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MOBY DICK, HERMAN MELVILLE: 'LLAMADME ISHMAEL'

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 1 21/05/2017

Así como en este mundo hay tres tipos de personas –los que saben contar y los que no- hay también dos tipos de lectores: los que han disfrutado como gorrino en charco con la obra más famosa de Melville, y a quienes se atragantó alguna de las singladuras. No, no se avergüence si está en el segundo de los grupos. No es necesario que busque terapia de inmediato o acuda a Lectores Anónimos. A todos nos ha pasado alguna vez que un libro comúnmente considerado como una obra maestra, de esos quee los pedantes clasifican como imprescindibles, se nos haga un ladrillo. Esto generalmente se debe a uno de estos motivos: o el libro realmente era un peñazo (pasa frecuentemente) o, como dice Umberto Eco, las hierbas que son buenas para un viejo franciscano no lo son para un joven benedictino, y el libro llamó a su corazón en el momento equivocado.

Dado un estudiante de ESO infinito con densidad de carga superficial uniforme (es decir un chaval teórico, es sabido que los de verdad no leen jamás) que afirmara haber disfrutado de Salgari, de Verne, de Tolkien,… ¿Qué podríamos recomendarle, aparte de que deje de perder tan miserablemente el tiempo y se ponga a jugar al Clash of Clans si no quiere ser considerado un bicho raro?  Moby Dick es una gran tentación. Aventuras en la mar, que gran tema. Pasión, una venganza. Quizás uno de los mejores villanos, y me refiero a Ahab y no a una ballena que simboliza al fatum, al que sólo los locos y los marinos osan enfrentarse.

Pero Moby Dick no es (sólo) una novela de aventuras. Como en Chaqueta Blanca, obra considerada como menor del mismo autor pero que a mí me encanta, lo importante no es la historia en sí, sino cada una de las estaciones del Vía Crucis.  El libro describe diferentes rutinas en la vida de un marinero y la vida a bordo de una fragata: el rancho, la tempestad, la muerte. Moby Dick es el descenso a los infiernos de un joven inocente… pero no voy a ofender su inteligencia explicando un guión que todo el mundo conoce. Quiero simplemente pedirle que, además de un viaje sin esperanza, piense si no es también una galería de cuadros, en la que cada uno no solo cuenta una historia, sino también un sentimiento. Haga eso que tanto odian los autores: abra el libro por la mitad, y lea un capítulo. Quizás encuentre cuando Queequeg el salvaje implora una canoa por no saber decir ataúd, sin saber que su inocencia brutal busca la barca de Caronte de la misma forma que abraza en medio de la noche a nuestro horrorizado Ishmael: sin pensar, como los niños que serán los únicos que entrarán en el reino de los cielos. O cuando el párroco en la misa marinera congrega al puñado de fieles a la voz de babor y estribor de guardia y les habla no de cielo e infierno, sino de barcos y mar, que viene a ser lo mismo.

Moby Dick no es una novela de aeropuerto, diseñada para pasar una tarde agradable mientras la devoramos de un tirón. Cada uno de sus “actos” es muchas veces a la par que denso casi auto-conclusivo, y bien puede saborearse a sorbos y dejar reposar, como el vino bueno. No es una obra coral: muy pocos personajes, y gran parte sucede en el mismo escenario. Pero son muchos los temas sobre los que nos hace reflexionar Melville.

Y perdón por el spoiler, pero comprenda que el final no puede ser colorín colorado y comieron perdices, sino la destrucción no solo de tu ser, sino incluso de tu sueño, reservada a quienes desafían a una autoridad que nos ha sido impuesta por la misma naturaleza. O de quienes se ven simplemente encadenados a su camino. Abandone toda esperanza de otro final, pues no hay otro que el que nos espera a usted, a mí, a los hijos de Caín… ¿O no? Lea el libro y deme su opinión, se lo ruego, pues la mía sigue confusa tras mucho haber meditado sobre esas páginas.

Amor de verdad es aquel que nada pide y espera por siempre, y un libro jamás te abandonará, aunque lo dejes largos años en una estantería. Así que deje usted esta pobre reseña, que de hecho ya termina, y vuelva a leer al maestro que le llegó quizás demasiado pronto. De usted otra oportunidad a aquel clásico, sea este o cual sea. Puede que siga siendo un tostón… puede que ahora, y digo ahora mismo, sea el momento adecuado.

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