VICENS FORNER: “CRÓNICAS DE L’OSTIA. BARCELONETA 1949-1992”

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NAUCHERglobal, Juan Zamora 1 20/09/2018

En las páginas finales del libro (“Crónicas de L’Ostia. Barceloneta 1949-1992”. Editorial Alrevés, Barcelona 2013), Vicens Forner ofrece un repertorio de nostalgias, algunas teñidas de melancolía, que resumen una parte, quizás la parte principal, de la naturaleza de la obra. Habla de los viejos bares y restaurantes del barrio de la Barceloneta que no han querido marchar hacia el horizonte, una quimera, y se han quedado tal cual, anclados en las esencias del pasado, porque sabido es que cualquier tiempo pasado fue mejor. Forner celebra que La Cova Fumada, Los Maños, Can Ganasa o Can Solé sigan impertérritos, ajenos al paso del tiempo que llaman progreso, avance o desarrollo.

Vicens Forner ha construido un libro ameno, con los cimientos en la historia reciente del barrio de la Barceloneta y materiales narrativos variados: historias familiares, anécdotas de vecindario, la crónica del niño que madura hasta convertirse en adulto y el primoroso reportaje del primer amor, el primer dolor, el erotismo de la inocencia, y la primera ausencia.

Escrito con prosa sencilla, sin florituras ni aspavientos, que se lee con placer, el autor va desgranando sus vivencias, sus impresiones y algunas ideas sobre el mundo, sus vueltas y revueltas. De hecho, mientras iba leyendo me asaltaba la convicción de que el libro debería, tal vez, haberse titulado algo parecido a “Biografía de Vicens Forner, contada por él mismo”.

Acompañando a la naturaleza nostálgica de la obra, el autor exhibe un exceso de soberbia por la fuerza, la nobleza y el valor que atribuye al barrio de la Barceloneta, virtudes que Forner mitifica hasta el punto de que el barrio aparece como algo especial y extraordinario en el marco de la ciudad de Barcelona, cuando en realidad las historias que cuenta, las miserias que relata (la triste historia de la desalmada Mildemonios, por ejemplo), se pueden rastrear en otros muchos barrios periféricos de Barcelona en los años 40, 50 y 60 del siglo pasado. En ningún caso pueden considerarse exclusivas de la Barceloneta, cuyo único elemento diferencial reside, probablemente, en el hecho de ser una zona con límites bien diferenciados: el mar, la vía del tren, el puerto y el gueto del Somorrostro; unas fronteras que han permitido acunar la idea de que se trata de un territorio aparte. El hecho de que muchos pescadores y trabajadores portuarios residieran en la Barceloneta, por pura proximidad a los lugares de trabajo, no juega, contra lo que a veces se ha afirmado de forma superficial, un papel relevante en la pretendida personalidad del barrio. De hecho, la obra de Vicens Forner, excelente fotógrafo de todos los eventos portuarios, corrobora plenamente que la ocupación laboral de una parte de sus habitantes no constituye el factor esencial del carácter del barrio.

Hace un tiempo, el cantautor Lluis Llach escribió una novela centrada también en la Barceloneta, un barrio de Barcelona que en los últimos años padece una campaña mitificadora sobre la que tengo serias dudas de su autenticidad. Una mitificación edificada sobre la nostalgia, pues la Barceloneta, una vez desdibujados sus límites (ya no hay puerto comercial ni ferrocarril ni el gueto del Somorrostro), está perdiendo de forma acelerada la unidad territorial que hacía posible diferenciarlo del resto de la ciudad. Aquella personalidad que Forner retrata con fruición, de hecho ya no existe más allá de las tabernas y bares que conservan el aire de antaño, en lucha constante con los inspectores de sanidad que desconfían de unas instalaciones de higiene dudosa.

Tiene razón Vicens Forner cuando responsabiliza a la obra del alcalde Maragall, con motivo de la Olimpiada-92, del inicio del fin. Ahora la Barceloneta es una zona turística, junto a la magnífica playa ciudadana, que aparece a menudo en los periódicos por los sucesos desagradables de robos, borracheras, conflictos con los manteros, peleas, mala educación e incivismo. Turismo puro y duro que, naturalmente conduce, o al menos ayuda, a creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

 

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