‘SINGLADURAS SINGULARES’ EN LA FACULTAD DE NÁUTICA DE BARCELONA

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NAUCHERglobal. Joan Cortada 1 02/04/2017

El pasado día 29 de marzo, tuvo lugar una jornada técnica en la Facultad de Náutica, a la que los organizadores dieron el nombre de «Singladuras singulares por el Mar del Norte». El acto consistió en una disertación del capitán de la Marina Mercante Carlos Rico Capella. Carlos Rico, tras haber navegado durante varios años en navieras españolas, fundó la Escuela Corsa Náutica, posteriormente devenida un grupo empresarial con diversas facetas en los ámbitos de la formación náutico-deportiva, el alquiler de embarcaciones y el turismo. Ha sido también presidente de la Asociación de Industrias, Comercio y Servicios Náuticos (ADIN).

La exposición del capitán Rico versó sobre el segundo de sus viajes como alumno de náutica —con sólo 19 años— tras enrolarse en el mercante ECO MERCEDES para un viaje redondo desde Barcelona al Mar del Norte y regreso, en la primavera de 1968.

A tenor del relato, posiblemente hubiese sido más exacto titular el mismo como Singladuras milagrosas por el Mar del Norte ya que parece un hecho de naturaleza sobrenatural que el ECO MERCEDESconsiguiera completar aquel viaje sin perderse en el golfo de Vizcaya, una mar que todos sabemos como se las gasta cuando se enfurece. Lo triste del caso es que las circunstancias en que se desarrollaron aquellas singladuras, que debieron causar un impacto imborrable en un jovencísimo marino, no constituían un hecho insólito en aquellos años; más bien formaban parte de la cotidianeidad de cierto sector de nuestra Marina Mercante.

En resumen, la situación fue la siguiente: un pequeño buque, el ECO MERCEDES, de algo menos de 70 metros de eslora, no muy viejo (apenas diez años), pero que ya había cambiado de armador en una ocasión. Mantenimiento nulo o deficiente, con unos botes salvavidas inservibles, entre otros detalles. La máquina principal sufriendo frecuentes paradas y averías incluso en las situaciones más comprometidas, en plena bocana de un puerto o en la costa de Portugal con mal tiempo, e incapaz de dar una velocidad de más de 7 u 8 nudos. Equipamiento mínimo: aguja náutica, radar comprado de ocasión y de segunda mano y radiogoniómetro. Generación y red eléctricas en estado lamentable.

A lo anterior debemos unir una oficialidad simplemente de paso, en unos momentos en que encontrar embarque era relativamente fácil y, como consecuencia lógica, los armadores tenían dificultades en encontrar pilotos o maquinistas navales para barcos de las características citadas y con navegaciones o retribuciones poco atractivas. Y, cuando los encontraban, en lograr que su presencia a bordo tuviese un mínimo de continuidad.

Por ello, no es de extrañar que, en el caso que comentamos, el barco no llevase segundo oficial de puente, siendo cubiertas sus guardias por un agregado sin apenas experiencia, como la cosa más normal del mundo.

Como resultado de todo ello, el buque zarpó en condiciones pésimas de Rótterdam hacia Sevilla, tras tomar un cargamento de mineral a granel. A causa de un mal cálculo previo de la operación de carga, salió bastante sobrecargado, lo cual motivó que una filtración de agua a través de la limera del timón (la entrada de la parte superior del mismo en el casco), hasta entonces controlada con una simple encajonada de cemento, pronto se convirtiese en una franca vía de agua que las bombas de sentina eran incapaces de achicar. La solución de fortuna —y, por supuesto, la más económica para los armadores— fue entrar de arribada en Dover, con el sólo objeto de adquirir una sencilla bomba portátil, como la utilizada por los bomberos para sacar agua de un sótano inundado.

En tales condiciones de absoluta precariedad, el ECO MERCEDEStuvo que hacer frente a un violentísimo temporal de noroeste a partir de Ouessant, haciendo que la travesía del golfo de Vizcaya, que en circunstancias normales le hubiese empleado cuatro o cinco singladuras, se prolongase hasta once y, en todo momento, con el peligro de un inminente naufragio. Algo que muy posiblemente hubiese sucedido si el motor principal, cómo sucedía a menudo, hubiese dejado de funcionar una vez más.

Como indicábamos al principio, aventuras —o desventuras— similares, las hemos oído o leído otras veces de compañeros marinos que ejercieron su profesión en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Como ejemplo señero de ello, me viene a la mente el excelente libro del capitán Fernando Verdejo «El MARÍA DEL MAR ha entrado en puerto».

En el caso de Carlos Rico, su exposición se caracterizó por el desenfado, distancia obliga, con la que relató aquellas singladuras singulares. Algo que también se puso de manifiesto en el animado coloquio con los asistentes que siguió a la misma.

Como único detalle negativo, hacer notar que la concurrencia, aceptablemente nutrida, contó sólo con la presencia de apenas media docena de los alumnos actuales de la Facultad. Es una lástima que sus compañeros ausentes, a pesar de que el acto se desarrolló en horas no lectivas, perdiesen la oportunidad de conocer de primera mano cómo se desarrollaba el trabajo en muchos buques mercantes de nuestro país en una época no tan lejana. Para el resto de los asistentes, marinos ya retirados en su gran mayoría, la jornada sirvió para rememorar momentos difíciles, aventuras y vicisitudes pasados y felicitarse por haber vivido para contarlo.

 

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