NI ACCESIBILIDAD NI TRANSPARENCIA

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 06/12/2017

Llevo tres instancias y más de cinco meses pidiendo al Ayuntamiento de Barcelona la documentación que tomó en consideración para decidir la retirada del monumento de Antonio López. No hay manera. Para mi sorpresa, a finales de julio, el ente consistorial Consejo Asesor de Arte Público, adscrito al Museo Marés, me envió un correo electrónico titulado: “Pliego de prescripciones técnicas para el concurso de ideas para la resignificación y dinamización de la plaza Antonio López, de Barcelona”. Exponía los “Antecedentes” sobre quién propuso erigir el monumento, por qué derribaron la estatua en 1936, su reinstalación por parte del franquismo, la petición hecha en 2010 por CC.OO. y UGT de retirarla “debido al supuesto pasado esclavista de López” y la también petición de SOS Racismo de “rebautizar” la plaza. Y al final del folio, propone participar en el concurso de ideas para dar alternativas a dicho espacio público. Esto era todo. Ningún documento que avalase la decisión del Ayuntamiento.

Viendo que este era el cauce del consistorio para responder a mi petición, me pongo en contacto con la secretaría del Consejo Asesor Arte Público: una visita frustrada, dos significativas conversaciones telefónicas, varios correos electrónicos. Algo me queda claro: la decisión del Ayuntamiento estaría avalada por un investigador de reconocido prestigio y habían contactado con el historiador Martín Rodrigo Alharilla para que les facilitase bibliografía relacionada con mi demanda.  

En septiembre recibo una bibliografía acerca de “los dos primeros marqueses de Comillas”. Es para reír y llorar, después de quedarme perplejo. Me bastaba con el primer marqués y sólo lo que tuviese relación con la decisión de retirar su monumento. O sea, seguía sin la documentación concreta que había requerido al Ayuntamiento. Además, esa bibliografía era impropia de personas con cargos en entes de Arte y de Historia. Su listado consta sólo de obras anteriores a 2001, cuando fue después cuando más atención despertó lo relacionado con Antonio López y la esclavitud en Cuba. Todo indica que la bibliografía corresponde a la tesis doctoral de Martín Rodrigo Alharilla, a pesar de que el mismo ha publicado posteriormente varias obras monográficas o relacionadas con los indianos en Barcelona, en especial con quienes hicieron las Américas en Cuba. Es cuando me acuerdo de Nazario González S. J., profesor de Historia en la UAB, quien en una clase nos explicó la importancia de investigar con bibliografía muy actualizada, porque al cabo de algunos años siempre aparecen trabajos mejores sobre el mismo tema gracias a lo publicado más tarde y a los nuevos enfoques y hallazgos.

Vuelvo a insistir. Y Arte Público me remite el 31 de octubre una carta del catedrático de Historia Contemporánea (UB) Ricard Vinyes, Comisionado de Programas de Memoria del Ayuntamiento de Barcelona. Aporta argumentos de legitimidad y de índole política para justificar la decisión tomada en mayo por el Ayuntamiento contra Antonio López. ¿Documentación?, ninguna. Aprovecho la ocasión para pedírsela al Comisionado de Programas de la Memoria. Viendo que se han olvidado de contestarme, les vuelvo a telefonear un mes después. Me proponen una reunión el próximo 17 de enero. Aunque insisto, no consigo que se celebre antes. Frustración y enfado, pero acepto. Es lo que hay si topas con entes públicos que incluso blasonan de accesibilidad y trasparencia informativa. Habrá pasado casi medio año para cuando quizás logre el primer documento o informe concreto que avale la decisión del Ayuntamiento de retirar Antonio López del espacio urbano. Según me dijo un cargo público, no menor, este dar largas a mi petición indicaría que todavía no tienen nada que entregarme. Desde luego. Una ridícula bibliografía, los “antecedentes” del monumento y las peticiones, sin documentación adjunta, de los sindicatos y SOS-Racismo, es todo lo que he recibido hasta hoy del Ayuntamiento.  

