ANTONIO LOPEZ Y EL DRAGÓN (2) - Con Comillas

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 15/02/2018

Antonio López fijó su residencia en Barcelona en 1855 y sobre la marcha se subió al tren del progreso catalán que había arrancado unos tres lustros antes e iba cogiendo velocidad de crucero. En ese año se fundó la Maquinista Terrestre y Marítima, se acababa de impulsar la red ferroviaria, creando para Cataluña un mercado en el resto de España, y poco antes la familia Muntadas con La España Industrial (1847) y Juan Güell con El Vapor Vell (1849), ambas fábricas en el barrio de Sants, habían consolidado la industria textil y el desarrollo de Cataluña.

También se contaba con bases financieras: Banco de Barcelona (1844) y Banca Vidal-Quadras (1849). Y la Bolsa de valores abierta en Madrid, en 1831, tenía en Barcelona animados círculos y corredores de bolsa. En cuanto al poder político, estaba reservado a la minoría censitaria (2,7% de la población) que ocupaba los principales cargos públicos por concesión, porque sí, porque no se compartían con quienes, desde el abusivo clasismo, eran considerados poco preparados o capas marginales. Serían las grandes bazas burguesas las que permitieron a Antonio López ganar por la mano el juego de intereses creados o no por las clases altas. Por algo fue a él a quien se puso en Barcelona el primer monumento en honor a los prohombres de su tiempo. Antes que a:Juan Güell, Juan Prim, Carles Aribau..., muertos hacía tiempo.

Antonio López prueba que la acumulación de dinero y poder iba de sí para quien en la Cataluña burguesa de primera hora tuviese arrestos, conocimiento, posibles y suerte para aprovechar las oportunidades. Él fue uno de los más conspicuos entre muchos.Se tejió así la emergente y endogámica burguesía que acabó liderando Cataluña durante décadas. Lo confirmaban dos asociaciones. Una empresarial:el Instituto Industrial de Cataluña (1849), embrión de Fomento del Trabajo Nacional y de la Cámara de Comercio.Y la otra, de ocio clasista: el Liceo (1847), que junto al Círculo Ecuestre (1856) y el Ateneo (1860), marcó la pauta para la configuración de una pléyade de asociaciones burguesas en las cuales la cultura y el esparcimiento fueron también una excusa para reafirmarse como clase hegemónica más allá del pavoneo. Su imagen culta, rica y galantemente unida en la selecta sociedad del tiempo libre contribuyó a que la alta burguesía catalana venciera al dragón Ladón.

Era imprescindible gestionar empresas y controlar centros de poder; y necesario deslumbrar con sus palacios y entes suntuosos… y hasta con sus encopetadas mujeres. De hecho, Hércules robó las manzanas de oro (estrellas) gracias a la añagaza hecha al sufrido Atlas (trabajador) y a que, como el sol al alba, su hercúleo halo de poder creó el efecto óptico de hacerlas desaparecer del firmamento. Por eso la alegoría de hacer desaparecer (robar bajo mano) también está ligada al resplandor de los poderosos en suexclusiva vida social. Es una de las múltiples funciones que tienen las selectas asociaciones culturales, deportivas, artísticas…, los palcos del Liceo, del Camp Nou… Y los palcos del esplendoroso Palau de la Música Catalana con elegantes y afamadas familias implicadas, o de comparsa, en las corruptas sacas mordidas a los ciudadanos. Lo de hoy, como siempre. También la cultura, y hasta la frivolidad de las clases altas fue susceptible de emplearse en el siglo XIX para burlar al dragón Ladón.¡Sólo faltaba! Lo normal, o quizás entonces menos. ¡A saber!

