Se acercó Basora y, amartillado el dedo, me conminó.
– Estoy tratando de tirar adelante el periódico digital que tú sabes y tú con esos pelos.
– Joan, que el dicho no es así.
– Pero se le parece.
Germán, el de los pelos, le dice:
– Pero si yo he perdido el tren del shipping.
– Me consta.
– ¿Entonces?
– No te quiero para eso. Te quiero para la sección de cultura.
– ¿Pero no tenías cola?
– Cierto, pero ninguno como tú, ganador de un premio literario, aunque fuera de tu pueblo.
– No me hables de eso, que mis jamones me costó.
– ¡Calla! Fundador de un premio literario.
– Así me lució.
– ¿Qué quieres de mí, venga?
– Por ejemplo: recuperar tu vena periodística hecha verbo en una revista de cuyo nombre…
– ¡Avante!
– Huelgan los nombres.
– No, si lo que quiero es que aligeres, que no tengo todo el día, que tengo que acabar de corregir la novela que te hará famoso.
– Será a ti.
– Bueno, a los dos; y a alguno más, me temo.
Basora cambia el tercio.
– Haz una reseña de la trilogía del mar de ese escritor que tanto adoras.
– ¿Y tú no?
– Menos, mucho menos.
– ¿O del que yo quiera?
– Vale.
– ¡Ajajá!
– ¿A qué viene esto?
– A que lo haré sobre “¡Ajajá Lyonés, por una niña me muero en Castaj!”, primer premio Nostromo y de las JONS.
– Vale, pero no te alargues mucho y, sobre todo, habla de la novela. Y deja tus bromas de mal gusto de una puta vez.
– Prefiero de las JONS a la de Merimé, Y de la novela habla tú, que yo haré lo que me dé la gana.
– ¡Chitón!
Sentina, sollado o mazmorras del Café, Restaurant Llibrería Nostromo, c/Ripoll, 16 (publicidad permitida). Año 1997, no recuerdo mes ni día.
Reunión del jurado del premio “Nostromo, La Aventura Marítima”, certamen literario de novela de la mar, que no la de Merimée.
Asistentes: presidente: D. Santiago Hernández Izal; secretario: Cecilio Pineda; vocal 1: Juan Zamora; vocal 2: Marino Villa; vocal editor: Luis Zendrera.
Toma la palabra el secretario.
– Como saben, se han recibido más de 90 manuscritos: la mayoría de Catalunya y el resto de España, muchos de América latina, dos de USA, cuatro de Europa y uno de Israel. Un éxito que ni nosotros mismos nos augurábamos. Como responde a la realidad lingüística y cultural del reino y acorde con la convocatoria, se han recibido aproximadamente un 80% de obras escritas en lengua castellana y un 20% en idioma catalán. Habiéndose leído cada manuscrito por al menos dos miembros del jurado, éste, tras hacer constar el elevado nivel literario de las obras recibidas.
– Abrevia –le rogó el vocal nº 1.
– Estoy ensayando para el día del fallo.
– Si tú no vas a leer el fallo.
– Yo soy el secretario del jurado. ¿Quién entonces?
– Don Santiago Hernández Izal, el presidente del jurado y nuestro maestro. Sin su cátedra ni tú ni yo sabríamos juntar las letras.
– Tú sí, que para eso estudiaste periodismo.
– Vale, continúa y, sobre todo abrevia.
El secretario del jurado abrevió.
– El jurado ha abreviado y, por lo tanto ha elegido como finalistas dos manuscritos: una en la lengua de Cervantes y otra en la de Josep Pla.
– Di mejor en la de Espriu.
– Es que acabo de leer el “Cuadern Gris”; y además como yo no voy a leer nada el gran día, aquí hago lo que me da la gana,
– Si us plau, no es barayin. Me siento tan orgulloso de que ustedes hayan sido alumnos míos, que no puedo permitirlo. Dejen eso de mi cuenta.
– Lo que usted diga don Santiago. Continuo: la obra escrita en catalán tiene, amén del mérito literario, el de reflejar en tres cuentos, tres épocas de la marina mercante: el contrabando, la emigración y las mujeres a bordo.
– Yo le he puesto un diez –intervino el presidente.
– Y yo –dijo Marino Villa.
– Yo un nueve –apuntó Juan Zamora.
– Me abstengo –comentó el vocal editor, que apenas pudo leer por haber visitado las ferias de Frankfurt o Guadalajara, no recuerdo.
– Nueve –igualó el secretario.
El secretario, hizo como si escrutara y continuó.
