JZT, abril 2015, New York

PEQUEÑAS HISTORIAS MARINERAS EN HONOR DE GARCÍA BERLANGA (I): ¿QUIEN FUE ERNEST ANASTASIO?

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JUAN ZAMORA 2 19/11/2018

Luis García Berlanga (Valencia 1921-Madrid 2010) fue un afamado director de cine, autor de películas memorables, auténticos clásicos del cine español como “Bienvenido míster Marshall”, “Plácido”, “Calabuch” o “La escopeta nacional”. En la etapa otoñal de su carrera, Berlanga nos dejó una serie de obras maestras del humor corrosivo, esperpéntico y misericordioso con las personas; ese humor que las fallas de Valencia exhiben al mundo con orgullo antes de arder en la noche de la “cremá”. Tal vez los ejemplos más acabados de ese cine de mirada terapéutica (la salud de reírse de uno mismo), fueran “Tamaño natural”, “Todos a la cárcel” y “París-Tombuctú”.

En memoria de Luis García Berlanga, aparecerán algunas pequeñas historias relacionadas con el mundo marítimo, entre el absurdo y el disparate. Graciosas y quizás grotescas.

La primera de estas historias podría haber ocurrido en cualquier lugar, reino, república o imperio, donde primara la ideología, el fanatismo y la intolerancia sobre el respeto a las personas y a la Historia. Y donde añadieran a todo ello la idea romántica, ya desacreditada, de que la lengua es parte constitutiva del ADN, o del alma, de los ciudadanos que se han asentada en un determinado territorio. Eso que algunos llaman “el pueblo soberano” o el pueblo a secas.

El hecho es que un personaje de nuestra historia reciente, Ernesto Anastasio Pascual (1880-1969), capitán de la marina mercante, práctico del puerto de Barcelona, abogado, fundador de Trasmediterránea y de Campsa, presidente de numerosas empresas de primer orden, conocido en toda la España marítima pues su nombre estaba grabado en las amuras de un buque magnífico, botado en 1955 y vendido para el desguace en 1980, se llama ahora Ernest. El Ayuntamiento de la ciudad de Valencia, que le dedicó poco después de su muerte una calle en su localidad de nacimiento, el Cañamelar, decidió no hace mucho cambiar la rotulación de la calle para llamarle “Ernest Anastasio”, un nombre con el que jamás firmó y que no figura en su partida de nacimiento. Un nombre que sólo obedece a la pulsión extraña de quienes no se atreverían a hablar de “Juan Kennedy”, por ejemplo, pero no tienen empacho en cambiar el nombre de Ernesto Anastasio, medalla de oro de la ciudad, por cierto.

Lo mismo ha hecho el Ayuntamiento valenciano con la calle dedicada en su día al párroco de la iglesia del Rosario, Vicente Gallart, ahora rebautizado como “Vicent”. Ya digo una pulsión ideológica defendida con fanatismo; una burla a lo que llaman “memoria histórica”. Si no te llamas Ernest o Vicent no puedes ser valenciano, de modo que cambiemos el nombre a las calles e inventemos un personaje inexistente.

Recuerdo algo parecido, pero con una motivación que nada tiene que ver con la del cambio de Ernesto a Ernest y de Vicente a Vicent. La opinión publicada en España convirtió el petrolero griego AEGEAN SEA, que embarrancó en la Torre de Hércules en 1992, en un buque fantasma: el MAR EGEO. O tal vez si tengan alguna relación esos cambios: la ignorancia y el desprecio por la verdad.

Oigamos lo que escribió Hermann Melville en “Moby Dick”:

A continuación se oyó la voz del Señor por segunda vez y Jonás magullado y maltratado obedeció a Dios.

¿Y que fue lo que el Señor le ordenó, hermanos míos?

¡Que predicara la verdad contra la mentira!

¡Eso fue!

 

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