La burguesía catalana contaba, pues, con palancas y bagajes para afrontar los retos que iban despuntando a la par que ella también se consolidaba. Las fábricas necesitaban trabajadores proletarizados y la revolución industrial descoyuntaba la sociedad tradicional conforme se improvisaba a las bravas otra en donde las desigualdades y demás injusticias serían fuente inagotable de conflictos y contradicciones. Para colmo, las fábricas textiles tenían que ser protegidas, algo así como colectivamente subvencionadas, por la decisión política de poner prohibitivos aranceles a las importaciones británicas. Se forzó en exceso la máquina del progreso industrial y se desdeñaron los insufribles costes de que “los catalanes de las piedras sacan panes”. A la larga, los conflictos sociales y los daños políticos colaterales dejaron un saldo que cuestionaría el cacareado buen negocio de la industria textil. Es tarde para repasar balances, incluso imposible porque sus desglosadas cuentas son imponderables.

La explosiva cuestión sociolaboral y los agravios relacionados con el proteccionismo fueron los dos caballos de batalla que Antonio López se encontró al llegar a Barcelona, aparte del todavía soterrado conflicto que planteaba el renacimiento de la identidad catalana declamada por Carles Aribau (Oda a Pàtria, 1833). Vinieron a ser las hidras del dragón alado que la alta burguesía siguió sometiéndo. Incluso después de morir Antonio López, las conllevó mal que bien hasta el desastre del 98, para acabar su liderazgo socavado y derribado por ellas. La reciente decisión del Ayuntamiento de retirar a Antonio López del espacio público sería el punto final de esta clase dirigente que marcó los destinos de una Barcelona que a la larga le está pasando viejas, inmerecidas y manipuladas cuentas. Para ser justos habría que repasar su evolución desde mitades del siglo XIX.

Justo llegar Antonio López de Cuba para quedarse en Barcelona se topó con la primera huelga general y el primer asesinato importante de índole obrerista en Cataluña: Josep Sol Padrís, director gerente del Vapor Vell y hombre de la máxima confianza de Juan Güell. Tan grave como que, haciendo referencia al pronunciamiento de O´Donnell (Vicalvarada), Marx y Engels escribieran al respecto “Revolución en España”. Fue un aldabonazo de los nuevos tiempos.

Las bullangas de dos décadas antes (1835-1837) habían sido contra el clero y la nobleza por considerárles rémoras del antiguo régimen, pero al poco se plantearon los conflictos contra el Gobierno liberal y los empresarios catalanes. Y aunque en 1855 no se oían en Barcelona los ecos de los bombardeos de Espartero (1842) y de Prim (1843), los agravios relacionados con el proteccionismo arancelario y con la contestación sociolaboral de la Jamancia (hambrientos) dejaron rescoldos de victimismo y resentimiento que, hasta hoy, iban a poner en ascuas los recurrentes conflictos políticos y socioeconómicos: agravios con Madrid (España) y con el liberalismo (capitalismo).

Que dos ínclitos generales, admirados en un momento u otro por los catalanes progresistas, aplastasen a los barceloneses a lo Espartero: “Para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona al menos cada 50 años para mantenerla a raya”; o a lo Prim: “O caixa o faixa” (o caja/ataúd o faja/fajín de general) revela, junto con la huelga general de 1855, que Antonio López no encontró en Cataluña un desguarnecido Jardín de las Hespérides donde para enriquecerse le esperaba un ramillete de complacientes ninfas. Al contrario, debió acometer una hercúlea tarea porque desembarcó en Barcelona sin una fortuna deslumbrante ni un cargo público de relumbrón.

Sus anteriores estadías en Barcelona (boda, 1849), su suegro Andrés Bru Punyet, sus lazos trabados años antes con los Vidal-Quadras y otros indianos, su relación no sé hasta qué punto con Juan Güell en Cuba… fueron los puntos de apoyo para encaramarse al mundo de los negocios y más tarde hacer política. Lo evidente es que entró de hoz y coz a formar parte de la pudiente burguesía catalana que por entonces defendía el proteccionismo propugnado por Juan Güell (“Sobre la industria”, 1841) y dirimía sus cuitas internas por delegación a través de los espadones liberales Narváez, O´Donnell, Espartero, Concha, Dulce, Serrano, Prim… sin cuestionarse nada de gran calado hasta la crisis económica de 1866 y su consiguiente revolución llamada la Gloriosa (1868).