Mi libro sobre la imagen del Marqués de Comillas tendrá que esperar, a falta sólo la documentación relacionada con el Ayuntamiento. Pero ciñéndome a lo que está sobre mi mesa, no espero más. Escribo esta previa sobre las acusaciones precipitadas del Ayuntamiento de Barcelona contra Antonio López que han supuesto la decisión de retirarle la estatua y el nombre de la plaza. El texto que me envió Arte Público Urbano no aporta nada sustancial. Me pone en “Antecedentes” respecto a la historia de la escultura y las peticiones hechas por los dos sindicatos mayoritarios y por SOS Racimo. Como ya analicé y critiqué las acusaciones de estos últimos (Naucher-Global, 10-09-2017), me centro ahora en los errores y en la demagogia que aparecen en el folio enviado por Arte Público.

Traduzco tal cual: “La nombrada escultura se construyó (…) a solicitud de los vecinos de la Plaza de San Agustín. El Ayuntamiento reformó la plaza y erigió el monumento al Marqués de Comillas sobre un pedestal de mármol con bajorrelieves…”  Todo falso. El nombre de la plaza que guarda relación con el monumento es otra; la iniciativa para modelar y fabricar la estatua (bronce) no fue de los vecinos; el Ayuntamiento no reformó la plaza ni erigió el monumento, sólo lo aprobó; y el pedestal no es de mármol, aunque sí sus bajorrelieves, pero esto último es un tiquismiquis que aquí no viene a cuento.

El monumento y plaza a Antonio López está bien documentado. En el Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona hay un espléndido dosier al respecto (1883-84), y pliegos de después de la Guerra Civil sobre la colocación de la nueva estatua, esculpida por Frederic Mares. La iniciativa de denominar una plaza con el nombre de Antonio López correspondió a la patronal catalana (Instituto del Fomento del Trabajo y de la Producción), que la aprobó cuatro meses después de morir Antonio López, porque: “Sin ser catalán, no vaciló en fijar su residencia en Barcelona, procurando por todos sus poderosos medios que estaban a su alcance, el fomento de la Industria, del Comercio y de las Artes”.

Una comisión de Fomento presentó la propuesta al Ayuntamiento pidiendo que “se diese el nombre del mismo [Antonio López] a una de las plazas de esta capital, como débil muestra de gratitud a lo mucho que Barcelona debe a tan insigne ciudadano.” El alcalde Rius i Taulet la aprobó tres días después. La Plaza San Sebastián fue renombrada Antonio López, aduciéndose que habían desaparecido el convento y la iglesia a los que debía su denominación. Los vecinos de dicha plaza, al enterarse “con gran satisfacción” de la decisión del Consistorio, le envían una carta para mostrar su aprobación. La Plaza San Agustín no me aparece relacionada con este asunto y, en todo caso, sería algo secundario. 

Por esos días también se había creado una comisión para patrocinar la erección del monumento que ensalzara al personaje y embelleciera la plaza. Lo aceptan Fomento y el Ayuntamiento, máxime éste último porque le salía barato mejorar ese espacio público: “Deben hacer constar que la corporación municipal no tendrá que contribuir a los gastos que origine la ornamentación de la plaza y el monumento (…) todos ellos serán por cuenta de los suscritos y de otros amigos y admiradores de Antonio López” (28-05-1883). No fueron los vecinos de esta o aquella plaza ni la Alcaldía quienes tomaron la iniciativa ni pagaron estos homenajes, sino los más ricos y poderosos… los prohombres de la ciudad.

