JZT, abril 2015, New York

EL PINTOR DE VOLCANES Y EL INSIGNE MARINO EUGENIO AGACINO

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JUAN ZAMORA 24/02/2018

Acabo de leer el artículo “El pintor de volcanes”, de Arturo Pérez Reverte, en el suplemento XL Semanal que se vende los sábados con el diario Menorca. Desde que leí “Hombres buenos”, la odisea de dos académicos de la Lengua en su viaje a París para comprar la Enciclopedia, me he hecho adicto a la obra de Pérez Reverte. Desde entonces he disfrutado con “La Reina del Sur”, las dos novelas con Lorenzo Falcó de protagonista, y por supuesto con la recopilación de artículos sobre el mar y sus gentes, “Los barcos se pierden en tierra”.

Aprendo de la mirada lúcida, admirada y sin prejuicios que Pérez Reverte derrama sobre la mar y los marinos; aprendo de su técnica narrativa capaz de combinar el presente, el pasado y la trastienda de la novela en un relato que fluye como el agua clara y cristalina; y aprendo de su coraje cívico y de la soltura de su lengua cuando se trata de hablar de tantos indecentes que consiguen que la vida sea más miserable.

Hoy, sábado, he leído en “El pintor de volcanes” que el cuadro pintado de una mujer de belleza extraordinaria, “cuyos ojos verdes me estremecieron”, es el retrato de Nahui Olin, amante del pintor, que “no sólo pintó volcanes”, a quien abandonó “huyendo con un marino mercante llamado Eugenio Agacino”.

Eugenio Agacino fue un marino militar, no mercante, que ocupó el cargo de inspector de navegación de la Compañía Trasatlántica Española y que durante las primeras décadas del siglo XX escribió multitud de artículos sobre temas de marina civil y libros sobre navegación y maniobra, de forma que resulta inevitable tropezar con él varias, muchas veces, cuando remueves el pasado reciente de la marina mercante al estudiar, por ejemplo, las asociaciones profesionales de principios de siglo, o la Historia del largo proceso de cambio de la vela al vapor y de la construcción de madera a los buques de hierro. También dibujaba y pintaba y tal vez por esa afición conectó con la mujer que acabó conquistando. Agacino publicó en marzo de 1903 veinte tarjetas ilustradas con asuntos marítimos, que fueron publicadas en cromotipia en los talleres de Perrer, de La Coruña.

Agacino acabó convertido en un amigo de toda la vida de quien ahora descubro que no sabía nada de su vida. Ahora sé, gracias a Arturo Pérez Reverte, que sedujo a una beldad impresionante. Lo tendré en cuenta la próxima vez -me temo que sólo tardaré unos días- que me encuentre con Eugenio Agacino en un artículo de “Vida Marítima”, por ejemplo.

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