– La otra finalista se llama, ¡pena de título!, “¡Ajajá Lyonés, por una niña me muero en Castaj!”
Votaciones: Cinco, dijo don Santiago. Cinco, igualó Marino Villa. Seis, subió Zamora. Abstención, votó el editor. Diez, pujó alto el secretario del jurado.
– ¿Y eso? – preguntaron los otros miembros del jurado.
– El voto es libre –fue expeditivo Pineda–. Pasemos a defender nuestro voto. Comienzo: creo que las votaciones de cum lauden: tres dieces y un nueve, defienden por sí sola la obra escrita en catalán.
– ¡Ajajá Lyonés…!, entonces.
– Está bien escrita, pero no pasa de ser una novela de capa y espada –apuntó don Santiago.
– Opino igual –fue escueto como buen maquinista Marino Villa.
– Me abstengo: ya sabéis el motivo –dijo Luis Zendrera.
– Me abstengo – sorprendió Zamora a tirios y troyanos.
Como era de prever, todos pusieron la mirada en Cecilio Pineda, secretario del jurado, que no en balde le había puesto un diez. Éste, sin preámbulos tomó la palabra.
– Estoy absolutamente de acuerdo en que se trata de una obra de capa y espada; como el Conde de Montecristo, como toda la obra de Shakespeare, como la de nuestro Siglo de Oro y muchas, muchas más –hizo una pausa y prosiguió–. Este premio literario, único que existe en el mundo de estas características, fue creado como el Nadal y muchos otros, no en una universidad ni en una fundación, sino en el sótano de un bar, entre cerveza y vinacho, carajillo y cubata, pegadito al menú del día, con sabor a Max Estrella y a don Latino de Hispalis. Lo fundamos, puesto que sólo Dios crea, marinos mercantes de esta tierra, marinos que hemos navegado, leído y conocido la noche de los puertos y los lupanares de los siete mares, marinos que tenemos nuestra novela en un cajón, marinos que algún día publicaremos, marinos que venderíamos nuestra alma por la Moby Dick, marinos que mataríamos por la Isla del Tesoro.
– Cecilio, que te va a dar algo – le avisó Zamora.
– Tú calla, que has votado cerca.
– Prosiga Pineda –habló don Santiago.
– El leit motiv de este premio, y perdonad el latinajo, es que en la piel de toro, y excusad ahora el tópico, se escribieran buenas obras de la mar, a ser posible maestras, que le hicieran compañía a la trilogía del mar de don Pío, única obra a mi entender que está a la altura de la obra de la mar anglosajona.
– ¿Y esto que tiene que ver con lo que nos ocupa? –preguntó Marino Villa.
– Todo –respondió rápido Cecilio–. En “Ajajá Lyonés…” está la mar ancha, inmensa y no sólo mercantona, quizás la mar de tierra adentro, es verdad; que la mar es de todos. Entre sablazo y sablazo, el protagonista, Roque el extremeño –¿habrá lugar menos marinero que Extremadura?–, da saltitos como Vicky el vikingo, como cualquier pirata que se precie tiene un lorito que habla en francés, como en la canción de Serrat y como John Silver. Y, larga vida, gloria eterna, para hincarlo de rodillas hay que cortarle las pierna, Serrat dixit en su canción. Su barco se llama EL TEMIDO, ¿les suena? El capitán Fierro viene de los TBO del Cachorro, aquellos tebeos marineros, rara avis, de los que nadie se acuerda. Entre estocada y estocada suelta versos de Miguel Hernández y frases de La Pasionaria, ¿será rojeras el autor?, dónde se ha visto.
Germán hizo una pausa larga, mosqueado porque ningún miembro del jurado le interrumpiera.
– Y, para acabar, si nuestra gran novela de secano, que yo, lo siento, pero me puede más el salitre que el terrón, cambiaría a ojos cerrados por la Moby Dick o por la Isla del Tesoro, hablo de don Quijote de la Mancha, el manchego loco, invento del no menos loco don Miguel. Si el Quijote quiso ser una burla a las novelas de caballería de la época, y se convirtió en el gran canto a la caballería –hizo una pausa más larga todavía–, yo abogo, y os podéis reír si queréis, porque “¡Ajajá Lyonés…!” es una broma respetuosa a toda la literatura de la mar de ayer, hoy y siempre.
Cuando Cecilio abrió la plica y telefoneó al ganador del primer premio literario Nostromo y le comunicó que su obra había ganado el certamen, le sugirió que a criterio de todo el jurado debería cambiar el título de la novela. La respuesta del autor fue definitiva: “Me costó más encontrar el título que escribir la novela”.