 El presidente de la comisión ejecutiva fue nada menos que Manuel Girona Agrafel y los vocales: José Ferrer Vidal, Evaristo Arnús, García de Pinillos, Sotolongo, Robert, Pons… así todos hasta veinticuatro. ¡Quién!, salvo ellos podían pagar de sus bolsillos las 162.070 pesetas presupuestadas ya sólo para el monumento (costó 22.000 pesetas menos). Todo a lo caro. La espectacular estatua de bronce de 3,42 metros de altura valía 60.000 pesetas, pues era la primera vez que para Barcelona se fundía una de tales proporciones. La de Colón es de 7,2 mts. (1888). Y había que pagar bien a dos consagrados profesionales: al escultor Venancio Vallmitjana y al arquitecto José Oriol Mestres, también al fundidor Francisco Usich (talleres Pedro Mir) y a los cuatro artistas que acometieron los cuatro bajorrelieves de mármol. ¡Cómo para pasar la gorra entre los vecinos de la plaza recabando calderilla!

El monumento, por su actual ubicación y pérdida de atributos, es una sombra de lo fue. No sólo porque la estatua esculpida por Marés es un remedo, jibarizado en piedra, de la imponente de bronce. Contaba con verja, y candelabros de hierro fundido, ocho coronas en bronce con hojas de roble y laurel entrelazadas de dos en dos. De algún modo era un pequeño contrapunto (13,5 mts.) al monumento de Colón (57 mts.). Ambas estatuas quedaron alineadas hasta 1936 en farolas los paseos de Colón y de Isabel II.

La primera piedra se puso ese mismo año con gran solemnidad, coincidiendo con la festividad de la Merced. Y con todo el boato de alcalde Rius i Taulet, gobernador, obispo, miembros de la comisión, más Alejo y Manuel Vidal-Quadras, Joaquín Carreras… No faltó nadie. Al revés que en su deslucida inauguración el 13-09-1884. Menos discursos y presencia mínima por culpa de la epidemia de cólera mórbido asiático. Viene a cuento este apunte de historia local, porque para volver a echar abajo a Antonio López debería haber una razón poderosa capaz de enmendar la plana al Ayuntamiento que entonces le homenajeó agradecido por su contribución a la ciudad y que incluso le editó un panegírico cuando falleció.

Y peor vamos si el siguiente párrafo del texto enviado por Arte Público (Ayuntamiento) explica el derribo de la estatua en la Guerra Civil en los siguientes términos.

“En 1936, durante los primeros días de la guerra civil, la escultura va a ser destruida a causa de la animadversión popular hacia el personaje homenajeado y hacia el monumento mismo que se le denominaba “El negro Domingo”.

Son menos de tres líneas. Suficientes para ir desbrozando la decisión de retirar a Antonio López de la vista y del nomenclátor aduciendo el rechazo popular y la acusación de que fue negrero. La frase es tendenciosamente falsa. Para empezar por lo menos grave, el monumento no era denominado El negro Domingo, salvo por los iniciados en la leyenda negra basada en el libro del resentido Francisco Bru, cuñado del Marqués de Comillas, quien le acusa de ser un negrero de la peor calaña. Por lo que a mí me consta por estar vinculado al puerto, a las navieras y agencias marítimas que había en la zona, y por mis estudios y profesión de marino mercante… jamás desde 1973 he oído a nadie mofarse de la escultura de este naviero, fundador de la Cía. Trasatlántica; y hasta recientemente ni lo había leído. Dudo que, en los 133 años de historia del monumento, la mayoría de los Barceloneses supieran que la estatua tuviese semejante apodo y que la denigrasen así por su presunta relación con el tráfico de esclavos.

Ni se sabe con certeza el origen del mote “El negro Domingo”. Hay quien lo relaciona con alguna habanera. ¡Vete tú a saber! Pero ha acabado siendo un símil de negrero atribuido por algunos a la estatua de Antonio López y, por ende, a él mismo. Siendo en los últimos años cuando más se ha “popularizado” el vituperio, debido a la polémica sobre el pasado esclavista de Barcelona, de algunos de sus indianos y en especial del Marqués de Comillas.