El programa político que Antonio López encontró en Barcelona consistía en lo que entonces alguien denominó “la cuestión catalana”, es decir, en proteger la industria, sobre todola textil, forzando al Gobierno a aprobar altos aranceles: “Pessetes, pessetes, que lo tot lo demés són punyetes” (la pela es la pela).De modo que, en las elecciones de 1850, las clases altas aparcaron sus diferentes tendencias para presentarse juntos en el “Frente Burgués Catalán”, a modo de la Minoría Catalana tan influyente después. También en aquella época se empezó a hablar del “grupo catalán”, formado por los prohombres que defendían similares intereses: Güell, Batlló, Tous, Girona, Arnús, Ferrer-Vidal, Serra, Muntadas, Taltavull, Jover, Juncadella… De entrada, Antonio López debió formar parte del grupo en la tercera fila para acabar en la primerísima. El familiar listado era cambiante. Luego ingresarían Bertrand, Godó, Tolrá, Sala… y de los 300 apellidos que menciona Jaume Vicent Vives se ha pasado hoy a los 400 referenciados por Fèlix Millet Tusell. Sorprende que más de 150 años después pervivan tales cuestiones, planteamientos y familiares lobis, como también sucede con el decimonónico temor sobre qué pasaría si el resto de España boicotease los productos catalanes.

Fue en este periodo durante el cual Antonio López empezó de veras a amasar su fortuna. Sin ocupar puestos políticos, pues como los verdaderols poderosos, él no perdió el tiempo calentando un escaño o cualquier poltrona. Sería hacía 1985 cuando escuché en clase a una profesora de la UAB decir que los empresarios y profesionales más importantes de Cataluña rechazaban entrar en la política activa para no perder tiempo y dinero. Antonio López ya lo sabía. En Cuba no fue ni concejal ni oficial de la milicia. Y, por lo que sé, en la Península sólo al final se sentó en algún cargo público y durante el menor tiempo posible.

Ser grande de España (1881) le confería un escaño vitalicio en el Senado, fue diputado provincial, no formó parte del Ayuntamiento de Barcelona y muy de paso presidió el Círculo Hispano Ultramarino. Por el contrario, Juan Güell y Manuel Girona no tuvieron empacho en ocupar cargos políticos y públicos, pues entonces era harto común que lo hiciesen las clases altas y aristocráticas. Hasta consideraban que ejercer la política y tener protagonismo en las entidades sociales (ej. el Ateneo) era una responsabilidad ineludible a tenor de su rango y preparación. Lo mismo pasaba con su abierta participación en los debates públicos, tal que Juan Güell con sus libros/opúsculos y numerosos artículos en prensa.

Antonio López no era de esta estirpe. Él debió de hacer política por otros medios porque buena parte de sus éxitos empresariales los obtuvo también en las altas esferas del poder sin subirse a la palestra hasta bastante tarde. Por lo que ha transcendido, siempre perteneció al ala liberal conservadora: proteccionista, centralista, monárquica, defensora de la españolidad de Cuba. De ley y orden. De trono y altar. Y partidaria de abolir la esclavitud sólo por fases y sin riesgos, como así fue a costa de más esclavos durante más años, entre otros motivos, porque se desaconsejaba emanciparlos durante la conocida como Guerra Larga de la independencia cubana (1868-78).

Su ideario vendría a coincidir con el de su socio, amigo, político y gran empresario Manuel Girona, quien con sorna dijo: “Como yo tengo mucho que conservar, con mayor razón he de ser conservador”. Tal cual. Metido poco o mucho en política de bambalinas, Antonio López empezó a enriquecerse. Participó en el fallido intento de fundar una compañía de seguros marítimos (La Mallorquina, 1857) junto con algunos que luego serían sus socios de por vida. Igual suerte corrió un intento similar en Cuba. Y acabó en 1857 fundando la naviera, futura Compañía Trasatlántica, que le catapultó al estrellato empresarial.

