CABO MATXITXAKO: A LOS OCHENTA AÑOS DE UNA EPOPEYA

  • Historia

NAUCHERglobal. Joan Cortada 28/02/2017

Acaso resulte algo impropio que un marino mercante tome la pluma para referirse a un hecho naval de carácter militar. Las batallas y las acciones bélicas en la mar sin duda cuentan con mejores glosadores entre los historiadores militares, a quienes seguramente cabe atribuirles toda la autoridad científica suficiente para valorarlas debidamente. Si, en el caso concreto al que me voy a referir a continuación, del que se cumplen exactamente ochenta años, me permito adentrarme en ese terreno, es por la única razón que buena parte de los hombres que lo protagonizaron eran, precisamente, marinos civiles.

Determinadas razones de índole familiar me han llevado últimamente a frecuentar un punto concreto de nuestra costa: el cabo Matxitxako. No resulta ningún secreto para nadie la peculiar y atormentada configuración geográfica de buena parte de Euskal Herria, donde cumbres de más de 1500 metros y numerosos cursos fluviales, crean un paisaje agreste, de valles más o menos recónditos y caseríos esparcidos por las laderas de los montes donde el esfuerzo y el tesón humanos han logrado crear prados y huertas en pendientes imposibles. También la costa ofrece un panorama generalmente extremadamente fragoso, con algunos acantilados de vértigo, numerosos tramos de bravíos escollos y —de tanto en tanto— un respiro y un refugio en forma de ensenadas o rías dotadas de acogedoras playas.

El cabo de Matxitxako, situado a unos 5 kilómetros al oeste de Bermeo, constituye el extremo más septentrional del País Vasco, su avanzadilla asomada al Cantábrico. El cabo es, en realidad, el lugar donde el monte Sollube rinde al mar. Un empinado monte hoy mayormente plantado de exóticos y poco estéticos —pero económicamente rentables— eucaliptos, pero que es de suponer que en tiempos pasados debió de estar cubierto por majestuosos robles o, por lo menos, de bellos pinares.

Como todo marino sabe, en el cabo Matxitxako hay un importante faro. Lo que posiblemente es menos conocido es que, monte arriba, por encima de dicho faro, existe un pequeño edificio muy antiguo (del siglo XVIII, posiblemente) dotado de una torre circular, que servía de punto de observación o de avistadero, de ballenas. Desde allí, un vigía era capaz de detectar la proximidad de los cetáceos y, con un sistema de señales de humo, avisar a la flota pesquera de Bermeo de su presencia y su demora más o menos exacta. Desde el citado punto elevado, el panorama es sencillamente impresionante. En días claros, la vista del observador abarca desde la costa vasco-francesa de Biarritz y aún más allá, hasta la cántabra Santoña y el cabo de Ajo.

En esos días claros y de buen tiempo, es preciso hacer un esfuerzo de imaginación para llegar a percatarse de que en aquel bellísimo escenario tuvo lugar la acción naval posiblemente más notable de la Guerra Civil, juntamente con la que dio lugar al hundimiento del crucero Baleares en aguas del cabo de Palos. Pero si esta última resultó una batalla naval convencional, la de Matxitxako reviste una significación insólita y se encuentra revestida de un especial hálito épico por las peculiares características de uno de los contendientes.

Se dice a menudo que, algunas veces, la realidad supera la ficción. Si algún novelista hubiese escrito unas escenas como las que verdaderamente ocurrieron en aquellas aguas el  5 de marzo de 1937, seguramente habría perdido todo crédito de verosimilitud ante sus lectores, quienes le achacarían un exceso descontrolado de fantasía.

Todo empezó con un crucero pesado franquista mandado por el capitán de navío Salvador Moreno, el Canarias, patrullando el Cantábrico al acecho de la posible llegada del mercante Mar Cantábrico que, procedente de Nueva York, transportaba un cargamento de armas para el Gobierno de la República, a descargar en Bilbao. Por otra parte, otro mercante, el Galdames, había zarpado de Burdeos también con destino a Bilbao, conduciendo a 173 refugiados vascos y algunos políticos. El Galdames iba escoltado por cuatro bous de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi con los nombres de Bizkaia, Donosti, Gipuzkoa y Nabarra, mandados por marinos mercantes habilitados como tenientes de navío. Sus nombres merecen ser recordados: Alejo Bilbao, Manuel Galdós, Francisco Elortegi y Enrique Moreno.

