ANTONIO LÓPEZ Y EL DRAGON (1)

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 12/02/2018

Antonio López está cuestionado en Barcelona porque en él no se reconoce apenas ni la clase social a la que pertenecía, aquella con la que tras compartir liderazgole ensalzó con un monumento. Es más, no figura como tal o está tan dispersa y diluida que ha perdido las señas de identidad liberal-conservadora y monárquica-centralista que mantuvo durante la segunda mitad del siglo XIX y primeros compases del S. XX. Incluso cuesta denominar a quienes, por su apellido o por su posición social, riqueza e influencia, serían sus descendientes sociopolíticos.

Se le sigue llamando burguesía cuando con la actual semántica ya no hay obreros, ni proletarios ni siquiera pobres, sino operarios, trabajadores y desfavorecidos.Sin embargo, al contrario que en otras partes, en Cataluña se mantiene fuerte el vocablo burguesía (ej. obras de Francesc Cabana) porque sus connotaciones pueblan el imaginario colectivo y resultan tan útiles para la contestación sociopolítica como las palabras fascismo y franquismo. Yestos ecos del pasado burgués de Barcelona hacen de ondas de choque que potencian la decisión de retirar a Antonio López del espacio público sin que haya quien lo contrarreste porque las personalidades en Cataluña no se sienten representados por él.

Denigrada por la izquierda radical y obviadapor los sectores pudientes, la imagen de Antonio López compendia el destino de una clase dirigente catalana que décadas después de su auge decaería en un recurrente fracaso hasta nuestros días. Algo de esto nos dice su monumento. Pero para verlo mejor hay que irse a un punto más lejano y recóndito de Barcelona, a la desembocadura que a modo de delta hace la calle Manuel Girona en la avenida Pedralbesy la Finca Güell. Allí, en la puerta para carruajes del Jardín de las Hespérides, que homenajea al marqués de Comillas con una referencia a La Atlántida, figura una soberbia verja, de Gaudí, con el dragón Ladón. Y si absorto frente a ella uno repasa su mitología,bien puede intuir por qué en el siglo XIX triunfó una clase dirigente al extremo de fijar en sus nombres la belleza y la creatividad que nos ensimisman y siguen atrayendo turistas.

En ese punto confluyen los apellidos Güell, López, Girona, Gaudí y Verdaguer: tres prohombres por antonomasia de la revolución burguesa y dos preclaros exponentes de las artes y cultura de aquella época en Cataluña. Antonio López es el personaje central de ese primoroso rincón modernista. El matrimonio de Eusebio Güell e Isabel López se lo había dedicado a él, y por fuerza Gaudí y Verdaguer tuvieron que tenerle en cuenta cuando trataron el tema de la verja. Su orientación hacia el Norte, para que en abril su constelación de forja coincidiese en el cielo con su homónima Dragón, sería una referencia al mes en que nació el marqués de Comillas. Nada parece haberse dejado allí a la casualidad, como tampoco es una chiripa que el sol ilumine directamente la verja sólo en los días en torno al aniversario del nacimiento de Gaudí (25 de junio). Razón de más para tomarse en serio el simbolismo que trasmite el lugar, en especial el dragón alado de la verja, que en el relato mitológico impedía que nadie entrase al Jardín de las Hespérides a robar las manzanas de oro, símbolo de la fortuna y del conocimiento.

La verja es aposta una loa a la revolución industrial en la que participó Antonio López. Queda claro dada la prolijidad de sus elementos de chapa, malla, ganchos, sierras, muelles, cadenas, corrugados… Solapada, aunque con igual fuerza, en la verja también figura la alegoría del triunfo del marqués de Comillas, y por extensión del conjunto de la alta burguesía, sobre las dificultades que tuvo para enriquecerse y liderar con éxito la Cataluña de su tiempo. Su dragón vencido y encadenado confirma que sólo quien derrota al crucial enemigo de cien cabezas es capaz de arrebatar la fortuna al Jardín de las Hespérides. En el esoterismo y la Historia Antigua, las Hespérides hacen referencia al Poniente (vesper), a Hispania, pero eso hasta supondría ver el reverso del “España nos roba”. No es el caso y menos cuando se forjó la verja en el taller cerrajero de Vallet Piquer, sito en la calle Lauria (El Correo Catalán, 18-05-1885).