 Extraña que la crease sólo con su hermano Claudio y socios que conocía de Santiago de Cuba, y que para ello tuviese suficiente influencia en el Gobierno. En todo caso, Antonio López estuvo pronto relacionado en Barcelona y en Madrid con círculos empresariales y políticos, lo cual implicaba arrumbar hacia la burguesía catalana y los Borbones. Es más que anecdótico que Isabel II y el príncipe Alfonso celebrasen en Alicante, embarcados con boato en un vapor de Antonio López, la inauguración del ferrocarril Madrid-Alicante, puerto de escala de la línea marítima Cádiz-Barcelona-Marsella que entonces abrió la naviera López y cía. Reflejaría la deriva favorable a los Borbones que los Comillas tomaron, siguieron y dejaron estela.

Él nunca cambió de bando y, en lo básico y en lo posible, tampoco sus descendientes directos. Fidelidad. Hasta la revolución Gloriosa (1868) no tuvo problemas ni necesidad de entrar en política partidista porque el reinado de Isabel II colmaba sus expectativas; y sus intereses iban viento en popa: obtuvo la línea de soberanía a las Antillas (1861), creó el Crédito Mercantil (1863) para financiar/gestionar capitales y ganó millones con la aplicación del plan Cerdá (1859). Era imposible que Antonio López saliera más favorecido con la revolución Gloriosa. Aun así, se avino a ella, del mismo modo que sus descendientes catalanistas capearon, como mejor pudieron, los nacionalismos catalanes de derecha y de izquierda, el anarquismo, la república, la dictadura y ahora el secesionismo (rechazo de Carlos Güell de Sentmenat).

La paradoja es que Antonio López también fue muy favorecido por el alzamiento revolucionario del general Prim y del almirante Topete. La inestabilidad política en la Península favoreció pocas semanas después la sublevación de los independentistas cubanos. ¡Fue la guerra! Dinero, mucho dinero para quien como Antonio López era imprescindible para el trasporte de tropas y pertrechos a Cuba. Además, miel sobre hijuelas si el libre cambismo del nuevo ministro de Hacienda, el catalán Figueroa, permitió a la naviera López y cía. comprar y reparar barcos en el extranjero beneficiándose de la supresión del gravoso derecho diferencial de bandera.

La revolución Gloriosa desbarató el carcomido sistema isabelino de espadones liberales sin base de sustentación porque la sociedad española era distinta y lejana a su Gobierno y corte. Incluso existía ya antes cierta desafección entre la reina y sectores de la burguesía catalana. El incendio del Liceo en 1861 puso en evidencia que sus socios tenían dinero y entusiasmo para terminar de reconstruirlo en 1862. Y destapó la negativa de la reina a aportar fondos y, a su vez, que los socios no repusieran el palco real y quitaran la coletilla “de Isabel II” que lucía el Gran Teatro del Liceo desde que, para tal fin, la reina cedió a la burguesía barcelonesa el desamortizado convento que la orden trinitaria tenía en las Ramblas (1844). Fue un indicio de que las relaciones de las clases burguesas con la corona no serían siempre fáciles. Lo actualizó el desplante aburguesado (pitidos, esteladas, canto de Els Segadors…) que los príncipes de Asturias aguantaron en 2013 desde parte del público del Liceu.

Desafecciones aparte, el posterior derrocamiento de Isabel II trajo profundos cambios progresistas sin vuelta atrás y alentó múltiples aspiraciones democráticas de republicanos, socialistas, abolicionistas, catalanistas, federalistas, sindicalistas y demás. Vuelco radical, aunque precario, desde el magnicidio de Prim y la entronización sin apoyo popular de Amadeo I, quien en su primera visita nada más llegar a Madrid fue al velatorio de su principal valedor, Juan Prim. Empezó mal y acabó haciendo las maletas. Su patética soledad esperando el tren para dejar España, en el entonces páramo de Alcázar de San Juan, daba fe de lo engañado y solo que estuvo siempre.

