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JOSEPH CONRAD: ‘LA SOPA DEL CAPITÁN VARADO SIEMPRE ES AMARGA’

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 08/01/2017

-Lo sacaremos antes de medianoche, señor –dice, queriendo animarle.  Levanta entonces la cabeza el señor de la nave, le mira, y ruge al camarero:

- ¿Por qué está esta sopa tan amarga? No sé cómo puede tragarse esta cosa el oficial. Seguro que al cocinero se le ha caído el salero dentro.

Nada pasa con la sopa, que es sabrosísima, y el joven oficial comprende lo que quiere decirle su maestro: que esta vez el gusto amargo no es para su boca. Que esa experiencia vendrá más tarde, cuando realmente tenga que tragar la amarga soledad del mando. Tiempo después, convertido a su vez en capitán, irá a visitar a su antiguo jefe, ya jubilado. Pero no encuentra al duro y sabio marino, sino a un viejecillo con dificultades para moverse ante el que su hijo, médico, menea la cabeza diciendo “no va bien, no va bien”…. Así pasa la gloria del mundo.

 

* * *

 

Esta historia que tan rápida (y pobremente) les he resumido me fascina, y no dejo de releerla. No solo probablemente sea la mejor definición de la maldición del mando de toda la literatura universal: te hace ver además el carácter de aquellos capitanes de la vieja escuela que jamás perdían la cara, y sentir en el corazón toda la amargura que no mostraban ni en sus palabras ni en su tono. Pues sepa usted que en El espejo del mar encontrará cien historias como esta, y mil más en la obra de Conrad.

La mar es un gran tema para escribir, pero pueden contarse con los dedos de una mano los autores que te hacen sentir frío al describir una guardia en la noche, o pánico cuando su personaje tiene que llamar a la puerta del camarote del capitán (¡A ver el valiente que despierta al Viejo!). Conrad es uno de ellos. Pero lo mejor de su obra, en mi humilde opinión,  es lo creíbles que son sus personajes. Incluso el salvaje Kurtz de El Corazón de las Tinieblas (magistralmente llevada al cine por Ford Coppola como Apocalypse Now) tiene alma. Puede que un alma tan negra que haya tenido que crear un infierno en la tierra para poder sobrevivir, pero que rezuma sinceridad.  O un Lord Jim que simplemente tuvo miedo… y creyendo no tener derecho a ello quiere pagarlo por siempre, aunque bien pensado quizás no pueda ser de carne, huesos y lágrimas simplemente por ser piloto de la marina mercante. O la tensión entre puente y “chocolateros”de El final de la cuerda… ¿Nada recuerda a los mayores? No son personajes. Son personas, muy parecidas a las que mis amables lectores habrán conocido –y padecido- entre mamparos.

La primera mitad de El espejo del mar son los recuerdos de un joven oficial. Nada de aventuras legendarias en tierras remotas: son las experiencias que puede encontrar cualquier joven en el camino de hacerse mayor, contadas de forma natural, a veces incluso ingenua.  El joven oficial teme al capitán… para verlo el día de mañana convertido en un anciano, y encontrarse señor del puente, incluso por encima de los que en su día le mandaron. En fin, es lo que solemos llamar vida. En la segunda parte nos regala una historia de corsarios cuchillo en boca… en aguas de Barcelona.

Dice don Arturo Pérez-Reverte con su magnífica contundencia en Cuando éramos honrados mercenarios: “Pasamos luego a hablar de otros autores que ciertos caraduras que hoy pretenden barajar la literatura ninguneaban o infravaloraban no hace muchas décadas… Conrad, cuyo Espejo del mar tradujo Marías hace la tira, cuando algunos tontos del ciruelo todavía consideraban al polaco sólo un aseado escritor de novelas marineras”.  La mar es crucial en la obra de Conrad, pero aún más importante son los hombres que la trabajan, alma de los barcos, que tanta sopa amarga tienen que tragar a veces.

Y por cierto...  El título Espejo del mar es un guiño a Espejo de navegantes, del piloto mayor (¡poca broma!) don Alonso de Chaves. Aquellos hombres que cuando llegaban a una costa, le daban nombre. A ver si algún día de él les hablo, aunque solo sea por recordar a los maestros de nuestros maestros.  Y si algún día siente usted que está olvidando a aquellos viejos maestros… lea a Conrad.

 

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