 Lo relevante de este mito, narrado en La Atlántida, es que Antonio López, como Hércules, tuvo que enfrentarse e imponerse porque las manzanas de oro no están al abasto de cualquiera que pretenda ir a por ellas al huerto de las confiadas y luego desdichadas ninfas. Hay que ganárselo. Necesitó de la capacidad de trabajo, de la experiencia empresarial y de la autoestima que había ido forjando desde que siendo un niño huérfano y pobre tuvo que ganarse las habichuelas con diez años en Andalucíay a partir de los catorce en Cuba. Poco o nada le regalaron. El marqués de Comillas representa el prototipo del hombre hecho a sí mismo.

Si Hércules llegó a las Hespérides tras superar diez pruebas y cruzar el mar, también Antonio López, los indianos y demás protagonistas de la burguesía catalana recorrieron su particular periplo porque, por lo general, eran de origen humilde y sin apenas estudios. Y en su madurez tuvieron que vencer en Cataluña al dragón Ladón de cien cabezas: una región sin materias primas, con una orografía quebrada para la agricultura, sin ríos caudalosos (salvo el Ebro), ya no digamos aptos para la navegación comercial; sin apenas plataforma continental donde pescar en la abundancia; sin puertos naturales o qué menos alguna bahía o ría útil; sin poder político autónomo que velase por sus intereses; sin centros universitarios de primer nivel; con un obsoleto sistema gremial y una aristocracia maltrecha; con una sociedad fracturada por el carlismo y sus guerras, luego por las sacudidas de La Gloriosa y la dura contestación de los anarquistas; con una nación empobrecida, perdedora del imperio, estancada e inmersa en una crisis general desde Napoleón… Por sólo nombrar las principales cabezas de Ladón, y no todas.

Este es el dragón que Gaudí y Verdaguer plasmaron en la verja de la Finca Güell para homenajear el éxito de Antonio López y, de paso, de sus socios y amigos burgueses. Por supuesto, al dragón también le vencieron las clases populares catalanas e inmigradas que trabajaron a matacaballo sin mirar el número de horas, ni la edad por menor que fuese, ni los precarios derechos y malas condiciones laborales… con sus concomitantes abusos, vejaciones, accidentes y enfermedades. ¡Ah!, sin olvidar el privilegio proteccionista que España dispensó a su inaugurada Fábrica Catalana, pues hubo millones de españoles que sin saberlo pusieron el hombro por Cataluña desde la distancia, incluso tan lejos como desde las Antillas y tan olvidados en su aportación como son los esclavos y demás negros, muy en especial, de Cuba. Sí, el Ladón era un dragón que, al contrario que el de Sant Jordi, no lo vencía un solo caballero sin despeinarse ni bajarse de la grupa. También es verdad que su muerte no aportaba rosas ni conllevaba libros. Superar al simbólico dragón de la verja de Gaudí fue una larga, dura y conflictiva hazaña colectiva que aún colea y cuya recompensa fueron las manzanas áureas del progreso que alimentaron el despegue económico y el actual bienestar de Cataluña.

Esta tarea de todos fue liderada por la alta burguesía catalana, de la cual formaba parte el indiano cántabro Antonio López. Se la puede criticar e incluso denostar en parte, pero marcó a Cataluña los objetivos y le imprimió el ritmo tras culminar la revolución liberal con la derrota final del carlismo catalán en la Seu de Urgell (26-08-1875) y protagonizar cinco revoluciones: la burguesa, la industrial, la económica-financiera, la política (Restauración), y la cultural (Renaixença). Por si fuera poco, desbrozó el camino al catalanismo político gracias a la fuerte creación de riqueza y de organizaciones de toda índole que permitieron a Cataluña armarse de poder para reivindicar su identidad como nunca antes, ni con los Austrias, al extremo de que posteriormente el ultranacionalismo se inventase en serio su nación desde Perpiñán a Torrevieja, desde Fraga a Mahón.Hubo antes que fajarse y vencer. El marqués de Comillas como el que más.

