PALAMÓS TIERRA DE MAR (2). UNA EVOCACIÓN NOSTÁLGICA

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NAUCHERglobal. Joan Cortada 17/06/2017

Hace unas semanas, visitábamos Palamós en ocasión del Festival «Palamós terra de mar» que allí se celebra con cadencia anual y del que dejamos debida constancia mediante la oportuna reseña. En ella, elogiábamos la voluntad de los organizadores para mantener viva la tradición marinera de aquella bella población ampurdanesa. Para quien escribe estas líneas, una breve estancia en Palamós, sólo un fin de semana, adquiere siempre unos tintes de nostalgia. Algo así como la cascada de recuerdos de la infancia que para Marcel Proust representaba evocar el aroma de la magdalena bañada en infusión de manzanilla que su abuela le ofrecía durante sus vacaciones veraniegas.

Pasé en Palamós los meses de julio de la mayor parte de la década de los 50, o sea cuando yo contaba entre cuatro y diez años. Una edad donde nuestro cerebro es como una esponja, capaz de absorber con avidez conocimientos y sensaciones, recuerdos que permanecerán durante toda nuestra vida.

En aquella época la economía de Palamós estaba basada en dos pilares: la pesca y la industria corchera. El turismo se hallaba apenas en ciernes; en pleno mes de julio no más allá de una docena de coloridas sombrillas playeras rompían la monotonía ocre del vasto arenal de la bahía. La oferta hotelera no debía superar los cinco o seis establecimientos, presididos por el prestigioso Hotel Trías que, de tanto en tanto, albergaba algunas figuras notables de la farándula y artistas de renombre mundial.

Mi familía se hospedaba en un lugar más modesto, el Hotel del Centro, justo al lado del Ayuntamiento. Su propietario desde 1934, Conrad Oliu, había trabajado como cocinero en el Ritz de Barcelona y en París. Era un profesional de pies a cabeza (y de muy mal genio) y su bullabesa se hubiese hecho admirar en la mismísima Marsella.

El puerto bullía de actividad. En el rompeolas, amarrados de puntas, no menos de una cincuentena de bous de arrastre, todos con el casco pintado de amarillo, descansaban tras haber descargado sus capturas en la lonja y con las redes a secar colgadas de su único mástil. En el muelle, docenas de embarcaciones menores provistas de grandes lámparas de petróleo, esperaban para salir de noche a capturar sardina y anchoa. Otras muchas barcas de pesca yacían varadas sobre la arena de la playa o se balanceaban muy cerca de la rompiente de las olas, para solaz de los niños que gustábamos de trepar por su amarra y tratar de encaramarnos a bordo mientras retozábamos en unas aguas cristalinas y, generalmente, en julio, más bien frías. ¿Cuántos palamosenses vivían de la mar y de sus productos? Probablemente muchos, indudablemente muchos más que ahora.

La rutina de unas vacaciones estivales en Palamós estaba bastante preestablecida. Baños de mar por la mañana; eso sí: respetando el margen de seguridad de dos horas tras el desayuno. Los usuarios de la playa, como hemos indicado no demasiado numerosos, procedían generalmente de Barcelona, con algunas incrustaciones de franceses y algún alemán. Recuerdo haber visto en una ocasión sacar del agua a un bañista de esa última nacionalidad, victíma de la hidrocución, lo cual sirviera a mis progenitores reafirmarse en la necesidad absoluta de no entrar en la mar en pleno proceso digestivo. ¿Cuánta gente tiene hoy en día tal precepto, entonces sacrosanto, en cuenta? A tenor de la cantidad de ahogados, cada verano, en nuestras costas y playas, me temo que no sea mucha.

A mediodía, tras gozar de la espléndida cocina del señor Conrad, la siesta era también obligatoria. Algo que yo odiaba y que, para evitar mis frecuentes escapadas, llegó a obligar a mi família a encerrarme bajo llave en mi cuarto. Luego, con el sol ya descendiendo por el horizonte de poniente, procedía encaminarse a la Lonja del Pescado, a presenciar la subasta. ¡Qué espectáculo! ¡Qué orgía de colores! Junto al rojo vivo de las gambas y el granate de las escórporas, el suave rosado de los salmonetes y las cigalas, el plateado reluciente del pescado azul, los tonos variados de gris de las merluzas, las lubinas y las doradas, el ocre de los gatets (un escualo parecido a un tiburón en miniatura), el blanco traslúcido de los calamares recién pescados, el negro amarronado de los rapes...