La burguesía conservadora catalana no estaba para aventuras políticas y, menos aún, si implicaban el librecambismo y la abolición brusca de la esclavitud en Cuba. Convocó la gran manifestación en Barcelona a favor del proteccionismo (1869) y congregó a la flor y nata de la ciudad para rechazar de plano la anunciada abolición inminente de la esclavitud (diciembre de 1872). Al poco se movilizó y conspiró para encauzar a su favor la inestabilidad propiciada por el estucado reinado de Amadeo I, la tercera guerra carlista, la convulsa primera república y el cantonalismo tipo ¡Viva Cartagena! Hay que tener en cuenta que durante décadas la alta burguesía se consideraba representante de los intereses de Cataluña. Y, claro, actuaba en consecuencia. Como quienes ahora se envuelven en la señera para sus propios fines.

Antonio López no defraudó. Por primera vez entró abiertamente en política formando parte destacada del Círculo Hispano-Ultramarino (1871), de la Liga Nacional (1873) y del tejemaneje (Círculos Alfonsinos) que tramó la restauración de los Borbones, y del liderazgo de la alta y aristocrática burguesía. Como su yerno Eusebio Güell y su nieto Juan Antonio Güell cuando vinieron mal dadas para ellos y para las clases conservadoras, Antonio López ejerció un creciente protagonismo, aunque sin ocupar la escena con cargos políticos. Lo confirmó cuando en el palacio Moja hospedó a Alfonso XII en su primera visita a Barcelona (1875) y fundó el Banco Hispano Colonial (1876) para contribuir decisivamente al esfuerzo bélico en Cuba y de paso a la estabilidad de la restauración. Antonio López hizo política y consiguió sus objetivos.

Ganó las melazas de la victoria en Cuba y los réditos de un sistema político acorde a los intereses de la alta y aristocrática burguesía. Tanto más cuando sus últimos años de vida coincidieron con la fiebre del oro que dio un arreón a la economía catalana y legitimó la restauración, al tiempo que él se convertía en Midas (holding empresarial) y era alagado con títulos nobiliarios y largas visitas de Alfonso XII a Comillas en los veranos de 1881 y 1882. Murió encumbrado (1883), ajeno a que su cumbre/cota de poder sería la roca Tarpeya para el liderazgo de la alta burguesía que él había contribuido a forjar en Cataluña. A partir de él, empezó el declive de su clase social que la abocaría a ser aplastada en 1936. El dragón Ladón empezó a revolverse contra la alta burguesía que representaba Antonio López. Sin embargo, la sombra de poder hegemónico, vinculado en parte a los Comillas, aún se alargó hasta el desastre del 98 gracias a la arrancada que tenía la fiebre del oro, a las expectativas generadas por la Exposición de 1888 y al posterior nuevo ciclo de crecimiento económico.

Pero nunca sería lo mismo. La Gloriosa había cuarteado todavía más a la burguesía catalana (republicanos, monárquicos, federalistas, regionalistas, nacionalistas…) e impulsado a los partidos socialistas y a los sindicatos anarquistas; el final de la burbujeante fiebre del oro soliviantó los conflictos sociolaborales hasta entonces apaciguados por la sensación de riqueza; perduraba el carlismo sociológico; y la reivindicativa identidad catalana dejó de ser sólo un asunto del renacimiento de la lengua (Juegos Florales, 1859) para convertirse en el rampante catalanismo político.

La restauración, que había triunfado para barrar, esquinar o domeñar el conjunto de estos sectores reivindicativos, empezó a tener problemas en Cataluña en un contexto de renovados agravios.¡Cómo no! El detonante del Memorial de Greuges (Agravios), en marzo del 1885, fue la defensa del proteccionismo que exigía la burguesía. Pero al malestar por el anuncio de un convenio librecambista con Gran Bretaña y Francia se sumaron quejas de diversa índole por parte de quienes sentían que los intereses de Cataluña estaban indefensos frente al centralismo de Madrid.

El catalanismo político (Vicente Almirall), el derecho civil catalán y el uso sin trabas del idioma catalán convirtieron la sempiterna defensa del proteccionismo en un alegato a favor de la identidad catalana y de los intereses dizque específicos de Cataluña. Tal deriva ni se la habían planteado Juan Güell ni Antonio López, pero los herederos, al menos Eusebio Güell, se sumaron a la convocatoria del Centre Català (Almirall) que, por de pronto, redactó la sección política del Memorial de Greuges. Además de secundarlo las clases acomodadas, Eusebio Güell y Jacinto Verdaguer, sacerdote de los Comillas, formaron parte de la comitiva que fue a Madrid para presentárselo a Alfonso XII.