Quienes le consideran negrero, indefectiblemente señalan que la estatua era conocida con el apelativo El negro Domingo. Y la reciente creación de la ruta: “La herencia de la esclavitud en Barcelona”, incluida en las guías turísticas, incide en lo mismo hasta lograr la posverdad de que la estatua era popularmente denominada El negro Domingo. Pura propaganda para que popularmente cale en la ciudadanía la “certeza” de que Antonio López fue un traficante de esclavos.

Puestos a denostarle, ya vale todo después de dos décadas de zarandear su imagen. Hasta he leído que pusieron la estatua de espaldas al mar porque se hacía así con las efigies de los marinos, navieros y demás personajes que tenían un pasado negrero. Entonces no sé qué hace la estatua de toda la vida de Juan Sebastián Elcano en Guetaria (1888) de espaldas al mar y mirando la taberna. La de Antonio López se orientó en 1884 para que tuviese la mayor visibilidad desde su plaza y sus aledañas calles Consulado, Merced, Fustería y Bilbao (antes del Plan Reforma que abrió la Vía Layetana, 1907).

Más enjundia tiene en el texto de Arte Público la afirmación: “La escultura fue destruida a consecuencia de la animadversión popular hacia el personaje homenajeado y hacia su monumento”. Es tendenciosamente falso. Los sentimientos revanchistas de una minoría revolucionaria no tienen por qué corresponderse con el sentir generalizado de las clases populares y, menos aún, con los del conjunto de la población.

 La estatua del Marqués de Comillas fue derribada porque las milicias controlaban las calles de Barcelona al extremo de desatar su prepotencia contra todo aquello que representase valores opuestos a los suyos. Es una tosca argucia justificar tamaños desmanes de 1936 aduciendo que expresaban la animadversión popular. No, los milicianos hicieron la suya porque nadie les iba a chistar, toda vez que tenían las armas en la mano y el poder político en los comités que dictaban la revolución y combatían a Franco.

Nadie habría tirado la estatua de Antonio López si lo hubiese decidido el sentir popular de los barceloneses. Como tampoco habría sido derribada por animadversión popular la estatua ecuestre del general Prim, líder de la progresista Revolución Gloriosa (1868) y de la primera Constitución democrática de España. Lo mismo vale para la estatua de la Virgen de la Merced que coronaba la cúpula de su Basílica.

La represión brutal, en un contexto bélico, dejaba a la mayoría de la población aterida de miedo. Poca animadversión popular hubo en la mayoría de los desmanes de este tipo y peores cometidos por ambos bandos durante la Guerra Civil. Un ejemplo palmario es la iglesia parroquial de Santa María de Puigcerdá, derrocada a ¡pico y pala!, salvo la torre, por El Cojo de Málaga y sus milicias anarquistas. ¿Animadversión de los puigcerdanesos a su iglesia parroquial? ¿Acaso les preguntaron si querían convertirla en una plaza? Claro que no. Hay que distinguir entre animadversión popular y animadversión populista. Ser honestos. Y no justificar tales tropelías recurriendo a los sentimientos de la población para encubrir el anticlericalismo de algunos o, en el caso de Antonio López, la intolerancia radical de quienes tuvieron patente de corso para laminar los símbolos que no comulgasen con sus principios revolucionarios.  

El texto enviado por Arte Público asume sin cortapisas el argumento de la animadversión popular. Lo da por cierto y subrepticiamente, o a rebufo, lo expone como antecedente para respaldar lo justificado que está la decisión de retirar la estatua de Antonio López. Ahora consiste en quitar la imagen del Marqués de Comillas por cauces democráticos. La animadversión sería hoy por parte de los sindicatos, SOS-Racismo y partidos contestarios e independentistas. Y la decisión la tomaría legítimamente el Ayuntamiento. Falta por ver si está avalada por argumentos sólidos y documentos concretos. No lo sé, por ahora.     

 

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