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EL DESENCUADERNADO

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NAUCHERglobal, Miguel Aceytuno 1 12/04/2017

Los naipes son otro libro, aunque desencuadernado, donde los ociosos también estudian. Pedro de Guzmán

Como ha cambiado el ocio. Los chavales ya no quedan para apedrearse con el cole de enfrente, entre otros motivos porque los mayores hemos llenado las calles de coches y no les dejamos sitio. Ahora se whatsappean para chatear sobre la próxima partida de Call of Duty. Igualmente ha sucedido a bordo. Seamos sinceros, se ha mejorado mucho. De breves llamadas telefónicas a horas intempestivas hemos pasado a poder mantener videoconferencias de forma regular con la familia. De un polvoriento armario con una pila de revistas atrasadas y libros manoseados por generaciones se pasó primero a unas cuantas cintas de casette con los grandes éxitos del verano y con mucha suerte a algún video mil veces visto, lo cual fue un gran avance, para en pocos años terminar llevando a bordo cada uno de nosotros la medioteca de Alejandría en el portátil.

También ha cambiado el ritmo de vida. Antes se pisaba mucha más tierra en los puertos, y dentro del ocio estaban estas visitas a las señoritas que Picasso pintó en la calle Avinyó, y de las que mejor ya hablaremos en otra ocasión. Por otra parte las tripulaciones eran mucho más numerosas, con lo que el ritmo de vida era otro, y quedaba mucho más tiempo para aquellas interminables tertulias entre guardia y guardia. Qué caramba, si algunos (no tan viejos) amigos míos aún se refieren de forma algo irreverente al obligado vasito de vino tras tomar la meridiana como “la hora del Ángelus”.

Ah, que agradables aquellas interminables sobremesas, cuando el capitán sacaba la llave del convoy (para los no avezados: pequeño mueble bar portátil) y se servía una copita, mientras los chocolateros criticaban (de buen rollo) a los compañeros de puente, y estos a su vez les ponían verdes (con todo el cariño). Pero claro, una vez contados todos los chistes y repasados todos los cotilleos, y cuando aún faltaban largos años para que se inventara el Drakensang, algo había que hacer para echar la tarde.

Quizás a los lectores más jóvenes les costará comprender que, por ese motivo, una baraja era casi tan imprescindible a bordo como el Almanaque Náutico. Y no solo para matar el rato: se competía fieramente, se suprimían (con el debido respeto) los rangos y podías meterle al mismísimo viejo un arrastro que te dejaba más ancho que alto. Ríase usted de un Barça – Madrid: un envite de mus generaba más pasión que el penalti de Guruceta.

Me decía un capitán ya veterano que se siente más cercano a Colón que a un puente actual donde es un ordenador quién manda. Internet y las nuevas tecnologías no solo han transformado la vida a bordo: también el ocio terrícola. En el tren, en el autobús… los viajeros están más pendientes de la pantalla de su móvil que de esa vida que solo pasa por nuestro lado una vez.  Leamos y releamos pues este pillo libro desencuadernado, que hace que nos veamos las caras y nos echemos unas risas.

Así que nuestro libro de hoy es la Baraja del Mar  (edición limitada) obra de F. J. Campos. A los que la han leído a bordo seguro que les recuerda partidas llenas de risas. Y a los que aun no… les recomiendo que, la próxima vez que salgan a la mar, echen una en la bolsa del portátil.

 

 

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