La alta burguesía, de la que formó parte Antonio López, logró hacerse hegemónica; mantuvo el liderazgo a trancas y barrancas hasta el fallecimiento de sus herederos –Eusebio Güell, en1918; Claudio López, en 1925-; perdió posiciones con la generación de los nietos; fue aplastada en 1936; no pudo con Franco y fracasó en la Transición cuando algún biznieto/tataranieto intentó retomar las riendas. El artículo en La Vanguardia (08-11-2012) de Carlos Güell de Sentmenat (1930-2012), ya muy enfermo, seis semanas antes de morir, es revelador por lo que dice gracias a que con su apellido y clase social tiene el arrojo de sincerarse. Volveré a ello al tratar el periodo actual en “Sin Comillas”. Vaya por delante el desasosiego que siente él al titular “¿Hacia dónde vamos?” Sería la contraportada al imperativo “¡Vamos!” que podrían haber publicado sus antepasados Güell y López cuando marcaron el rumbo de Cataluña gracias también a que tenían fuertes aliados. Se entiende su lamento al exclamar en dicho artículo: “¡Qué difícil sería encontrar aliados!” Hasta cinco años después no se manifestaron en masa las banderas españolas junto con las catalanas para exhibir la existencia de la Cataluña española dispuesta a no dejarse amilanar. Era ésta mucho más trasversal que aristocrática por cuanto dieron más la cara el socialista Josep Borrell y el sindicalista Francisco Frutos.

Salvando este excurso, puede decirse que un desatado dragón Ladón acabó por tragarse a los Comillas, y a la clase social/ideario que representaban, cuando Juan Antonio Güell López, quien lucía los nombres y apellidos de sus dos abuelos, perdió la alcaldía de Barcelona en 1931, huyó en 1936, se exilió y por dignidad fue siempre desafecto al general Franco. Adiós a todo eso, a todo un siglo desde que Antonio López se afincó en Barcelona hasta los fallecimientos, en poco más de un mes (1958), de su nieto Juan Antonio Güell López y de su bisnieto Claudio Güell Churruca. Los títulos de marqués de Comillas y de conde de Güell ya ni radicaban en Barcelona cuando entonces pasaron, respectivamente, a los hermanos Alfonso y Juan Güell Martos.

El destino de los Comillas sirve, de alguna manera, para explicar más de siglo y medio de la historia de Cataluña, pues dicha saga, entroncada con los Güell, va unida a las vicisitudes de la alta y aristocrática burguesía catalana que en el siglo XIX se estrenó monárquica, española y conservadora para acabar fragmentada en tendencias contrapuestas, además de diluida en el centrismo y desdibujada por el rampante catalanismo. Se puede hacer de todo menos generalizar. Las clases sociales nunca son las ni lo que fueron y cada influyente familia catalana es un mundo en el cual caben además diversas y hasta opuestas sensibilidades.

 Lo determinante aquí es la evolución en Cataluña de la alta burguesía que, tras vencer al dragón Ladón, lideró durante el último tercio del siglo XIX, flaqueó con La Liga ya entrado el siglo XX, fue barrida en 1936 por los republicanos y los anarquistas, desdeñada por el franquismo y domeñada/abducida en democracia por el nacionalismo catalán. Vamos por partes. Hay tres periodos: según los Comillas formasen parte de la clase dominante (1855-1898), según su liderazgo fuese entre comillas porque cada vez estaba más cuestionado (1898-1936) y según los Comillas perdiesen protagonismo al no figurar apenas o ni siquiera en los centros de decisión (1936-2018).

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