Frente a la potente artillería de 203 milímetros del Canarias, aquellos pequeños bous o bacaladeros sólo podían oponer un cañón de 52 mm a proa y otro de 47 mm a popa.  El Bizkaia de Alejo Bilbao y el Gipuzkoa de Manuel Galdós se habían adelantado bastante al resto del convoy y, al encontrarse con el Canarias en aguas de Matxitxako, optaron por enfrentarse al crucero franquista y tratar de atraerle hacia la costa, para ponerle al alcance de las baterías de punta Lucero y punta Galea. En el intercambio de disparos, el Gipuzkoa resultó seriamente averiado y sufrió varios muertos y heridos, no sin antes conseguir algún impacto en su enemigo, y se retiró envuelto en llamas hacia Bilbao. El Bizkaia tuvo mejor suerte y consiguió hacerse con el control de un mercante estonio cargado de armas, que el Canarias había previamente apresado, y ponerlo a salvo en Bermeo.

La acción prosiguió cuando el resto del convoy se encontró con el crucero del bando sublevado, siempre frente a Matxitxako. El Nabarra, mandado por el murciano de La Unión, Enrique Moreno, y el Donosti de Francisco Elortegi, no rehuyeron el combate, que tuvo la inconcebible duración, dada la desproporción de fuerzas, de más de una hora y media. El Canarias disparó contra el Galdames, causando algunas víctimas entre el pasaje y obligando al mercante a izar bandera blanca. Los dos bacaladeros continuaron la lucha hasta que un certero impacto del crucero en las calderas del Nabarra provocó la muerte de 29 de sus 49 tripulantes (entre ellos su valiente capitán) y el hundimiento del barco. El Donosti, a continuación, se retiró honrosamente del campo de batalla.

El apresado Galdames fue conducido a Santander. Uno de sus pasajeros notables, el diputado de Unió Democràtica de Catalunya Manuel Carrasco i Formiguera, que viajaba con su esposa e hijos, pagó por su doble condición de católico leal a la República y fue fusilado por los franquistas al poco tiempo, a pesar de las gestiones del Vaticano para salvarle la vida.

Ignoro si es cierta la anécdota narrada por Arturo Pérez-Reverte en un artículo de 2012, del cocinero del Nabarra , en cubierta del bacaladero, blandiendo el cuchillo  propio de su oficio y gritando a los marinos del Canarias: “¡Venid, si tenéis huevos!”. Aún sin ese detalle,  la intrepidez de aquellos hombres es de las que hacen época.

Tan ejemplar era el heroísmo de los marinos mercantes de aquella pequeña flotilla vasca, que el comandante del Canarias, Salvador Moreno y, muy especialmente, su tercer comandante, Manuel Calderón, intercedieron para que fuesen conmutadas las penas de muerte a que fueron condenados los supervivientes apresados del Nabarra. El segundo de ellos puso tanto empeño en ello que consiguió del general Franco el gesto inédito, al menos en el curso de la guerra, de la concesión del indulto a aquellos valientes.

Al rememorar aquella gesta desde el avistadero de ballenas del cabo de Matxitxako, me vienen a la memoria los versos del himno oficial de la Royal Navy británica, así como de sus homónimas de Canadá y Nueva Zelanda: “Hearts of Oak” (Corazones de Roble). Unos versos más que bicentenarios, pero que parecen escritos para la ocasión y que, más o menos bien traducidos, dicen así:

 “Venid y regocijaos, chicos, gobernamos el barco hacia la gloria.

Con las cabezas altas, ahuyentemos todo temor.

El honor nos llama, como hombres libres y no como esclavos,

Ya que, ¿quién es tan libre como los hijos de las olas?

De corazones de roble son nuestros barcos,

De corazones de roble son nuestros hombres...” 

Los bosques de Euzkadi quizás no están tan poblados de robles como lo estuvieran antaño. Aquellos nobles árboles acaso sirvieran para construir centenares de barcos que dieron muchas vueltas por el mundo y por sus mares. Robles magníficos que se ven hoy sustituidos por los prosaicos y utilitarios eucaliptos, válidos sólo para pasta de papel. Pero algo de su espíritu —de su “sustancia”, que diría un vasco— quedó en los corazones de hombres como los marinos mercantes del Nabarra, Bizkaia, Donosti y Gipuzkoa, que, sin apenas instrucción militar ni armamento adecuado, no dudaron en hacer frente a un adversario infinitamente más potente y capaz, en una lucha sin más horizonte ni esperanza que la gloria.

 

Notas. El artículo de Arturo Pérez Reverte sobre la batalla de Cabo Machichaco puede leerse en http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/658/un-marino-decente/

El relato de la batalla por Luis Jar Torre en https://www.grijalvo.com/Jar/Nabara.htm

 

 

Buscador

Introduzca los términos de búsqueda