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LIBROS DE NUESTROS PADRES

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 1 30/06/2017

Vamos a hablar hoy de un libro que si usted es profesional de la navegación ha tenido infinidad de veces en sus manos, tanto en su época de estudiante como a lo largo de su carrera, pero que si yo ahora subiera a bordo y se lo pidiera probablemente terminaría usted rascándose la cabeza y mandando buscar al agregado, a ver si el chaval sabe dónde demonios lo hemos guardado. Y no me refiero a la Santa Biblia.

MI sobrino me enseñaba el otro día confidencialmente (shh que no se entere su madre) las chuletas que tenía preparadas para el examen de mates. Chico listo las ha preparado muy bien, pero me dolía ver que eran simplemente recetarios para resolver problemas cuyo fondo no se le explica.  Sabe qué son senos y cosenos, y resolver triángulos, pero nadie le ha dicho que todo eso se inventó para crear mapas, para medir el mundo.  No le culpo: bastante tiene con empollar el panzón de libros que trae del cole. Pero algo me dice que no estamos haciendo las cosas bien.

Me comentaba un capitán que ya peina canas que se siente más cerca de Colón que de los puentes actuales. Que en su opinión hoy en día el Senyor de la Nau es cada vez más un chivo expiatorio cuando se lía pardísima, pues el piloto realmente es un ordenador. Y gracias: en cuatro días a bordo solo llevaremos a una persona, que será el vigilante de seguridad.  Es por eso que hemos de ser muy cuidadosos al formar a la generación que viene detrás de nosotros. Los conocimientos técnicos son cada vez más complejos, lo que nos lleva a necesitar  especialistas. Por otra parte las tripulaciones son cada vez más reducidas, con lo que tienen que hacer de hombre orquesta. Antes de añadir una asignatura al plan de estudios hemos de valorar muy mucho si vale el esfuerzo y la presión que vamos a exigir a los chavales, que bastante se lo curran y encima les hemos cambiado el bar de la facultad por cuatro máquinas de vending.

Actualmente gente mucho más profesional y preparada que quien suscribe está enzarzada en un debate mucho más importante de lo que parece. ¿Hemos de enseñar a navegar a los futuros navegantes? Durante diez años los oficiales de la armada de los Estados Unidos salían graduados sin saber que era un sextante, y solo el año pasado se ha vuelto a añadir al plan de estudios… por miedo a los ciberataques. Está claro que el mundo avanza, y pretender anclarse en el pasado por miedo o romanticismo es la muerte. Por otra parte, esta evolución nos hacer perder el fondo de las cosas. Las calculadoras hacen que casi no recordemos sumar o restar, y los correctores ortográficos que olvidemos la ortografía.

No quiero entrar en temas técnicos. No estoy cualificado. Pero quiero hablarles de un libro que para mí es muy importante. Se llama ALMANAQUE NAUTICO. Una persona muy sabia lo abrió para mí, y me explicó que aquella árida e inútil trigonometría que tuve que tragar en el cole realmente estaba llena de poesía. A su vez, maestros que ya hace tiempo pasaron, si fuera el caso, por la puerta de Pedro, que también era marinero, se la explicaron a él. Y así hasta que Alonso de Chaves y Alonso de Santa Cruz se sentaron con una botella de vino fino y una tapita de cazón en adobo diciendo a ver qué día de estos inventamos la loxodrómica y la ortodrómica, pardiez, que esto de ir y venir de las Yndias es marear recio. O aquel tipo tan listo, el primer piloto, que se sentó una noche preguntándose por que todas las estrellas bailaban alrededor de una. Debe ser la estrella reina, decían los magos de la tribu. Ya, claro, reflexionaba él. Pero algo, algo tiene que significar. Mira, voy a llamarla “Norte”.

Sé que usted me entiende. No podemos enviar a esos chavales ahí afuera solo con cálculos de estiba y el RIPA. Sería una putada demasiado gorda. No es porque las rectas de altura sean útiles: simplemente si los chicos no saben de dónde vienen, jamás podrán saber donde tienen que ir. Si solo creamos especialistas, las máquinas nos van a devorar en pocos años, jamás podremos competir contra un sistema experto. ¿Recuerda aquellos viejos capitanes que jamás perdían la cara? ¿Qué hasta que no se les mojaba el tabaco parecía siempre que todo lo tenían bajo control? Se esforzaron mucho en que usted aprendiera, en que fuera el hombre que es. No puede dejar ahora que se rompa esa cadena de conocimiento.

Venga, rebusque, leñe. Tiene que estar en algún rincón lleno de polvo. Ese viejo sextante. Coja el Almanaque Náutico y busque a un chaval. Arránquele el móvil de las manos, llévele a rastras hasta donde haya horizonte, espere al mediodía, y no le suelte del cogote hasta que al menos haya calculado la meridiana. Luego invítele a una cerveza, y explíquele que si ha fallado unas cuantas millas no es importante. Lo realmente brutal que te enseña este libro es que todos los ordenadores del mundo se sostienen no sobre algoritmos abstractos, sino sobre la sabiduría de nuestros mayores. El día que los olvidemos habremos olvidado no el cómo, sino el por qué de las cosas.

Y hablemos del autor del libro. Se encuentra en San Fernando, la tierra de mi padre.  Aparte de cazón en adobo, pescaito frito, y un levante que te pilla cincuenta nudos a la que te descuidas tiene ese maravilloso pueblo algo realmente excepcional: El Real Observatorio de la Armada que publica ese libro desde 1792.  

Viene el verano, época de vacaciones. Permita que le recomiende un viaje a través del tiempo y del espacio. Cristina María Pita, la guía, le dará un paseo maravilloso por el pasado y el futuro. Primero verá la blblioteca: Kepler, Galileo, Newton, Jorge Juan. Después el telescopio desde el que Cecilio Pujazón cartografió por primera vez un trocito de cielo. Y finalmente los servidores que dan la hora al ordenador desde el que lee estas líneas. La cosa ha mejorado: hace nada dejaban caer una bola del techo para dar la hora exacta. Y todo eso no lo debemos a una tecnología que no comprendemos, sino a los grandes que sí que la entendieron.

De un paseo después por la Alameda, hágase servir un chato de vino… y brinde por la sabiduría de aquellos mayores. Que no se pierda.

 

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