LA ROSA DE ALEJANDRÍA

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NAUCHERglobal, Juan Zamora 12/09/2013

Hace casi 20 años, Manuel Vázquez Montalbán publicaba “La rosa de Alejandría” (Editorial Planeta, Barcelona, 1984), una novela en la que el gran escritor acometía la creación de una obra ambientada en un buque mercante (de nombre LA ROSA DE ALEJANDRÍA, precisamente), y con personajes que ejercían su profesión a bordo. Una novela marítima.

La incursión de Vázquez Montalbán en el mundo marítimo dio como resultado una obra más compleja de lo que era usual en las novelas de la serie Carvalho, el cínico detective privado que observa las miserias de la sociedad mientras practica la mejor gastronomía posible.

La trama de "La rosa de Alejandría" se inicia con la aparición de una mujer descuartizada en la parte alta de Barcelona. La novia de Pepe Carvalho, la inefable Charo, le pide que investigue el crimen al margen de las pesquisas policiales.

Como es habitual en las aventuras de Carvalho, la novela avanza al compás de los hallazgos y descubrimientos del detective. La mujer asesinada, Encarnita, murciana de pro, casada y aburrida, venía regularmente a Barcelona para ser visitada por un médico especialista, aunque en realidad esa era la excusa para encontrarse en la ciudad con un viejo amor, piloto de LA ROSA DE ALEJANDRÍA, aprovechando las escalas regulares del carguero tras sus periplos por los puertos del Caribe. Ginés, el piloto, golpea violentamente a la mujer al enterarse que ésta, mientras espera la llegada del buque, ejerce de “belle de jour” en un prostíbulo de Pedralbes.

LA ROSA DE ALEJANDRÍA sale a viaje con Ginesico abrumado por la sospecha de que ha matado a Encarna. Pero no fue él, sino el capitán del buque, un sarasa que en la soledad de su camarote se dedica a cantar boleros disfrazado de cupletera, quien remató y descuartizó a la mujer para evitar que denunciara a Ginés, su amor platónico, ante la policía.

Como en todas las novelas de Carvalho, Vázquez Montalbán utiliza el relato para retratar la sordidez que late en las relaciones sociales y desvelar las múltiples máscaras que utiliza la hipocresía para enmascaran la codicia, el miedo, la mentira, la explotación y el desprecio a la vida ajena, o sea eso que llamamos moral dominante. El título de la novela, La Rosa de Alejandría, blanca de noche, colorada de día, alude a la doblez de la realidad (doctor Jeckill y mister Hide), y al papel de la mujer asesinada, beata en la santa Murcia y furcia en Barcelona, la canalla.

Para escribir la novela con conocimiento de causa, Vázquez Montalbán se compró en la Librería Robinson de Madrid una batería de libros náuticos, el espeso tratado de maniobra de Barbudo Duarte entre ellos, que habrían de documentarle sobre la vida en un mercante y al tiempo darle a conocer el vocabulario específico de la profesión.

Hizo también otra cosa. Me propuso que nos viéramos en un conocido bar de la Rambla y nos dejó leer (al encuentro me acompañó Cecilio Pineda), la escena en que LA ROSA DE ALEJANDRÍA realiza la maniobra de salida de Port Spain, algo menos de dos hojas escritas a máquina por una sola cara, con las líneas muy espaciadas a fin de permitir correcciones a mano.

Recuerdo que encontramos algunos errores, que le señalamos, y Vázquez Montalbán, con la presteza que caracteriza su literatura, decidió tachar varias líneas de esa escena. Allí nos contó su visita a Iñaki Uranga, el marino que montó y dirigió la librería Robinson hasta hace unos meses, en que optó por jubilarse, y sus apresuradas lecturas técnico marítimas, que sólo habían de servirle, en verdad, para algo más de una página de la novela.

Huelga decir que la confianza de un autor a quien admirábamos profundamente (Manuel Vázquez Montalbán falleció en octubre de 2003, pronto hará diez años), dejándonos leer un original y obrando ante nuestros ojos, mostrándonos su forma de escribir y cómo se documentaba, dejó impresionado a Cecilio Pineda. Y también a mí, que había sido su discípulo y su colega en la revista Triunfo, y que muchas veces añoro la lucidez crítica del periodista Vázquez Montalbán, cuyo lugar en la prensa, un referente de honradez e inteligencia, ha quedado desierto.

 

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