Por primera vez la alta burguesía catalana encabezaba una iniciativa no propiamente suya y que conglomeraba aspectos económicos, políticos, culturares e identitarios. Sin duda, empezaba a ir a remolque de unos nuevos compañeros de viaje que la abocarían primero al catalanismo regionalista para después algunos de sus sectores derivar hacia el nacionalismo.Ya sin frenos, aunque todavía hegemónica, la próxima estación de la burguesía conservadora sería 1892. Daba igual que un año antes se hubiese aprobado una ley proteccionista. Para entonces el nacionalismo (Unión Catalanista, 1891) había cogido el vuelo a rebufo del romanticismo identitario que seguía barriendo Europa, identificando lengua y nación y,para que nada faltase, recreando sus símbolos con la senyera, sardana, barretina, mitos, héroes y misa el 11 de septiembre por los caídos en 1714.

Las Bases de Manresa (Bases per a la Constitució Regional Catalana), a pesar de tener rasgos arcaizantes (tradicionalismo anti democrático), formuló un regionalismo que pedía el autogobierno y la preeminencia de la lengua catalana. Es revelador que participasen en el redactado Eusebio Güell y parte de la intelectualidad del Diario de Barcelona, el Brusi, por entonces el periódico de las clases acomodadas.Confirmaría la creciente escora de la alta burguesía catalana hacía un catalanismo político que seguiría enconándose. Era un modo de intentar retener a las clases medias y conservadoras propensas a abrazar un nacionalismo moderado. Como si los grandes empresarios, comerciantes, apellidos y títulos nobiliarios catalanes, que por lo general eran monárquicos y se sentían españoles, temiesen quedarse sin aliados en el conjunto de la sociedad catalana, lo que a la postre fue su destino en 1936.

La respuesta a esta política conciliadora llegó por donde y como menos se esperaba. El atentado del Liceo (07-11-1893) evidenció que la alta burguesía adolecía de una pérdida de legitimidad que no se solventaba sólo con más catalanismo. Pues si ella había presentado a Madrid su particular memorial de agravios, también era susceptible de recibir la infamia de un aterrador memorial de agravios por parte las clases populares más resentidas. Arrastrada por el catalanismo político y zarandeada por el anarcosindicalismo, la alta burguesía, heredera de las clases consolidadas por Antonio López, Juan Güell…, comprobó por primera vez que su liderazgo pisaba barro.

 La bomba lanzada en el Liceo por un anarquista mató a 20 personas e hirió a 30, y gracias que no explotó la segunda bomba Orsini. La alta burguesía catalana quedaba más que avisada. Fue el primer atentado explícito contra ella y encima escenificado en su entidad más clasista. Por si había la más mínima duda, el terrorista la despejó en el juicio: “Mi deseo era destruir la sociedad burguesa (…) Mi deseo consistía en sembrar el terror y el espanto.” Era lo que faltaba a las clases dirigentes catalanas para que se volvieran inseguras y recelosas. No era para menos. Les llegaron afrontas por todos lados. También de quienes habían sido favorecidos por el progreso propiciado por ellas.

Medio año antes del atentado del Liceo, Claudio López había echado del Palacio Moja, por insoportable, al genial Jacinto Verdaguer, quien hasta perder el juicio fue su íntimo amigo, y sacerdote y limosnero de los Comillas. Cuando dos años después Verdaguer fue en Madrid a intentar reconducir las relaciones con el marqués, éste le dio largas y el poeta salió despotricando para sus adentros: “Al bajar la escalera venían a mi memoria las terribles palabras (…) de que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que salvarse un rico, y me alegraba de ser pobre”. Meses más tarde publicó el alegato “En defensa propia”(1895) que predispuso a la gente contra los Comillas. ¡Con estas venía el privilegiado Verdaguer tras beneficiarse de los Comillas durante dos décadas! Algo así sucede con Antonio López, ahora consistorialmente denostado por la ciudad que más le debe.

