LIBROS ESCRITOS EN PIEDRA Y VINO

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MIGUEL ACEYTUNO 03/02/2019

A menudo la gente me pregunta que calamitoso percance lleva a personas aparentemente normales, incluso socialmente integradas, a caer en el triste e ingrato vicio de escribir. En ni humilde caso reconozco un punto de vanidad (todos tenemos nuestro ego, pero en fin, también es una forma de hacer amigos), el aburrimiento (no tengo televisión y las tardes de invierno se hacen largas), pero sobre todo la necesidad de contar lo que he leído.

Ya lo decía el maestro Borges: no hay que estar orgulloso de lo que escribes, sino de lo que lees. Y no solo en tinta sobre papel: el buen marino lee las olas, las nubes y el viento antes de dar un beso a la mujer, de esos que sabes que pueden ser el último. Luego marchará a largar amarras, sin querer pensar en aquello que mal hijo y buen marino mueren lejos.

Claro, hoy en día llevamos la meteo en el móvil, instalada entre el Wasap y el Candy Crush. Y realmente es más fiable que palabra de contramaestre viejo. Pero no es lo mismo. Es comparar, pongamos, como ir leyendo en el metro los estados que van apareciendo en Facebook o intentar ver historias en los rostros de esos perfectos desconocidos que a nuestro lado comparten unos minutos de sus vidas.  Haga un experimento: guarde mañana su móvil camino del trabajo. Verá que divertido.

Permita así que le hable pues de un libro maravilloso que leí este fin de semana.

* **

Los historiadores están de acuerdo en llamar a Pedro III el grande. Sin querer desmerecer su gloria, yo quisiera proponer el sobrenombre de El Bien Servido. Si el tridente de Neptuno es el cetro que domina al mundo, Pedro no tuvo menos a su lado que al legendario Roger de Llúria. Sí, ese que dijo a Bernat Desclot:

Ne sol hom pens que galera ne altre vexell gos anar sobre mar, menys de guiatge del rey d'Arago; ne encara no solament galera, ne leny, mas no creu que nengun peix se gos alçar sobre mar, si o porta hun escut o senyal del rey d'Arago en la coha, per mostrar guiatge de aquell noble senyor, lo rey d'Arago e de Cecilia.

Otro ejemplo: Vea usted el Atlas Catalán de Abraham Cresques. Muestra todo el mundo conocido en su época, centrado en el Mediterráneo.  Mire usted en los rincones más lejanos y encontrará una enseña a barras blancas y azules: la bandera del Almirante.

Pedro III duerme por siempre en Santes Creus, más chulo que un ocho enterrado en una bañera de pórfido. Eso es marchar de este mundo con estilo. El Almirante quiso servirle en la muerte como le había servido en la vida, y quedar a sus pies en una lápida sencilla y baja, que quién pasara pudiera pisar.

No solo eso mandó el Almirante en su codicilio: quiso también que sus hombres se reunieran una vez al año, en el aniversario de su muerte, y celebraran una pitanza en su honor. Pagada de su bolsillo: especificó que quedaran al efecto unos terrenos en Mallorca. Así, pensó, mientras mis hombres se reúnan alrededor de una mesa, con buena comida y bebida, jamás olvidarán todo lo que fueron, que es la clave para que recuerden todo lo que pueden volver a hacer.

Y así lo seguimos haciendo.

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Nos llamamos Germans de la Costa. Somos personas muy diferentes, pero nos une que sobre todas las cosas amamos y respetamos a todos los hombres de buena voluntad que surcan las olas, sea cual sea su origen. Llegado el aniversario de la muerte de Roger de Llúria nos encontramos al lado de la mar, y procuramos marchar juntos, que hace mejor el camino. La visita es siempre la misma: Tan pronto como llegamos a Santes Creus vamos a la tumba del Almirante y le ofrecemos un ramo de flores, para presentarle nuestros respetos, y leñe, que sepa que aquí estamos.  Damos después un paseo por el claustro, maravillándonos de su belleza y de la riqueza y sabiduría de nuestros mayores. Hace frío a finales de enero, aniversario de la muerte del Almirante, pero no nos apresuramos, que la vista salta a todos los rincones y falta tiempo para apreciar los edificios. Los que han venido más veces muestran a los que vienen por primera vez rincones ocultos: que si la marca de un cantero, la función original de una estructura mil veces reconstruida, gastadas tumbas de poderosos señores a los que el tiempo ha arrebatado hasta el nombre. Juguetones, nos gusta completar el paseo golpeando una cruz de piedra con un guijarro para escuchar su mágico sonido metálico.

Finalmente cumplimos la orden del Almirante: nos sentamos alrededor de una mesa y celebramos alegres la pitanza. Es el momento de recordar viejas historias y viejos amigos que ya zarparon,  y de hacer planes para nuevas singladuras. No es mi costumbre tomar vino con las comidas, pero esos días lo piden, que la compañía es alegre y la charla maravillosa. Y qué caramba, como dice el refrán, marino que no bebe no es de fiar. Me gustaría imaginar que Roger de Llúria puede vernos de alguna forma, y ríe contento viendo como algo de aquellos hombres suyos que surcando las olas conquistaron todo el mar conocido sigue, y seguirá mientras sigamos levantando nuestro vaso.

La única diferencia entre un hombre al que los años han dado aventuras y sabiduría y un libro es que la vida tiende a cerrarnos, y los libros están abiertos siempre que los necesitamos. Lea. Lea usted la sabiduría de los mayores antes de que marchen allá donde el viento siempre viene de un suave través. Por favor, se lo ruego: lea, lea antes de que sea tarde, antes de que tenga que arrepentirse, que estos libros maravillosos un día no se pueden abrir más. Y cuando sea mayor escriba con sus palabras y sus acciones en los más jovenes. Para que la sabiduría de nuestros mayores y el deseo de Roger de Lúria no se pierdan.

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