Terminada la subasta, o bien un paseo hasta el faro, pasando por la caleta de la Catifa, desde donde contemplar la puesta de sol más allá de la vasta bahía y tras las suaves ondulaciones de la Selva, o bien un refresco en alguna de las pocas terrazas existentes en el Paseo del Mar. Refresco que, hasta la llegada de las bebidas americanas de cola, consistía (para los niños, por lo menos) en un dulzón jarabe de grosella o de limón con sifón, o en una horchata. Por la noche, tras la cena, había sardanas en dicho Paseo del Mar una vez a la semana y, con frecuencia, algún espectáculo de ilusionismo o de algún cantante en el salón Savoy, hoy desaparecido.

En la esquina del Paseo del Mar con la actual Avinguda Onze de Setembre, antiguo origen de la carretera de Girona, en los años 50 aún era posible ver el punto de origen del trenecito de vía estrecha que, sólo hasta 1956, todavía unía Palamós con la capital de la província, el Tramvía de l’Empordà. Era un tren casi de juguete, con minúscula máquina de vapor y tres o cuatro vagones de madera con asientos corridos en sentido longitudinal. Siempre había unidades paradas, posiblemente ya fuera de servicio de forma definitiva, donde los niños podíamos subir y bajar o jugar libremente. Los alrededores de aquella, por llamarla de algún modo, Estación del Ferrocarril, estaban compuestos todavía, doce o catorce años después de finalizada la Guerra Civil, por edificios y almacenes bombardeados y en ruinas. Palamós fue muy castigado, desde el mar y desde el aire, por su condición de puerto comercial y tanto la estación como las fábricas de corcho existentes en sus cercanías fueron un objetivo prioritario de los aviones fascistas italianos y del crucero CANARIAS.

Un par o tres de veces durante el verano, la mencionada rutina diaria se veía interrumpida por la amenidad de alguna excursión. La más modesta consistía en llegarse hasta la cercana playa de la Fosca, a pasar allí el día, debidamente provistos de un picnic preparado por el hotel. Otras veces, entre dos o tres famílias de huéspedes del mismo, se alquilaba la barca de un pescador para ir a pasar una jornada en Sa Tuna, Aiguablava o Aigua Xelida. Recuerdo perfectamente que cada verano, en nuestro caso, el pescador se llamaba (o tenía como apodo) Girona. Era hombre de pocas palabras, un solterón sorrut de mediana edad; se limitaba a llevarnos en su embarcación, un llaüt a motor de acaso ocho metros de eslora, al lugar elegido, esperar que disfrutásemos a placer de la solitaria cala y llevarnos de regreso a Palamós. Alguna vez, al regresar por la tarde, el garbí refrescaba y levantaba grititos de alarma entre las señoras, mientras los niños nos alborozábamos con los rociones de agua de mar que nos dejaban calados hasta los huesos.

En estas excursiones por mar, los veraneantes, barceloneses de clase media y algún pequeño industrial, ante la belleza impresionante de la costa que se ofrecía ante nuestros ojos, parecían lamentarse de la escasa notoriedad de la Costa Brava a nivel turístico internacional. Recuerdo como si todavía lo estuviera oyendo, como una frase hecha o un tópico, el repetitivo comentario de: Esto no tiene nada que envidiar a la Costa Azul. Pero la Costa Brava es como una mujer guapa en camisón y recien levantada de la cama, mientras que la Costa Azul es una señora debidamente maquillada y en traje de soirée dispuesta a salir de fiesta. ¡Santa inocencia!

Alguna vez, la ambición de tales excursiones adquiría mayores vuelos y consistía en ir a visitar Cadaqués. Era como ir al fin del mundo y, naturalmente, para ello no se podía contar con el pescador Girona, era preciso contratar uno o varios taxis. Las carreteras eran, sobre todo a partir de Roses hasta el punto de destino, poco más que caminos de cabras. La visión de un Cadaqués casi desierto, de sus estrechas calles pavimentadas con guijarros, palets de riera, de sus blancas casas y su iglesia de magnífico retablo barroco, merecía el esfuerzo que representaba el viaje. Sobre tod si iba acompañado con una degustación de langosta en alguna de sus modestas fondas ingenuamente decoradas con redes viejas, flotadores de vidrio y valvas de mejillones gigantes.

