DOCENTE E INVESTIGADOR

  • Investigación y Ciencia

JESUS E. MARTÍNEZ MARÍN 12/02/2015

Quienes me conocen saben que profesionalmente soy una persona de pocas quejas y muchas soluciones; repito muchas veces esa frase de Confucio que dice: “Ante cualquier problema no hables, aplica solución, pues quien no aplica solución, ya es parte del problema”. Sin embargo, hoy hago una auto-reflexión como académico partiendo de la consideración sobre los marinos docentes.

Biznieto, nieto e hijo de docentes, sin percatarme mucho del camino que se abría ante mí, las Ciencias Náuticas me llevaban ante un mundo insondable y desconocido para mí. Recorrí mares, continentes, ciudades y conocí mucha gente, “incluso personas” (dixit), y me convencí sobre todo, de que mis férreas convicciones eran solamente relativas, y que una posición fija ante algo no es más que un eco perdido en el tiempo de un ser que se niega a evolucionar. Mis verdades eran mentiras para otros en otros sitios, y cosas de las que de solo pensarlas me reía a carcajadas eran serias e irrefutables verdades para otros. Se trata de ese fenómeno al que llamaban cultura, que no es más que “una suma de interpretaciones” que en la mayoría de casos no suele servirnos cuatro calles más allá.

Es por eso que no sé cómo ni en qué momento, el viento o las corrientes aprovecharon las buenas mareas para dejarme en esta orilla: La orilla de la ciencia y la investigación; la orilla de quienes, desde nuestras trincheras del conocimiento, aspiramos a un futuro mejor para la sociedad en general a través de la innovación y la generación del conocimiento.

Se exige calidad y se aportan docentes del mundo empresarial, a quienes se nos conoce como “profesores asociados”, que en la educación pública universitaria tenemos una contratación parcial y una remuneración un poco menos que modesta, por no decir pésima, pese a que aportamos frescura intelectual a la academia, ya que aunque somos académicos, llevamos dentro el día a día de la “industria” a la que pertenecemos, lo cual nos mantiene actualizados para poder llevar esa información casi siempre novedosa a las aulas de clase.

A cambio, ni nosotros, ni nuestros familiares tenemos muchos derechos; orillados a contratos temporales, que nunca se sabe si se renovarán o no, sin derechos pero con deberes científicos, académicos y económicos ya que se nos aplican todos los recortes como si tuvieramos los beneficios que reciben merecidamente el cuerpo de funcionarios; pero no, los asociados no tienen esos derechos, mutuas, planes de pensiones etc. que se han tenido pero en épocas y Administraciones anteriores.

Y no es cuestión de lugares. Paarece que en todo el mundo enseñar es en efecto retribuido de forma insuficiente, sin embargo, investigar, ya varía un poco más dependiendo del lugar de donde te encuentres.

Mientras, se consumen horas igual para preparar clases o corregir exámenes, o suena el móvil de la empresa porque ha habido algún problema urgente que solucionar, y además se forma parte de las filas del pluriempleo, penalizados en sus gravámenes.

En el fondo, usando una metáfora marinera, es como si fuesemos de pie en un bote sin cubierta, sin nada a lo que aferrarse no nos queda otra alternativa que capear los temporales para que las olas del sistema no nos deje encallados en las rocas de la mediocridad, adonde pareciera que quieren a toda costa arrojarnos, y así, como podemos, logramos dejar en las aulas y en los papers indexados lo mejor de nosotros…

Es solo una reflexión, no una crítica. Ser docente, desde hace generaciones, merecería una mejor consideración.

Me viene a la mente una frase que la RAE define perfectamente: Decepción, pesar causado por un desengaño.

 

 

 

 

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