EN DEFENSA AJENA

  • Historia

NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 26/07/2017

El Ayuntamiento de Barcelona decidió en mayo retirar el monumento y la plaza dedicados a Antonio López y López (1817-1883), primer Marqués de Comillas, fundador de naviera Trasatlántica y forjador en España del mayor grupo empresarial de su tiempo. Aduce que la ciudad no debe seguir enalteciendo a quien se enriqueció en Cuba intermediando en la compra-venta de esclavos. Satisface así la petición hecha hace unos años por los sindicatos CC.OO. y UGT, así como por SOS-Racismo Cataluña. No hay vuelta atrás. Antonio López desaparecerá del espacio urbano en cuanto se remodele Vía Layetana. Seguirá figurando en la denominación de una de las salas del Museo Marítimo de Barcelona, de momento. Nada más para un empresario que aportó a la ciudad tanta riqueza, bienestar, dinamismo y mecenazgo como el que más en los dos últimos siglos. No es segundo de nadie en cuanto haber cimentado la prosperidad de la actual Barcelona.

El Consistorio tiene competencias para laminar de sus calles todo aquello que considere un desdoro y, en todo caso, ese monumento no pertenece a ningún patrimonio cultural protegido. Si el alcalde Rius i Taulet aprobó levantarlo en 1883, ahora la alcaldesa Ada Colau ha decidido retirarlo. No habría nada grave que objetar si no fuese porque se esgrime la esclavitud para eliminar la imagen de Antonio López y López a pesar de que actuó dentro de la legalidad mientras no se demuestre fehacientemente que fue un negrero, algo harto difícil a estas alturas de la historia por más que se peinen archivos en Cuba, España y Reino Unido. No hay pruebas documentales de que él se saltase la ley. Además, el esclavismo no define a este polifacético prohombre de su tiempo que amasó el monto principal de su fortuna sin explotar a los esclavos tras instalarse en Barcelona en 1853, y no volver a Cuba a partir de 1856. Esclavista, sí; pero menos que la gran mayoría de quienes así hicieron fortuna de acuerdo a las normas y usos socialmente aceptados por entonces.     

Lo extraño es que la decisión tomada el pasado mayo por el Ayuntamiento no haya generado un debate y los medios de comunicación la hayan justificado con noticiarios y artículos que dan por bueno erradicar la imagen del Marqués de Comillas. Que yo sepa sólo las asociaciones de marinos se han posicionado en contra, y eso que ha desaparecido su naviera. El conglomerado empresarial de Antonio López también se componía de banca, seguros, astilleros, trenes, tabacalera…, pero desde esos sectores no tengo constancia de que le defiendan ni siquiera con un mero comunicado de prensa.

En cualquier caso, la defensa del Marqués de Comillas transciende a los antiguos sectores empresariales en los que él se involucró y debería comprometer al conjunto de la ciudad respecto a cómo asumir su historia reciente en el nomenclátor y las estatuas. Silencio. Sin debate ni polémica se va a quitar el monumento al primero que en la actual España se le aplica, a toro pasado, el cumplimiento de los derechos humanos y socio-laborales. Barcelona está demasiado inmersa en el proceso independentista, en los desastres de la crisis económica, en los trastornos del turismo de masas… como para discutir qué hacer hoy con este controvertido empresario y prohombre de la segunda mitad del siglo XIX.

Se retirará el monumento y no pasará nada, pues al parecer en Barcelona dicha figura tiene detractores y al resto le importa poco o nada su destino. Y no debería ser así. Tras el monumento a Antonio López pueden caer otras estatuas y más nombres del callejero en una ciudad plagada de personajes que, vistos con los ojos morales de hoy, están parcialmente ensombrecidos por el esclavismo, el colonialismo y el imperialismo, por reseñar sólo algunas de las lacras que nos resultan horrendas cuando no hace tanto eran todavía asumidas por las leyes e incluso glorificadas por todos.

Ahora se pretende descolonizar las ciudades europeas echando abajo si es preciso hasta la estatua de Colón y abolir las imágenes públicas relacionadas con el esclavismo en las naciones que tuvieron imperios ultramarinos. Todo en aras de los derechos humanos y libertades fundamentales. Todo para dejar el espacio público éticamente inmaculado a fuerza de similar intransigencia con que anteriormente se aplicó la pureza religiosa, la étnica y la ideológica. Con la retirada de los monumentos, como el de Antonio López que jalonan la historia y la memoria de las ciudades, se erosiona la personalidad de los espacios públicos. Será otra remodelación para que las urbes se parezcan más unas a otras al contar con similares aeropuertos, con repetitivas avenidas comerciales, con fotocopiada publicidad de las grandes marcas, con gemelos parques infantiles… y sólo con estatuas tipo Mandela o Teresa de Calcuta, al parecer mundialmente aceptadas por todos. Con este pensamiento único, en Alemania sobrarían Bismark y Lutero, aquí Carlos I, Roger de Lauria y el cardenal Cisneros, en cuanto les aplicasen lo mismo que hizo el Comisionado de la Memoria Histórica de Barcelona respecto a Antonio López: No tuvo “en el contexto actual una postura ejemplar”. Porque este es el tema. Se ha erigido una especie de “tribunal de la conducta” que encima aplica una escala de valores con efectos retroactivos. Todo un disparate si además se actúa con ligereza, con espíritu revanchista e incluso con menosprecio a las decisiones que tomaron de buena fe las generaciones anteriores. Tanto más cuando, a falta de debates, no hay defensa posible para los encumbrados sobre pedestales ni para quienes decidieron homenajearlos con monumentos, placas conmemorativas y nombres de parques, plazas o calles porque consideraron que merecían un reconocimiento colectivo.  

