EL ÉXODO DEL 'VLORA'

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EDUARD BOADA 1 18/02/2017

El carguero VLORA llegó al principal puerto albanés –Durrës– procedente de Cuba. Allí debía descargar azúcar y aprovechar para hacer algunas reparaciones en el motor principal. Lo propio en estos casos. Sin saberlo, aquel barco albanés estaba a punto de entrar en la historia de la ciudad italiana de Bari por la puerta grande. Quizá por estar atracado en un punto de fácil acceso para la población civil.

Fue construido en 1960 en los astilleros de Ancona. Su primer nombre fue ILICE, y al comprarlo una compañía radicada en Albania fue bautizado como VLORA, hasta que finiquitó su servicio en 1995 y al año siguiente lo desguazaron en Turquía.

En Albania, el socialismo de Enver Hoxha se derrumbó con su sucesor, Ramiz Alia, a principios de 1990. Era la época de la glásnost y la perestroika en la Unión Soviética.  Las primeras elecciones llegarían en 1992, pero la transición no fue fácil, y el colapso del capitalismo fue mayúsculo. En 1997 Albania entró en un vacío de poder situándose al borde de una guerra civil.

En la década de los 90 se contaron por miles los albaneses que abandonaron el que fuera el estado más hermético de Europa. Las pésimas condiciones de vida les llevaron a emigrar y muchos pusieron rumbo a Italia. Para ello les sirvió el VLORA. Corrió la voz y millares de personas se dirigieron al puerto de Durrës. Los primeros consiguieron abordar el VLORA trepando por los cabos de amarre. Alegría, ilusión, esperanza. Y más de 20.000 (¡veinte mil!) personas les siguieron; ocupando literalmente cada centímetro cuadrado del barco. Todos a bordo, rumbo al paraíso italiano. Era la mañana del 7 de agosto de 1991. Halim Milaqi era el comandante del VLORA. "Si no partes pronto te mato", le amenazaba uno de los buscadores de El Dorado italiano. Halim Milaqi es consciente de que el barco zarpará. Sí o sí, con o sin él. Y que zarpará sin estar reparado, con miles de personas a bordo. El VLORA recorrerá las 55 millas más comprometedoras de su vida en 36 horas. Un tiempo demasiado largo para veinte mil personas.

No sin intentos de impedir la entrada del barco, a las diez de la mañana del día siguiente el VLORA entra en el Puerto de Bari gracias a la pericia del comandante Milaqi, que no pudo utilizar el radar ni el motor principal.

A la llegada del VLORA las fuerzas vivas de Bari estaban de vacaciones. A una semana del ferragosto ¿quién se queda en la ciudad? De estar al pie del cañón dudo que mucha cosa hubiese variado. ¿Cómo parar a más de 20.000 personas que persiguen el sueño italiano alimentado a base de TV? ¿Cómo decirles que no son bienvenidas, que van a ser deportadas en breve?

En Bari, el fotoperiodista Luca Turi inmortaliza la llegada del barco albanés. La sed, hambre e insolación habían hecho mella en las veinte mil almas del VLORA. La ilusión, persiste. No faltan los que se tiran al agua antes de tocar tierra, algunos escaparon. Unos pocos consiguieron quedarse en Italia, pero la mayoría fueron confinados en un estadio. Algunos murieron. Finalmente hubo quién retornó a Albania voluntariamente, con 50.000 liras en el bolsillo y ropa nueva; hubo quién retornó engañado, otros a la fuerza. Una vez más las imágenes televisivas no se correspondían con la realidad, y las puertas del paraíso italiano se cerraron a cal y canto.

Los movimientos migratorios nunca son aislados. El VLORA no fue el único barco que partió de Albania cargado de personas en busca de un futuro que creían mejor, anhelando mayores cotas de  tranquilidad y  seguridad. Y es que no aprendemos.

Fotos de Luca Turi

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