GABRIEL CISCAR Y CISCAR

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NAUCHERglobal. Joan Cortada 10/05/2017

Entre las diferentes comunidades españolas bañadas por la mar, el País Valenciano presenta una curiosa peculiaridad. La longitud de sus costas es considerable, abundan mucho más las playas acogedoras que los acantilados escarpados y hostiles, y numerosos puertos han ofrecido desde tiempos remotos abrigo a los buques que hasta allí se acercaban, como pronto descubrieron griegos y fenicios. Sin embargo, da la impresión que sus habitantes no hayan nunca desarrollado una especial inclinación por el arte de navegar.

Frente a la sólida tradición marinera de las comunidades del Cantábrico y el Atlántico: Euzkadi, Cantabria, Asturias y Galicia. Frente a la notable presencia andaluza en los cuadros de la Armada y frente  a las episódicas eclosiones de la marina mercante catalana en la Edad Media y en el siglo XIX —una eclosión ésta última que hizo que de una sola de las pequeñas poblaciones del Maresme llegasen a salir, no un puñado, sino hasta centenares de capitanes mercantes— la presencia valenciana resulta sorprendentemente modesta. Sin embargo, se trata de un país que no parece haber vivido totalmente de espaldas al medio marítimo. Basta con recordar el genial legado pictórico de Joaquín Sorolla, donde las playas, las pescateras esperando la llegada de las barcas o los pescadores remendando sus redes sobre la arena mientras sus hijos retozan en las olas de la orilla, todo ello es un leit motiv esencial de la obra de este gran artista. También, en la poesía de Ausiàs March la presencia de la mar es notable. Pero —estamos siempre hablando de impresiones subjetivas— no existen grandes evidencias de que la vocación náutica de los valencianos por la mar haya ido mucho más allá de la pesca de bajura y la navegación costera. Es muy posible que la extraodinaria feracidad de gran parte de sus tierras haya tenido algo que ver en ello. Si es factible ganarse la vida y prosperar en tierra, ¿para qué aventurarse en la mar y sus peligros?

Por todo ello, buceando en el pasado, resulta satisfactorio poder descubrir la existencia, a caballo de los siglos XVIII y XIX, de algunas interesantes figuras a reivindicar y recordar. Me refiero a Gabriel Ciscar y Ciscar y, en menor medida, a su hermano Francisco. Nacidos ambos en Oliva alrededor de 1760, alcanzaron altos grados en la Armada, fueron matemáticos reputados y diputados en las Cortes de Cádiz.

En el caso de Gabriel Císcar, su biografía presenta una característica especial. Tras haber participado como teniente de navío en el fallido asedio de Gibraltar de 1799, fue nombrado director de la Academia de Guardiamarinas de Cartagena. Escribió varios tratados sobre aritmética, trigonometría esférica, construcción naval y cosmografía, los cuales fueron reeditados en repetidas ocasiones como libros de texto para la preparación de los futuros oficiales de la Armada.

Sin duda Gabriel Ciscar se convirtió, en aquellos años, en un científico altamente reconocido en el campo de la navegación y las matemáticas. La mejor prueba de ello lo constituye el hecho de que fuese designado como uno de los dos representantes españoles en la histórica asamblea del Instituto Nacional de Ciencias de Francia de la cual surgió el sistema métrico decimal.  Como es sabido, la adopción de dicho sistema inició el camino para acabar con la anarquía existente hasta entonces en el campo de pesos y medidas. A la reunión de París de 1798, además de Francia, asistieron selectos representantes holandeses, suizos, daneses, de la mayoría de los pequeños estados italianos y, como antes indicábamos, también de España. La delegación del país anfitrión estaba encabezada por figuras tan señeras como Laplace, Lavoisier y Lagrange.

El resultado más conocido de aquel congreso fue la fijación del metro como equivalente a la diezmillonésima parte de un cuadrante del meridiano terrestre. Ello obligó a la medición, con la mayor precisión posible, del segmento de meridiano que, pasando por París, transcurre entre Dunkerke y Barcelona con una longitud de 1.000 kilómetros. A partir del metro, se crearon las unidades de superfície (el área, de 100 metros cuadrados), de capacidad (el litro, equivalente a un decímetro cúbico) y de peso (el kilogramo, como peso de un litro de agua). Un gran avance científico se había producido y Gabriel Ciscar tuvo un destacado papel en ello.

De regreso a España, nuestro personaje se esforzó denodadamente, con poco éxito por el momento, en divulgar el nuevo sistema de pesos y medidas. Para tratar de vencer las resistencias de raíz xenófoba, tuvo que afirmar con énfasis que «Es la naturaleza, no la Francia, la que nos presenta este sistema racional»

Tras el desastre de Trafalgar de 1805, Ciscar fue ascendido a brigadier de la Armada. Durante la guerra contra Napoleón, sería sucesivamente designado como secretario de Estado de Marina, ministro del ramo y miembro del Consejo de Regencia creado en las Cortes de Cádiz. Tras el regreso, en 1814, del rey Fernando VII y la subsiguiente reacción absolutista a las reformas iniciadas por dichas Cortes, Gabriel Ciscar fue condenado a ser confinado en Cartagena. Restablecido en su posición de secretario de Estado y nombrado teniente general de la Armada durante el trienio liberal 1820-1823, la posterior intervención borbónico-francesa de los Cien mil hijos de San Luis y la reinstauración del poder absoluto del rey Fernando le obligaron a refugiarse en Gibraltar, donde falleció en 1829. Durante su exilio, en el que contó con el amparo y protección especial del duque de Wellington, que le tenía en gran consideración como científico, escribió un largo «Poema físico-astronómico en siete cantos» dedicado a su benefactor británico y editado en el mismo Gibraltar. Rehabilitado algunos años más tarde, sus restos fueron finalmente trasladados con todos los honores desde su primera sepultura en el Peñón al Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando.

Hace algún tiempo, escribíamos artículos similares al de hoy, dedicados a otros personajes de nuestra Marina injustamente tratados: Alejandro Malaspina o Fernando Arranz. Quizás algún día, España deberá hacer balance, con un resultado sin duda demoledor, de todo el talento o la calidad humana que ha desperdiciado miserablemente a lo largo de su historia, a través de represalias ideológicas, exilios y encarcelamientos de muchos de sus mejores hombres. Ese día, si ello se consigue, cuando la ignorancia, el sectarismo y la intolerancia dejen de convertirse en demonios familiares de las gentes de la piel de toro, este rincón de Europa —como acaba de escribir un agudo observador de la realidad, como lo es el irlandés de nacimiento y español de adopción Ian Gibson— podría comenzar a convertirse en uno de los mejores lugares del mundo donde vivir.

 

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