Rafael Rodríguez Valero

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EL MARINO Y EL BARCO

  • Literatura

RAFAEL RODRÍGUEZ VALERO 1 05/07/2019

Era una mañana de primavera, clara y despejada, con una mar brillante, como un espejo, uno de esos días que te relaja y seduce, pensaba un viejo marino en su paseo matutino por aquella bella ciudad marítima, donde no pudo evitar que su mirada se dirigiera hacia ese horizonte nunca alcanzable, tratando de atisbar en lontananza la silueta de algún barco y determinar su rumbo, si iba cargado o en lastre o se dirigía hacia el puerto. Aquel mirador era como su barco, todos los días oteaba el trozo de mar que se abría a sus ojos y en ese momento no podía evitar el recuerdo de situaciones y pensamientos antaño vividos. Recordó uno, que siempre estaba con él y con el pasar del tiempo más se afianzaba: nunca había oído a un marino con experiencia, hablar mal de su barco, con independencia de que en algún momento de exasperación largase improperios contra el buque y hasta contra el medio inestable en que se mueve. Había que entenderlo, pensó, sabía por experiencia que uno de los grandes errores es dejarse sublimar por la mar, aunque algunas veces te acune, te muestre amaneceres y atardeceres fulgurantes, o veas superficies de luz como la de hoy con navegaciones dulces y tranquilas, porque sabes que la mar es demasiado grande y poderosa, que no tiene compasión ni creencias ni ley ni recuerdos siquiera, siempre presta a cobrar su tributo. Por eso el fondo de los mares está lleno de barcos que, como sarcófagos funerarios, yacen silenciosos llorando la pena de no haber cumplido el ciclo vital para el que fueron construidos. En su interior habitan los héroes anónimos que lucharon contra el viento huracanado y el mar montañoso que logró encerrarlos en un círculo grisáceo y tenebroso hasta torcerles la línea de la vida y llevarlos a su reino de lodo y oscuridad, donde reposa parte de la historia marítima de la humanidad. Le vino a la mente un verso de Shakespeare: Más cruel que el hambre, el dolor o la mar.

Absorto en sus pensamientos, vio salir un barco del puerto, con rumbo impredecible desde su posición, y se sonrió al recordar las numerosas zarpadas de puerto que hubo en su vida marinera, así como los diferentes tipos de navegaciones donde el barco y la tripulación constituían una unidad. Bien pensado, las entradas, salidas y navegaciones marcan la vida del marino y del barco y a la vez ponen un punto de complicidad entre ambos. Esta complicidad se hace más intensa, no en función de los días de navegación, sino en el tipo de travesía, por ejemplo la transoceánica, pues por mucha experiencia que se tenga siempre se siente en el interior de uno mismo, ese halo de preocupación hacia el océano al que uno se va a enfrentar. Mientras el buque divisa la costa existe una cierta tranquilidad náutica y técnica, la costa relaja la tensión, te produce seguridad, incluso las condiciones climatológicas, especialmente los vientos parecen más controlables y en caso extremo, siempre está la arribada a puerto o la recalada en un lugar de abrigo.

El halo de preocupación aparece cuando desde el buque no se divisa costa alguna, te hallas en el océano, sólo mar durante días, ya no tendrás ayuda de nadie y entonces recuerdas los acontecimientos de anteriores travesías y sabes que en algún momento el océano te mostrará su poderío. Es en ese momento, cuando más sientes la complicidad con tu barco, en realidad dependes de él, de su comportamiento ante la adversidad. Se vio a sí mismo en el Atlántico Norte, con un barco cargado con 40.000 toneladas de mineral de hierro. A los dos días de salir de puerto, la mar empezó a ponerse gris, densa y el horizonte se cubrió de una negrura que oscurecía incluso la misma noche, a la vez que se levantaba un viento de Poniente que encrespó la mar, cada vez olas más altas. El balanceo del buque se tornó más lento, como queriendo reservar energías para lo que iba a venir. Pronto el viento se transformó en huracanado y la mar para no ser menos se volvió montañosa, las olas eran negras coronadas por listones blancos, el barco crujía y había veces, que a pesar de ir bien cargado, parecía que algunas de ellas, lo levantaba y lo dejaba suspendido en el aire como una pluma y entonces se notaba el soplido de las máquinas, corazón de fuego y potencia que palpitaba en su interior, cuidado con esmero, protegido en su cámara de máquinas, pues sabe el barco que mientras existan sus pulsaciones lo mantendrá a flote. Y es en esos momentos cuando te agarras al barco, como naufrago a un salvavidas, pues te estás enfrentando a un monstruo sin piedad, que tiene como aliado a un viento borrascoso, acompañado de un silbido frío, que aúlla como la misma muerte y que penetra por todo el barco y éste aguanta las embestidas de las olas destellantes, que pasan una y otra vez, en una secuencia interminable y no sabes si estás yendo al fondo o atravesando la ola, debido a la intensa cortina de agua que atraviesa el puente y cuando pasa no ves ningún horizonte, sólo otra ola montañosa que tiene la intención de engullirte. A medida que pasan las horas y ves que el barco va aguantando, empiezas a sentir esa fortaleza que te da la seguridad de ese armazón de hierro, pero por otro lado aparece una cierta aflicción,al recordar, idealizar mejor, la tranquilidad de tu casa, los días de descanso vividos con la familia o los amigos y el tenebroso pensamiento de que igual no vuelves a ver, ni a sentir, ni a tocar más las cosas terrenales. Inevitables pensamientos por mucho rostro atezado por el mar que tengas. Y aquí es donde juega un papel importante la experiencia, para tener esa entereza en las difíciles decisiones que hay que tomar y no perder, o aparentarlo al menos, ante los ojos de la tripulación, la seguridad de que se está dominando la situación, que el barco está aguantando y que va a salir, ya que una de las situaciones que más impresiona en los días de galerna es la de no poder ver el horizonte marino, solo agua y agua. No hay conversaciones, ni monólogos, sólo monosílabos y miradas de preguntas inquietantes y observando continuamente si rola el viento y despeja y si el tono oliváceo de las nubes empieza a cambiar y cuando empiezas a atisbar cierta mejoría, con grises claros en las nubes y pedazos de horizonte, sientes ese triunfo del que ha ganado una batalla, que nunca pasará a la Historia, pero que te une más y más a tu barco, en una relación tal vez irracional, pero comprensible pues la navegación oceánica despierta tantos sentimientos y tantas emociones que, si alguno de ellos sirve para ganar el pulso a quien te quiere llevar al abismo, bienvenido sea.

Por eso el viejo marino, al recordar de nuevo esta experiencia vivida y con el sosiego que da la distancia de un tiempo pasado, se afirma más en su creencia de que un marino con experiencia nunca hablará mal de su barco y siempre le estará agradecido por su entrega desinteresada, sin pedir nada a cambio y uniendo a ambos en su destino.  

 

 

 

 

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