ANTONIO LÓPEZ: Vida interior de las estatuas (2)

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 03/01/2018

La aportación del marqués de Comillas a Cataluña va más allá de los beneficios económicos que penden de sus exitosas empresas. También contribuyó con un impresionante legado artístico-cultural. Antonio López nos lo recuerda y declama desde su propio monumento con los versos que Jacinto Verdaguer le dedicó en su poema épico “L´Atlàntida”, el 18 de noviembre de 1876, cuando volvía a Barcelona desde Cádiz en el vapor Ciudad Condal. Están en la placa de mármol de la base del monumento, colocada en 1952 con ocasión del cincuentenario de la muerte de Verdaguer. Para entonces, el marquesado de Comillas, solo a efectos prácticos estando al frente Claudio Güell Churruca, había superado el desgraciado enfrentamiento final con el poeta y apoyó la propuesta del librero y entusiasta verdagueriano Isidre Magriñà, fundador de l’ “Associació d´Amics de Verdaguer”. Y allí siguen las estrofas de Jacinto Verdaguer honrando a su mecenas Antonio López.

Muntat de tos navilis en l´ala benehida,

busquí de les Hespèrides lo taronger en flor;

            mes ¡ay! es ja despulles

de l´ ona que há tants segles se n´es ensenyorida,

i sols puch oferirte, si´t plauen, eixes fulles

          del arbre del fruyt d´or.

“Llevado por las bendecidas alas de tus naves, busqué el naranjo en flor de las Hespérides; más ¡ay! despojo es de las olas que, luengos siglos ha, de él se enseñorearon, y sólo puedo ofrecerte, si te placen estas hojas del árbol del fruto de oro”.

Esta dedicatoria de Verdaguer nos recuerda que Antonio López, con su monumento, está en la base de la revolución cultural de la Renaixença, del Modernismo y del Noucentisme. Señala quién engrandeció la figura de Verdaguer y contribuyó al renacimiento de la cultura catalana. A modo de paráfrasis, “L´Atlàntida” se meció y culminó en los barcos correo de Antonio López.

“Sota l´aixela, salabrós encara i fent olor a quitrà i d´algues marines” llevaba Jacinto Verdaguer “L´Atlàntida” al desembarcar a finales de 1876 en Barcelona dando fin a casi dos años de capellán de barco en los vapores de Antonio López, durante los cuales terminó y refinó la obra literaria cumbre de La Renaixença. Sus versos huelen también a barco de madera, a hollín…, tras cruzar el Atlántico 18 veces en el Ciudad Condal y el Guipúzcoa, de la naviera López y Cía, nombrada desde 1881 Cía. Trasatlántica.

Antonio López fue un impulsor de renacimiento de las artes y letras de Cataluña. “La Renaixença”, periódico literario en catalán y germen del catalanismo político, se lo reconoció con ocasión de su fallecimiento: “Cataluña ha perdido con él uno de sus defensores más decididos y entusiastas”.

Luego se apuntaría al mecenazgo su yerno Eusebio Güell, casado con Luisa Isabel López en 1871. El matrimonio Güell-López descubrió el genio de Antonio Gaudí al admirar su modernista vitrina para la Guantería Comella, en la Exposición Universal de París (1878). Hay que admitirlo. Para cuando los Güell-López entraron de lleno en el gran mecenazgo, el marqués de Comillas hacía tiempo que tenía a Jacinto Verdaguer bajo el ala. Y mientras los Güell-López no pasaron de ser amigos de Gaudí, el marqués aceptó al poeta-sacerdote como capellán y uno más de la familia. Era admirado y querido y amigo. En grado sumo. Como si sus ojos verdeazulados hubiesen hipnotizado a los moradores del Palacio Moja, de Portaferrisa. Tal cual. Y si uno contempla la voluminosa “Obras Completas” de Mossèn Cinto, estaría bien sopesarla con el realismo (atribuido) a Josep Pla: “I això, qui ho paga?”.        

La familia de Verdaguer era modesta. Y aunque él había empezado a darse a conocer como escritor antes de contactar con Antonio López, fue éste quien le dio el espaldarazo decisivo.  Estuvo en nómina y tutela de los López desde que embarcó a finales de 1974 hasta que Claudio le alejó y luego echó del palacio Moja (1893) porque no tenía más remedio, dada la insoportable deriva que había tomado el sacerdote tras una larga crisis espiritual, personal y creativa. Fue un caso único de mecenazgo extremo.

