LA EXTRAÑA HISTORIA DEL GRAN BARCO DE HIELO

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NAUCHERglobal. Joan Cortada 1 10/10/2017

Cuenta la leyenda que cierta tarde de 1942, en que Winston Churchill se encontraba tomando un baño caliente para relajarse de las tensiones de la Guerra Mundial en curso, el vicealmirante Lord Louis Mountbatten se presentó en la estancia y arrojó a la bañera un gran cubo de hielo de extraño color pardo diciendo: “Aquí le presento un material que va a cambiar el curso de la guerra”. El Premier y Mountbatten, en los minutos siguientes, contemplaron como el pedazo de hielo flotaba en el agua sin deshacerse.

Churchill era un hombre excepcional en muchos sentidos y, entre sus cualidades, destacaba el de tener una mente siempre abierta a cualquier innovación o proyecto, por osado que éste fuese, pero que pudiera resultar de utilidad a sus objetivos, que en aquel momento no eran otros que el de obtener la victoria sobre la Alemania de Hitler y el consiguiente esfuerzo de guerra.

Para ésto último, era indispensable conjurar la amenaza de los submarinos alemanes sobre los incesantes convoyes marítimos entre América del Norte y la Gran Bretaña. La cobertura aérea, tanto la que tenía como base las propias Islas Británicas como la que podían ofrecer Canadá o Islandia, dejaba desprotegida una amplia zona del Atlántico Central, entre el sur de Groenlandia y Terranova. La construcción de nuevos portaaviones convencionales requería tiempo y grandes cantidades de acero. De ahí surgió la idea de construir un enorme portaaviones de hielo.

El autor intelectual del proyecto, que recibió el nombre clave de “Habbakuk”, era un tipo curioso, por no calificarle de excéntrico o incluso de estrafalario. Se llamaba Geoffrey Nathaniel Pyke, un judío inglés que había ya destacado con anterioridad por otros inventos, en especial por un tipo de trineo motorizado que el ejército americano adquirió y perfeccionó bajo el nombre de vehículo M29. Un compatriota suyo, Lord Zuckerman lo calificó de la forma siguiente: “No es un científico, pero tiene una imaginación viva e incontrolable, aparte de una lengua absolutamente desinhibida” Cualidad ésta última que a buen seguro no le debió ayudar mucho a ganar respetabilidad y amigos en la vida. A ello contribuía su apariencia externa, desgarbada en grado sumo: alto y muy delgado, con largas barbas desaliñadas, indicios de no haberse duchado en dias e indumentaria casi andrajosa.

El caso fue que Churchill y Mountbatten, quizás acuciados por la necesidad, depositaron un cierto margen de confianza en el proyecto de Pyke. En especial, merced al invento que éste les presento: la Pykrite (combinación de su propio apellido y del vocablo inglés —concrete— para designar al hormigón). ¿En qué consistía la Pikrita?  Era algo tan simple como hielo compuesto de un 86% de agua y un 14% de pulpa de madera. El material resultante tenía una dureza similar o superior al del hormigón y además, esa era su gran cualidad, tardaba mucho más en fundirse que el hielo normal. Aquel era el tipo de material que Lord Mountbatten arrojó a la bañera del Primer Ministro.

Se destinó un presupuesto inicial de 700.000 libras esterlinas al desarrollo del proyecto. Por razones de climatología, buscando un lugar frío y discreto, se decidió construir un prototipo de 18 metros de eslora y 9 de manga en un recóndito lago canadiense. En un memorándum, Churchill enfatizó el aspecto económico de la construcción del portaaviones de hielo, al considerar que “El esquema sólo posible si conseguimos que la naturaleza haga la mayor parte del trabajo, usando como materia prima agua de mar y la baja temperatura”·

Resulta casi sobrecogedor imaginar siquiera las proporciones involucradas en aquella fantástica idea. Aparte de las colosales cifras antes mencionadas de eslora, manga y desplazamiento del futuro barco, cabe añadir que el grosor de las planchas de Pikrita que debían formar su casco era de...¡13 metros! Para construirlas, se confiaba en obtener 1.700.000 toneladas de dicho material durante un sólo invierno en el norte de Canadá, aprovechando las bajas temperaturas imperantes en la zona. Se precisarían, además, 300.000 toneladas de serrín o pulpa de madera, 25.000 toneladas de tableros de fibra aislante de recubrimiento interior, 35.000 toneladas de madera y 10.000 toneladas de acero. El coste de construcción del portaaviones se estimaba en 10.000.000 de libras.

Naturalmente, con tal espesor del casco, el barco resultaría casi inmune a impactos de torpedos o balas del cañon más potente, los cuales se estimaba producirían como mucho un simple “rasguño” de hasta 60 centímetros de profundidad y 7 metros de diámetro, fácilmente reparable.  En el interior de la nave, se debía montar una planta refrigeradora que, a través de una red capilar de conductos metálicos, mantuviese el casco a –16 grados centígrados. Para evitar el calor desprendido por una máquina propulsora convencional, el portaaviones navegaría mediante 26 motores externos situados a lo largo del casco, algo semejante a los motores de aviación que son suspendidos de las alas de una aeronave. Dichos motores le permitirían alcanzar la modesta velocidad de 7 nudos. La capacidad operativa era de un centenar de aviones de caza y otro tanto de bombarderos pero, como no parecía posible protegerlos en hangares bajo cubierta, resultaba necesario prever una considerable cobertura de artillería antiaérea frente a eventuales ataques de la aviación enemiga.

Desgraciadamente para Pyke, el coste de la construcción de su prototipo se disparó más de la cuenta, lo cual llevó a los británicos y canadienses  a solicitar financiación adicional a Estados Unidos. El gobierno americano aceptó, con la condición que se prescindiese de Pyke, con el cual habían ya tenido enfrentamientos tiempo atrás ,con relación al citado vehículo M29.

Por fin, en los últimos meses de 1943 o a principios de 1944, el fantástico proyecto Habbakuk fue abandonado y el prototipo construido se fue deshaciendo lentamente en su lago canadiense. Los aliados habían, entretanto, conseguido facilidades de Portugal para situar sus aviones en las Azores, lo cual permitía taponar en buena medida el “agujero” antes existente en la protección de sus convoyes atlánticos frente a los submarinos alemanes y, por otra parte, determinados aspectos técnicos de la construcción del colosal portaaviones de hielo (como su maniobrabilidad en alta mar: ¿que dimensiones debería tener un timón para gobernar semejante mole?) seguian envueltos en la incertidumbre. Su principal valedor, Lord Mountbatten, había sido trasladado al teatro de operaciones del Pacífico como Comandante Supremo Aliado en el Sudeste Asiático y Churchill se hallaba ahora enfrascado en el proyectado desembarco en Normandía.

Geoffrey Nathaniel Pyke se suicidó poco después del fin de la guerra.

 

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