Visto desde el muelle, el skyline de Palamós no ha cambiado en exceso desde entonces. Eso sí, como hacen las postales que se venden todavía a los turistas, hay que procurar que el enfoque visual deje a un lado el grupo de las dos horribles torres de veinte plantas que algún insensato alcalde de los años sesenta o setenta autorizó levantar al lado del Hotel Trías y que parecen amenazar con aplastar al venerable establecimiento. Como es natural, los barrios nuevos surgidos en segunda y sucesivas líneas de mar a lo largo de la bahía, hasta Sant Antoni de Calonge, son tan vulgares y anodinos como en cualquier otra población turística, pero el casco antiguo se conserva bastante incólume. Sólo el tipo de comercios ha cambiado y proliferan por doquier los restaurantes y bares de tapas. La personalidad marinera del viejo Palamós es tan fuerte que la turbamulta turística no ha podido destruirla. Algo que sólo cabe decir de contadas localidades de la costa mediterránea peninsular, como el ya citado Cadaqués, Sitges, Moraira y, en alguna medida, Denia.

Es muy curioso cómo funciona la memoria olfativa. Pasados casi sesenta años, Palamós está para mí asociado a una serie de olores que permanecen grabados en mi hipocampo, que es la parte del cerebro donde al parecer almacenamos ese tipo de recuerdos, de forma indeleble. Su calle Mayor, por ejemplo, es inseparable del aroma de unos pasteles de crema y merengue que elaboraba una pastelería hoy desaparecida, un perfume delicioso que, de buena mañana, se esparcía con profusión por buena parte de aquella céntrica calle. Luego, la explanada de la zona de la Murada, donde las mujeres remendaban las redes, estaba también poblada de viejas barcas abandonadas —algunas de considerable porte— que se iban degradando lentamente, desprendiendo un peculiar olor, mezcla de brea y de madera en descomposición. Los niños, traviesos por naturaleza, gustábamos de jugar a piratas en aquellos derelictos putrefactos, arriesgando nuestra integridad física. El barrio viejo de Padró, un dédalo de largas calles estrechas que ascienden desde la calle Mayor al promontorio y cala, hoy desaparecidos y sustituídos por la Marina deportiva, desprendía un intenso olor a corcho. En mis correrías por el barrio, podía observar cómo en prácticamente cada planta baja, con las puertas abiertas, mujeres y ancianos que no podían ya embarcarse en los pesqueros, manejaban cizallas que convertían las planchas de corcho en montañas de tapones para exportar a las zonas vinícolas de Francia. De regreso a la calle Mayor, casi cada día podía sentir los efluvios que desprendía la cocina del señor Conrad, en especial el de un gratinado que debía contener un ingrediente que nunca he logrado averiguar cuál era, pero que, aún ahora, si por casualidad llega de nuevo a mi pituitaria en cualquier calle de cualquier ciudad, me deja paralizado y embelesado en el recuerdo.

A esta memoria olfativa cabe añadir, finalmente, uno de los más peculiares: el de papel viejo. En Palamós nació mi idilio, que no ha hecho otra cosa que crecer a lo largo de los años, con los libros. A los seis o siete años descubrí una pequeña librería de lance en el citado barrio del Padró y, en ella, lo que para mí en aquel momento fue el hallazgo de un tesoro: los cuentos de Calleja. Todo el mundo conoce la frase hecha de tienes más cuento que Calleja,pero muchos ignoran su origen. Éste se remonta a las primeras décadas del siglo XX, cuando un modesto impresor de Quintanadueñas (Burgos) llamado Saturnino Calleja se estableció en Madrid e inició la publicación de libros de texto de coste económico y, sobre todo, de más de 3.000 títulos (con cerca de tres millones y medio de ejemplares en total) de cuentos infantiles en un formato minúsculo (7 por 5 centímetros solamente) inteligentemente ilustrados y a un módico precio. Supongo que la Guerra Civil puso punto final a aquel proyecto editorial y, por lo menos, en mi Barcelona natal nunca alcancé a ver un solo ejemplar de dichos libritos. Pero en Palamós, ¡azares del destino!, aquella librería de viejo contaba con una amplia provisión de aquellos maravillosos cuentos en los que me dejaba mi pequeña asignación semanal. Nunca he podido olvidar el olor intenso y especial de aquel oscuro y caótico establecimiento, al que creo que tanto debo.

 

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