EL SECRETO DEL 'JOHN HARVEY', LAS ARMAS QUÍMICAS Y LAS MENTIRAS OFICIALES

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SERGIO ARANDA 25/04/2017

Hubo que esperar veinticuatro años, hasta 1967, para que el diario “Proceedings” de la U.S. Navy publicase lo sucedido al “Liberty Ship” JOHN HARVEY el dos de diciembre de 1943. Hasta entonces sólo se sabía que sobre las siete y media de la tarde de esa fecha, ya en plena oscuridad, un raid aéreo de la aviación alemana había bombardeado el puerto italiano de Bari, hundiendo 28 barcos, averiando 12, causando más de un millar de muertes entre militares y civiles y la destrucción de más de 30.000 toneladas de material de guerra. Los hospitales acogieron a 682 heridos aquejados de un extraño síndrome, de los que 83 murieron al poco tiempo.

Entre los buques hundidos se hallaba el S.S. JOHN HARVEY, cargado hasta las brazolas de munición y suministros de guerra. Sus 77 tripulantes murieron en el acto en una gigantesca explosión cuya onda expansiva provocó 30º de escora en el U.S. PUMPER, amarrado junto a él.

Lo que reveló “Proceedings” en 1967 fue que, además de armas, municiones y equipos de guerra, el JOHN HARVEY llevaba a bordo dos mil bombas M47A1, cargadas cada una con 33 Kg de gas mostaza en estado líquido.

Al liberarse el agente químico, evaporándose sobre las aguas del puerto y mezclándose con la humareda, envenenó a la mayoría de las víctimas, que no fueron debidamente atendidas por el personal sanitario al ignorar la existencia del gas.

En un principio, el alto mando americano intentó ocultar lo sucedido por temor a que los alemanes, alertados por la existencia de esas armas en Europa, decidiesen proveerse de sus equivalentes, iniciando una escalada del conflicto con muy mal pronóstico, pero en febrero del 44 se vieron obligados a informar a sus aliados británicos, que eran quienes tenían la autoridad sobre Bari en el momento de los hechos. Winston Churchill en persona fue quien decidió que se ocultaran todos los documentos sobre el asunto y las heridas de las víctimas se declarasen como quemaduras por ataque aéreo enemigo. Diecinueve años después de la publicación de la verdad, ya entrado 1986, el gobierno británico acabó admitiendo que las bajas habían sido causadas por armas químicas y corrigió las pensiones de los escasos afectados supervivientes.

El Protocolo de Ginebra de 1925 (Tratado Internacional que prohíbe el empleo bélico de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos), ya prohibía en aquel entonces el uso de armas químicas y biológicas, pero, al parecer, todos los participantes en la Guerra Mundial mantuvieron ciertas cantidades como medida de precaución o, incluso, como elemento de influencia sobre la táctica del enemigo, que, por prudencia, se veía  obligado a evitar en lo posible la concentración de grandes masas de infantería y a planificar muy bien los asaltos a ciudades y espacios confinados.

Es de suponer que fueron estas consideraciones, más que la pura decencia, las que impidieron a los aliados acusar a los alemanes de haber sido ellos quienes habían utilizado el agente mostaza en el bombardeo.

El pasado 4 de abril la opinión pública supo del segundo ataque químico contra población civil en la provincia siria de Idlib, con 50 muertos y 250 heridos. El primero había tenido lugar en el distrito de Ghuta, Damasco, en agosto de 2013, dejando un número de muertos que oscila entre los 281, según la inteligencia francesa, y los 1729 que afirma el Ejército Libre Sirio.

En ambos casos, los dos bandos se acusan mutuamente de haber causado las masacres. El gobierno sirio afirma que, caso de que el episodio sea cierto, el gas sarín debió de liberarse al ser alcanzado un almacén de los rebeldes y los rebeldes acusan al gobierno de haber utilizado directamente proyectiles con carga química.

El ataque de Ghuta fue seguido de un intenso bombardeo con proyectiles convencionales y un asalto terrestre. No así el de Jan Seijun, Idlib, en el que, según dicen los rebeldes, la ofensiva se limitó a destruir los hospitales en los que se atendía a las víctimas.

El caso de Bari y los de Siria difieren en los detalles, pero tal parece que todos ellos elevan el concepto de utilización de las armas químicas a la categoría de elemento estratégico. En unos y otro la víctima principal ha sido la población civil. En todos los casos se ha utilizado la mentira y la ocultación como consecuencia inevitable. En ninguno de ellos parece existir ningún respeto por algún dios o por alguna dignidad del ser humano.  Los nombres de las víctimas se olvidarán muy pronto y la verdad quedará enterrada hasta el día en que ya no le importe mucho a nadie.

Por cierto, el capitán del JOHN HARVEY se llamaba Elwin F. Knowles. Murió en la explosión junto con todos los tripulantes. Uno de los 2.710 Liberty Ships que se construyeron durante el conflicto fue bautizado en su honor y navegó después de la guerra bajo varias banderas y nombres, siendo el último el de GRAND STAR, de la Orient Star Navigation Corp, de Taiwan.  Fue desguazado en Kaoshiung en diciembre de 1968. Tal vez el día dos de ese mes se firmase su baja. Cosas más sorprendentes hemos visto.

De los restantes 76 tripulantes no he podido, con mis medios, encontrar ni rastro. 

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