EL PATRÓN DEL ‘SANTA EULÀLIA’

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 15/03/2018

– Disculpe… ¿Es esta la SANTA MARÍA? –pregunta amable aunque algo “empanado” un turista desde el Moll de la Fusta-. Francisco José Pacheco, Paco para los amigos, sonríe con ese talante tan de su Barbate natal y la alegría que le da el saber que tiene sin lugar a dudas la mesa de despacho más bonita de toda Barcelona.

El patrón del SANTA EULÀLIA

Dice el cuadrante que hoy está de guardia Paco, el patrón, así que NAUCHERglobal decide presentarse al abordaje. Ahí está, en cubierta, atendiendo solícito a los visitantes e intentando poner su mejor cara de pirata malo para los niños que quieren saber dónde están los cañones. Tras un apretón de manos marcha a la cocina a prepararnos un café, y nos sentamos en la mesa de la toldilla a disfrutar de la agradable tarde que ya promete primavera.

– Las guardias son largas, y me gusta mirar a la gente que pasea ahí en tierra. Desde la orientación del Moll de Bosch i Alsina, puedo ver la vida de la ciudad –nos cuenta–. Ya ves, aquí sentado, como estarías en tu casa. El SANTA EULÀLIA es nuestro hogar. Aquí comemos y dormimos, hacemos reparaciones, salidas a la mar... ¡Vivimos!

Esta reflexión del patrón es de suma importancia. A diferencia de otros barcos museo, anclados a perpetuidad y que solo ven la mar en recuerdos, como los viejos pescadores ya arrumbados en tierra, el SANTA EULÀLIA, como los buenos marineros, tiene una mano para sí, y otra para el rey: un elemento museístico, pero también otro real.

– El SANTA EULÀLIA es una extensión flotante del Museu Marítim. La entrada al museo incluye su visita. Se puede subir a bordo, bajar a la bodega, al camarote del capitán… Estaremos encantados de responder a todas sus preguntas y mostrarle cómo se navegaba a principios del siglo pasado. Muchos sábados por la mañana zarpamos para ver la costa de Barcelona, y estas salidas son abiertas al público.

– ¡Qué envidia de trabajo!

– Tampoco es tan sencillo esto de la guardia de puerto. Más de una vez he escuchado un ruido en medio de la noche y me he encontrado con un inconsciente que quería saltar al agua desde el bauprés. En fin...

– Y eso, amarrados…

– En cuanto a la navegación, hay que tener en cuenta que mantener este pailebote tal como era hace cien años nos ha obligado a una serie de compromisos. Por ejemplo, que quede libre la bodega para que se pueda visitar hace que nos falten unas cincuenta toneladas de lastre, con el asiento apopante correspondiente. Además, los actos sociales no nos permiten disfrutar de la vela como en los viejos tiempos, en los que sabías cuándo zarpabas pero no cuándo llegabas a puerto. El SANTA EULÀLIA va muy bien con vientos portantes y de través, pero esa falta de lastre no es lo mejor para la ceñida. Según con qué vientos no tenemos más remedio que ayudarnos de la máquina si queremos llegar a tiempo a puerto. Eso sí, hay una cosa que no se perdona: ¡aquí navegamos a carta, como en los viejos tiempos!

– Cuéntanos, Paco, ¿cómo llega uno a patronear un pailebote con un siglo en las cuadernas?

– Yo vengo de la marina pesquera. Mi primera especialidad fue máquinas en un barco que pertenecía a la familia, y un poquito más tarde, a los veinticinco, también estudié para patrón. Dieciséis años pasé entre máquinas y puente. En 2001 acompañé a mi cuñado a entregar su currículo para maquinista del SANTA EULÀLIA, que acababan de restaurar, pero al final él no se animó. Al poco decidimos desguazar el pesquero familiar y pregunté al entonces patrón, Román Sánchez, si aún seguía libre esa plaza... ¡Enrolado! En 2003 empecé a compaginar el puesto con el de segundo patrón y, cuando Román tuvo que dejar el puente por motivos de salud en 2006, ocupé yo el puesto. Y, ¡hasta hoy!

Realmente es un trabajo muy gratificante. Mi otra gran pasión es el fútbol, y entreno a un equipo juvenil, así que me encanta estar entre chavales. A bordo del SANTA EULÀLIA es tan bonito acercar a los Reyes Magos a los niños de Barcelona… Guardo en casa, como un tesoro, la carta que entregó una niña que estuvo a bordo a Sus Majestades. Quería, cuando fuera mayor, ser la capitana del SANTA EULÀLIA. Qué quieres que te diga. Estas cosas le llenan a uno.

– Y aún no hemos hablado de navegar...

– Te contaría, como ejemplo, el primer viaje que hice como maquinista. A unas setenta millas mar adentro de Eslovenia encontramos una moto de agua en perfecto estado, con las llaves y todo. ¡A bordo con ella! Seguimos navegando hasta Palermo, donde quisimos hacer combustible, pero la mafia nos quería cobrar el impuesto revolucionario. ¡Zarpamos! Entre Palermo y Cerdeña nos alcanzó un temporal de fuerza ocho. Nos tiramos cuatro días a la capa: ciento ochenta millas. Para acabar de redondear el viaje, se pasó de rosca un tornillo de la máquina, y mientras construíamos otro en el torno tuvimos que apañarnos con la vela. ¡Menudo estreno! Y otra… En el Estrecho, en 2006: estaba descansando, saliendo de guardia, y de repente escucho como una explosión. Salgo a cubierta. Resultó que el palo de mesana se había agrietado. ¡Se podía meter dentro toda la mano! Apañamos una funda de cabo y seguimos navegando.

– ¿Cuánta gente forma la tripulación?

– Cinco habitualmente, así que, estimado señor visitante, si sube usted a bordo no se espante si le pedimos que nos eche una mano. Bromas aparte, justo, pero nos apañamos. Eso sí, muy importante, vamos fundamental: cuando hacemos navegación de varios días añadimos siempre un cocinero. ¡El puesto más importante a bordo! –ríe Paco–. Hay más motines por un mal cocinero que por un mal patrón.

Para hacer una novela…

–Amigos lectores, cuando suban a visitar el pailebote, piensen que no solo las maderas son museo, sino que un marino que mucho ha viajado tiene también mucho que contar… y hablando de contar, ¿qué dirías a nuestros lectores?

– Pues voy a aprovechar la ocasión: que tengan cuidado. Esta tramontana que aquí es tan frecuente puede traer problemas. Hay tres puntos básicos. El primero, el antes: mirad el parte del tiempo y que todo esté arranchado. El segundo, el durante: siempre mantened el control de todo y dad aviso de la trayectoria. El tercero, el después: arranchad todo bien de nuevo.

Bajo del SANTA EULÀLIA y lo admiro desde el muelle. Paciente, con una sonrisa, Paco explica a unos turistas que hacen muchas fotos que no es que se hayan equivocado y hayan montado el timón al revés, que es que la caseta tiene que ser así y que se maniobra desde la borda. Sentado ahora en el ordenador en el que escribo estos artículos me invade una envidia profunda: la mesa de trabajo de Paco es, sin lugar a dudas, mucho más bonita que la mía.

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