviemos del tema. Powerkiller era un tipo alto y flacucho que compensaba los escasos cuatro pelos del mentón que llamaba pomposamente barba con una lacia melena por los hombros. Tenía una camiseta –sí, es lo que quiero decirle, sospecho que solo tenía una- en la que cuatro desarrapados melenudos abrazados a guitarras saltaban sobre lo que parecía un cementerio. Vaya una pinta. Para colmo, se quedó mirando mi uniforme de faena como si hubiera venido disfrazado yo de marciano. Hay que joderse.
Las cosas no empezaron bien. Bueno, hablemos claro: empezaron de puta pena. A ver si me entiende. Yo llevaba navegando antes de que el abuelo de este caballerete le dijera a su abuela bonitos ojos tienes. A lo largo de las horas intentaba introducir algunos conceptos básicos en su dura cabezota, pero encima resultó ser impermeable al conocimiento. Y encima, era mi jefe.
Y no se me había ocurrido preguntarle a Toni Barceló por cuanto tiempo había firmado el contrato. Total, que esto era una faena, y no las de Manolete…
* * *
Así una noche, y a la noche siguiente también. Con gusto hubiera enviado a grumete, capitán y bou a Chez les Grecs (qué gran cosa saber idiomas), pero Toni me había pedido un favor… Cada anochecer, cabreado como una mona pero tieso como un guardiamarina, ahí estaba yo.
Justo en aquel instante aparecía el capitán Barceló, e inmerso en mis negras reflexiones, que incluían funestos finales para el grumete, no pude disimular mi expresión de cabreo. La verdad, estaba yo mas picado que el vino de la cofradía de pescadores. Se detuvo a mi lado.
– ¿Qué le ocurre, Victor? ¿Algún problema?
No me quedaba sino largar. No es bueno pasar los problemas al mando, hay que lavarlos en casa, pero me había pillado en frío. Barceló me escuchó en silencio, y solo meneó la cabeza pensativo cuando hube terminado.
– Esta juventud… ¿Se acuerda usted cuando era joven?
– Éramos más serios. Más respetuosos –respondí seco.
– No –dijo con una sonrisa amarga-. Éramos, que yo también una vez fui joven, unos cafres y unos capullos. Éramos valientes, románticos, locos, ilusionados. No había sitio en nuestra alma para el odio, ¿Recuerda, Víctor? Amábamos, luchábamos, aprendíamos, leíamos, vivíamos con hambre. Todo era nuevo, todo estaba por descubrir. Ahora todo es viejo, y como ya sabemos el final, ya no hay batallas por las que valga la pena luchar.
– ¿Qué quiere decirme? –moví una ceja.
– ¿Ha pensado en volver a ser joven? –dijo, llevándose un dedo a la gorra, a manera de despedida.
* * *
Aquella noche le dejé a Powerkiller que lo hiciera todo a su manera… y la faena salió. Malamente, pero salió. Yo me limitaba a ayudarle, y cuando no miraba, adujar algún cabo. La noche siguiente salió algo mejor, y la siguiente aún mas fina. Al cuarto día conseguimos terminarla antes de llegar a puerto. Al cabo de una semana pim pam, toma daca, a cuatro manos, lo teníamos todo listo a las dos de la mañana. Un equipo.
Así que Poki (a pesar de sus intentos todo el mundo le llamaba así) y yo nos sentábamos en la popa con una litrona (como dice la gente joven) y charlábamos de todo y nada. Yo le contaba viejas, viejas historias. De cuando dimos la vuelta al mundo en velero, o una guerra secreta que no voy a explicar ahora. De viejos amigos, antiguas amantes, y como alguna vez le había dado por el culo al mismísimo demonio.
Pegué un trago feliz a la botella que iba pasando. Poki miraba las olas, pensativo.
– Cree usted… -dijo finalmente- ¿Cree usted que podría entrar yo en la Armada?
– No veo inconveniente –respondí sorprendido.
– Es que…. Acabo de salir de un reformatorio –me miró a los ojos.
Y entonces Poki me contó sus aventuras. No habían sido como las mías. Me habló de unos padres que no tuvo, y unos amigos que no lo fueron. De palizas y hambre, de médicos y educadores que solo querían que fuera sumiso. De que solo Barceló le había ayudado, y que solo gracias a él era alguien ahora: grumete, dijo orgulloso, grumete de LA SEÑORA.
-Bueno –me incorporé-. No he terminado de contarte mi vida. Hasta hace dos días tenía un curro muy aburrido en Madrid… pero gracias a él conozco a alguna gente. Sí, creo que algo voy a poder hacer. Voy a limpiar tu pasado, y se que no me voy a arrepentir de mojar mi nombre para ello. Te he visto pescar, y se que vas a ser tú quien gane los galones.
* * *
Amanecía. Poki había marchado con la bici, a repartir las primeras cestas. Yo estaba en el muelle, sentado en un bolardo, con dos cajas delante de mí, dispuesto a vender a quien quisiera pescado fresco. Es lo que llaman el arañao. Se supone que el sueldo completo va a la mujer del pescador, que lo administra, y con esa pequeña marrullería te sacas para tabaco y cervecitas. Me sentía feliz, fumando mi vieja pipa, cuando Barceló se me acercó.
– Bien está lo que bien acaba, don Víctor –dijo, tras dar un par de caladas.
– Podría haberme contado la historia desde el principio –protesté-. Hubiéramos llegado a lo mismo. Hubiera enseñado al pollo….
– ¿Quiere decir –sonrió el viejo lobo de mar- que era el pollo quien tenía que aprender?