No está justificado que el Marqués de Comillas sufra la ignominia de que una grúa le retire del paisaje urbano por esclavista sin haberse debatido antes su responsabilidad personal ni puesto en valor su ingente contribución a Barcelona. Sirva de antecedente la polémica y las decisiones tomadas con respecto a Cecil Rhodes (1853-1902), un personaje que para algunos historiadores guarda paralelismos con Antonio López. Fue un empresario, colonizador y político inglés al que se le acusa de ser un imperialista y racista sin complejos, de enriquecerse con la explotación laboral y muerte de miles de negros (minas de diamantes del emporio De Beers) y de ser uno de los precursores de apartheid (primer ministro de la colonia de Ciudad del Cabo desde 1890 a 1896).

A pesar de que Antonio López nada tiene que ver con estas posturas extremas de Cecil Rhodes, interesa destacar las medidas tomadas contra la imagen de este último. Las movilizaciones “Rhodes Must Fall” consiguieron en 2015 que se retirase su estatua de bronce en la Universidad de Ciudad del Cabo, la cual desde que se erigió en 1934 ya había sido controvertida y contestada, también por los “afrikaners” (descendientes de los colonos holandeses). Y fue desalentador que luego en el pedestal vacío apareciese este rojo grafiti: “Fuck White People”, confirmando que el revanchismo suele acompañar también a la reivindicación de los grandes valores. Por el contrario, la movilización inglesa del “Rhodes Must Fall” fracasó en la Universidad de Oxford cuando exigió que se retirase la estatua de Rhodes que preside la fachada del Oriel College, donde además de ex alumno fue un gran benefactor del que todavía se favorecen muchos estudiantes. El expresidente de Australia Tony Abbot, que estudió becado en dicho college, afirmó que retirar a Cecil Rhodes sería un acto de vanidad moral.     

 El debate estaba servido, porque puestos a la tremenda en la defensa de los derechos humanos no se mantendría en pie ni la estatua de la imperialista reina Victoria. Así pues, en Gran Bretaña hubo debate y se preservó la imagen de Rhodes. También se decidió en Zimbabue (ex Rhodesia) mantener su atractiva tumba, la cual ni necesita adosarle un monumento porque lo suple con creces el espectacular entorno y paraje del Parque Nacional de Matobo. Hubo presiones, pero el arqueólogo y director del Museo Nacional de Zimbabue, Godfrey Mahachi, nombrado por el presidente Mugabe, se opuso a la exhumación alegando que dicha tumba forma parte del patrimonio del país; así que allí siguen los restos de Rhodes ensalzados por los muchos turistas que acuden de visita.

Y no hay que irse fuera para buscar paralelismo mejor. A Manuel Calvo Aguirre (1817-1904), el gran amigo y socio de Antonio López, nadie le cuestiona su pasado en Cuba a pesar de que estuvo más implicado que el Marqués de Comillas en la esclavitud y en los negocios del azúcar. En su villa natal, Portugalete, existe con su nombre una Fundación y un paseo/parque que corre paralelo a la Ría. De igual estima goza Antonio López en su lugar de nacimiento y por tanto en Comillas se le juzga de manera opuesta que en Barcelona. Él forma parte de los personajes con claroscuros que se enjuician de distinto modo según quién, dónde, cuándo y desde qué planteamientos se haga, pues hay márgenes para la tolerancia con que contrarrestar luces y sombras. Como hizo el alcalde bildu de Pamplona con Ignacio Baleztena (carlista a la vieja usanza: conservador y beligerante con el independentismo vasco), a quien admitió su relevancia por derecho propio en los Sanfermines por haber aportado el himno, promovido el Riau-Riau… Y eso, a pesar de apoyar desde el primer momento la sublevación militar del general Mola con 8.400 requetés que resultaron decisivos para derrotar a los gudaris y a la República.       

La lista de personajes tan encumbrados como controvertidos sería interminable. Empezando por Thomas Jefferson, tercer presidente de EE.UU. y a su vez connotado esclavista y presunto violador de su esclava preferida. Pero lo que aquí se trata es la defensa de Antonio López. Pensaba hacerlo con un artículo en profundidad y, al documentarme, ¡cuál ha sido mi sorpresa! al comprobar lo poco, mal y sesgadamente que ha sido estudiada la etapa que él estuvo en Cuba. No puedo hacerle una defensa ajena sin meterme en honduras ni rebatir, según mis posibilidades, a los historiadores que han removido los cimientos del monumento y tiznado la imagen del Marqués de Comillas. Nada fácil, menos aún sin ayudas. Tendré que destacar la ingente contribución que hizo a Barcelona, explicar cómo se enriqueció, revisar los documentos que sirven para acusarle y contextualizarlo todo en las postrimerías de la esclavitud en Cuba. Esto lleva su tiempo. Y por eso publico este apunte a modo de previa de un largo trabajo que está por terminar.     

 

NOTICIA RELACIONADA

Los capitanes catalanes instan al Ayuntamiento a respetar la memoria marítima de Barcelona

Buscador

Introduzca los términos de búsqueda