EL ASTILLERO (II)

  • Literatura

ALBERTO SÁNCHEZ ROS 05/07/2013

A pesar de haber servido durante treinta y siete años en la marina mercante y de haber vivido en una ciudad de Levante, famosa por los astilleros de su Unión Naval, nunca he tenido la suerte de presenciar la botadura de un barco. Durante años, he servido en ferries que frecuentaban el puerto de Valencia, donde el astillero era algo tan arraigado en la cultura popular como el Mercado Central o la Biblioteca del Hospital. Veía crecer los barcos, desde la colocación de la quilla hasta la pintura, los últimos retoques y el engalanado para la ceremonia. Cuando llegaba el día de la botadura, yo y mi barco siempre estábamos en otra parte. Al volver a Valencia me contaban como el barco nuevo, festivamente engalanado, se había deslizado hacia su elemento natural rompiendo las retenidas y arrastrando pesadas cadenas que lo frenaran antes de que la popa llegase al otro extremo de la dársena. Por eso, en el verano del año 2000, recomendé a mi familia que acudiesen al testero de Poniente, desde dónde podrían presenciar la botadura de un nuevo barco para la Trasmediterránea. La nueva construcción era una masa enorme de color gris. Carecía de la elegancia de los barcos que se habían construido hasta entonces, pero, su tamaño era impresionante. Nunca se había construido en el astillero un barco tan grande. El barco crecía a un ritmo muy rápido. Por las noches, el tinte azul de los portillos apenas amortiguaba las fuertes luces de su interior. Destellos de soldadura eléctrica y ruidos estridentes denotaban la febril actividad. La víspera de la botadura, una vez más, pasé por delante del astillero como tantas veces había pasado desde que servía en los barcos de línea regular. Tres días más tarde, mi familia me contó como había sido la botadura. El testero de Poniente dominaba el final de la grada de construcción, ofreciendo un lugar privilegiado para ver como el barco se deslizaba y entraba en el agua. Junto a mis familiares había muchos empleados del astillero que ese día no trabajaban. Comentaban que la cartera de pedidos estaba vacía y que ya no se iban a construir más barcos como aquél. Incrédulo al principio, cada vez que pasaba frente al astillero esperaba ver la colocación de una nueva quilla. Por fin, un día, me sorprendió algo nuevo, algo que no había visto nunca. Era una gran superficie de cemento completamente lisa en forma de plano inclinado. Se habían desmontado las camas de construcción y por primera vez en muchas décadas aparecía desnuda la base del astillero.

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