V CENTENARIO DE LA PRIMERA CIRCUMNAVEGACIÓN 1519-1522 POR JUAN SEBASTIAN ELCANO

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NAUCHERglobal. Joan Cortada 03/02/2019

En el ámbito de la próxima conmemoración de la primera vuelta al mundo resulta indispensable destacar el carácter exclusivamente mercantil de dicha expedición, en base al cual se justificaría la relevancia del papel de la Marina Mercante en los actos a celebrar.

En primer lugar, cabe señalar que en la época en que se desarrolló el azaroso viaje de los cinco barcos que, bajo el mando de Fernando de Magalhaes, zarpó de Sevilla el 10 de agosto de 1519, no existía una clara diferenciación entre Marina Civil y Marina Militar. En el ámbito europeo, que es el que nos concierne más directamente, la batalla naval se había caracterizado por ser algo muy semejante a una batalla terrestre librada sobre la cubierta de barcos, principalmente galeras. Sólo progresivamente la generalización de la artillería provocó, a finales de la Edad Media e inicios de la Edad Moderna, la dotación oportunista de cañones en los buques mercantes —cocas, carracas y carabelas— para permitirles repeler el ataque de piratas o de naves enemigas en tiempos de guerra. Los estudiosos consideran que la primera batalla naval entre armadas, en el sentido moderno en que entendemos ese concepto, se produjo sólo en 1582: la batalla de Ponta Delgada (Azores) en la que Álvaro de Bazán destruyó a la flota francesa al servicio del Prior de Prato, que competía con Felipe II de España por la sucesión al trono portugués. Dicho sea de paso, ese ciclo de batallas navales “cañón a cañón” se cierra definitivamente en la Navidad de 1943 en la batalla de Cabo Norte, con el hundimiento del crucero de batalla nazi Scharnhorst frente al acorazado Duke of York de la Home Fleet británica.

En atención a lo expuesto, no cabe duda alguna de que la flotilla de Magalhaes era una expedición exclusivamente mercantil llevada a cabo por naves mercantes, financiada en sus ¾ partes por el rey Carlos I y en ¼ parte por inversores privados. La tripulación era variopinta, formada por vascos, gallegos, andaluces, portugueses, italianos y algún griego.

El objetivo de la aventura cabe centrarlo en dos elementos. El primero y principal era la “carrera de las especias”. Las especias (pimienta, clavo, canela, nuez moscada o jengibre) eran productos de lujo muy codiciados en Europa, pero que sólo era posible encontrar en Asia, concretamente en la India (canela y jengibre) o básicamente en las Islas Molucas (el resto), en la actual Indonesia. En nuestro país, otra especia —el azafrán— en el siglo XV constituía una de las primeras, si no la principal, fuente de riqueza agrícola de Catalunya, un dato que sin duda hoy sorprendería a muchos. Desde tiempos inmemoriales había existido un tráfico de estos productos exóticos, sea por vía terrestre a través de Asia central (Ruta de la Seda) o bien por el Mar Rojo, Egipto y el Mediterráneo hacia Venecia, Génova, Pisa o Barcelona. Se calcula que una nuez moscada multiplicaba su valor en origen por 60.000 una vez situada en Europa. La irrupción del poderío naval otomano en el Mediterráneo tras la caída de Constantinopla (1453) perturbó gravemente este tráfico y obligó a buscar vías alternativas.

La opinión más extendida sobre la expedición de Cristóbal Colón de 1492 era que tenía por objetivo llegar a las “Islas de las Especias” por el oeste, partiendo del cálculo erróneo de Claudio Ptolomeo que otorgaba a la circunferencia terrestre un valor sensiblemente inferior al cálculo más exacto, aunque mucho más antiguo, de Eratóstenes. Otros historiadores sostienen que su objetivo (disimulado a conciencia) era buscar un asentamiento para los judíos expulsados de España y que ello explicaría su financiación por el converso Luis de Santángel. Sea como fuese, mientras Colón y, tras él, la Corona castellana se dejaban deslumbrar por los hallazgos de oro en el Caribe (un oro que tanto perjuicio económico iba a aportar a la larga a España) en 1497 los portugueses exploraron con éxito la vía del este, a través del Cabo de Buena Esperanza y el Índico. Vasco de Gama llegó a la Costa Malabar (actualmente Kerala, en la costa occidental de la India) y concretamente a Calicut (hoy Kozhikode) y Cochin (Kochi, en la actualidad) que eran los centros principales de expedición de las especias a Europa. Todavía hoy en día, Kochi es un centro muy importante de comercio de estos productos.