El conflicto entre Claudio López y Jacinto Verdaguer es una metáfora del desencuentro entre las clases altas y las capas más o menos acomodadas de Cataluña. Que los desprotegidos atentasen contra ellas tiene un indigno pase, pero al menos alguna que otra explicación. Lo grave es que los favorecidos por el progreso económico liderado por los poderosos se distanciasen de éstos e incluso, como el desquiciado Verdaguer, se pusieran en su contra. De aquí el recelo.

Ni las siguientes dos décadas de crecimiento económico (1893-1913) aportaron a la alta burguesía la seguridad de que gozaba antes de la bomba del Liceo ni tampoco sirvieron para mantener sus lazos con las clases medias y holgadas. Optó, pues, por seguir replegándose en la endogamia y en sus centros exclusivos blasonados con el tópico “Real Club”: Náutico, Polo, Tenis, Golf… El Palau de la Música (1908), es un caso aparte. Y puestos a replegarse del todo, llevaron sus residencias a las mansiones, algunas exclusivamente veraniegas, de la parte alta de Barcelona tras ir abandonando primero las Ramblas y después el Ensanche. Pero al inicio de este paulatino proceso, la burguesía catalana aún viviría otro desastre, esta vez tan grande como para ir en mayúscula.

El Desastre del 98 fue un tajamar para esta burguesía. No tanto por las pérdidas económicas, pues fueron amortiguadas por la previa y prolongada repatriación de fortunas desde Cuba y por las huidas tras la derrota (ej. las acaparadas por el Banco Hispanoamericano). Además, la pérdida del remanente imperio se superó bastante bien porque coincidió con la fase alcista del ciclo económico. El desastre del 98 estuvo en que empeoró entre los catalanes la imagen de España. Cundió la idea de que pertenecían a una nación derrotada, incapaz de regenerarse, corrupta e incompetente, es decir, una carga para la laboriosa, responsable y exitosa Cataluña, que se orgullecía de su eficaz industria, de su estrenada identidad cultural y de su espectacular modernismo. El supremacismo nacionalista viene de atrás.

Las derrotas de Santiago de Cuba y Cavite favorecieron en Cataluña la desafección hacía España. Y de las reivindicaciones puntuales se pasó al rechazo del centralismo madrileño e incluso al auge del nacionalismo radical. Lo refrendó: “Adéu, Espanya!” (Joan Maragall, poema Oda a Espanya, 1898). La sacudida fue tal que el tablero de partidos políticos en Cataluña ya siempre fue distinto al de España. La última victoria electoral de la izquierda de ámbito estatal y no catalanista fue con Lerroux hace más de un siglo. Incluso el vuelco del centro derecha (Unión Regionalista, 1899) hacia el catalanismo político arrastró consigo al conjunto de la alta burguesía dando lugar a la Liga Regionalista. Supuso el final del planteamiento político de las clases dirigentes que, con Juan Güell, Antonio López, etc. formaban parte de la alternancia de partidos de la restauración, no circunscribían su acción política a Cataluña y menos aún planteaban el autogobierno ni el fortalecimiento de la identidad catalana a través de la lengua.

La Liga Regionalista completó en 1901 el giro político que en general la clase dirigente conservadora inició con las Bases de Manresa. Y la burguesía no catalanista quedó en la marginalidad, apenas despuntando algo con Alejo Vidal-Quadras, del Partido Popular. De hecho, desde Cánovas del Castillo ningún partido de ámbito español del centro hacia la derecha y no catalanista había ganado las elecciones en Cataluña hasta la reciente victoria de Inés Arrimadas, de Ciudadanos. Así de contundente fue el desastre del 98 que acabó por desarbolar en Cataluña el programa político de la restauración forjado, entre otros, por el marqués de Comillas. La alta y aristocrática burguesía catalana aún sería hegemónica durante unos lustros, pero su poder habría que ponerlo entre comillas conforme perdiese terreno electoral y señas de identidad.

 

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