Siria es el escenario actual pero no va a eclipsar los conflictos de Egipto o Túnez, la “Pax Romana” argelina o los equilibrios de la monarquía alauita a quienes sus súbditos empiezan a subírsele a las barbas. En el extremo oriental, el conflicto palestino – israelí subsiste, como subsiste la amenaza iraní. En la ribera norte, la crisis económica azuza a las familias, a las empresas y a los Estados ribereños, España, uno de ellos.
Un poder emergente, el yihadismo, con toda su gran economía del terror que soporta todas sus actividades delictivas se enfrenta al poder occidental de las castas poderosas no religiosas que imponen la fe en su único dios, que es el dólar, por encima de los derechos sociales de contenido económico.
El pueblo soberano no es sujeto de nada en las guerras, sino objeto. Las personas pierden su naturaleza de sujetos de Derecho para ser una unidad de cuenta de los muertos o los desplazados, para ser una imagen estremecedora en los telediarios del mundo.
Los lindes reales de la guerra son el poder político del concierto de las naciones, obediente al capital transnacional, por un lado, y la transnacional de terror. Lo de la geografía es secundario. Simplemente, los Estados fallidos les sirven a los yihadistas para ganar dinero y para extender el terror, pero no les sirve para ganar poder. Ese poder pretenden conseguirlo ocupando las estructuras directivas de Estados no fallidos donde la población les resulte próxima. Es el único peso de la geografía en este conflicto. Lo demás, es sólo dinero.
No sabemos cuantas personas esperan la muerte a manos del fuego amigo o a manos del fuego enemigo, pero dormir en Damasco debe ser muy difícil; despertar, aún más, acaso.