El segundo factor a tomar en consideración, íntimamente ligado al anterior, consiste en la división del mundo pactada entre España y Portugal con el Tratado de Tordesillas de 1494. Dicho acuerdo, que tomaba como base legal las bulas papales del valenciano Alejandro VI (Rodrigo de Borja o Borgia) otorgaban a España todos los territorios situados al oeste del meridiano que pasase a 370 leguas de distancia de las islas de Cabo Verde y a Portugal los ubicados al este de dicha línea. Primer problema: ambos gobiernos diferían en la medida exacta de la legua y, por otra parte, al tomar como punto de referencia un archipiélago, ¿cuál de sus diferentes islas era correcto contemplar como “legua cero”? Portugal, como es lógico, adoptó los criterios que más le favorecían y ello le permitió iniciar la colonización del nordeste del Brasil.

Pero el otro problema, tanto o más importante, era la línea divisoria en el otro extremo del globo terráqueo y de ahí nace la expedición de Magalhaes. La línea atlántica que surge del Tratado de Tordesillas se debería situar, según el criterio que se adopte de acuerdo con las discrepancias señaladas más arriba, entre la longitud 45º y 48º W. Por consiguiente, su correspondencia en el Pacífico se halla entre la longitud 132º y 135º E. Pero, ¡Oh casualidad! Resulta que las Molucas se hallan situadas aproximadamente en esa longitud (hay que tener en cuenta que hasta la invención de los primeros cronómetros marinos en el siglo XVIII el cálculo exacto de la longitud representaba un serio problema) Por tanto, quien antes tomase posesión de dichas islas y fuese capaz de mantenerla, se “llevaría el gato al agua”; un gato en forma de la inmensa riqueza de las codiciadas especias.

Magalhaes, lusitano de nacimiento, había ya participado en viajes a Extremo Oriente, en flotas portuguesas y era conocedor de la zona. De ahí su propuesta a Carlos I para intentar llegar a las Molucas por el oeste sin violar abiertamente el Tratado de Tordesillas.

Cuando Elcano regresó a España tras tres años de viaje, lo hizo con 26 toneladas de especias en la bodega de su barco. Esa modesta cantidad permitió que la expedición se saldase con algo de beneficio económico, a pesar de la pérdida de cuatro de las cinco naves que inicialmente la emprendieron. Claro está que en ello algo debió influir el hecho de que sólo los 18 supervivientes de los más de 250 tripulantes que salieron de Sevilla bajo el mando de Magalhaes cobraron sus salarios...

A la larga, tanto las ambiciones españolas como, en menor grado, las portuguesas se vieron frustradas. Los comerciantes ingleses y holandeses, de religión protestante, no se sentían obligados por las bulas del papa Alejandro VI y, a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI, establecieron sus propias bases en Extremo Oriente, creando unas potentes organizaciones mercantiles, las sendas Compañías Holandesa o Británica de las Indias Orientales, que —además de luchar con encono entre sí—fueron gradualmente arrinconando a los portugueses a unos pocos enclaves en la zona (Timor, Macau, Goa, Damau y Diu) y obteniendo la hegemonía comercial en el tráfico de las especias. España, por su parte, afirmó su dominio en las Filipinas y algún otro archipiélago en el Pacífico, pero sin posibilidad de competir comercialmente con los Países Bajos o con Inglaterra a través de la ruta de galeones Manila-Acapulco.

Es en este contexto, de pugna europea por el suministro de unos productos altamente lucrativos, comparable con otros que con posterioridad registra la historia (el caucho en el siglo XIX o, en nuestros días, el petróleo) que cabe situar la aventura cuyo quinto centenario próximamente será conmemorado. El tema, por supuesto, daría materia a un ciclo de conferencias o a unos debates altamente interesantes.

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