El ser capellán de la familia apenas explica la trabazón de afectos y apoyos que el cura obtuvo de los marqueses de Comillas. Le invitaron a sus viajes por España, al extranjero (San Petersburgo, norte de África), a sus estadías en balnearios y en Comillas. Incluso su pasaje marítimo a Palestina, en compañía de otro sacerdote, le salió casi gratis, pues la ida y vuelta las hizo en barcos del marqués de Comillas que iban a Filipinas (1886). Pero esto es calderilla. Lo importante es que recabó de los López tiempo y dinero suficientes para aprovechar tranquilamente su genialidad literaria (ej. paseos por el Rosellón, poema “Canigó”). El mismo lo admite: “No tinc mes faina que dir misa i viure a on vulga”. Para algo disponía de un piso para sí solo. Primero en la calle Fontanella; luego en la calle Canuda nº 14-2º. Dicho lugar estaría hoy en la Plaza Madrid, porque un bombardeo franquista arrasó la zona y no se reconstruyeron las casas dado que, por suerte desde punto de vista arqueológico, apareció por sorpresa la necrópolis romana.

 En todo caso, ser el limosnero del marqués de Comillas (al principio para 25 familias pobres) y responsabilizarse de las capellanías de los barcos de pasaje del naviero… debían fatigarle más bien poco. Presupongo que el capellán del marqués no viviría como un marqués, pero gracias a los López llevó durante años una vida de “Príncipe de los poetas catalanes”, no sólo en la acepción alegórica que le dio Torras y Bages (1902). Como el tenista Rafa Nadal durante años, el capellán del Palacio Moja lo ganaba todo, desde los Juegos Florales a los reconocimientos públicos y certámenes (ej. letra del “Virolai”). Era de esperar. La edición de lujo de “L´Atlàntida” (la definitiva, 1878), pagada por Antonio López, pronto confirmó el entusiasmo que despertaba en su mecenas. Nunca le falló. El poeta tampoco a él, patente en el poema “A la mort de D. Antonio López”, de trece versos, que le dedicó y termina así:    

“--No, --´m respongué,-- mos dies més felissos// no me ´ls doná la gloria ni ´l plaher,// sinó l´ orfe, lo pobre, ´ls malaltissos// que prengueren mon tronch per respatller”.

"No --me respondió,-- mis días más felices// no me los dio la gloria ni el placer,// sino el huérfano, el pobre, los enfermos// que tomaron mi tronco como respaldo". 

 

La personalidad de Jacinto Verdaguer tiene tal desmesura que eclipsa los demás mecenazgos que ejerció Antonio López. Si los guiris no pueden escaparse del apellido Güell cuando recorren el mapa turístico de Barcelona, resulta que muchas de sus obras están realizadas por los mismos que construyeron y decoraron el complejo monumental que Antonio López y sus socios/familiares (“Los trasatlánticos”) levantaron en Comillas (Palacio de Sobrellano, Universidad Pontificia, El Capricho, la Capilla y Panteón). De los arquitectos catalanes que pasaron por Comillas: Cascante, Domenech, Martorell, Gaudí…, alguno de ellos se encumbró allí gracias al marqués, antes de consagrarse del todo en Barcelona.

También trabajaron en Comillas, el pintor Llorens Roig, los escultores Llimona, los hermanos Vallmitjana…; y todo un largo desfile de artistas catalanes que por aquello de ser artesanos (ebanistas, marmolistas, vidrieros, grabadores, metalistas, fundidores, herreros de forja…) siempre quedan en segundo plano, pero que cuando uno visita El Palau de la Música o pasea por el Ensanche de Barcelona no puede menos que apreciar su enorme creatividad. Pues bien, parte de este movimiento artístico lo empoderó Antonio López por el simple hecho de que tenía mucho dinero y gusto para agradar, aunque el predominante estilo ecléctico pueda hoy parecernos, en según qué casos, de turbada belleza.      

El mecenas no lo hacía sólo por amor al arte, le convenía. Las obras creativas prestigian al dinero, en especial a los nuevos ricos, como el marqués de Comillas y demás alta burguesía catalana que durante las primeras décadas de la Restauración iniciaron un ciclo de renacimiento artístico espectacular, sin parangón en la historia de la ciudad. También en esto Antonio López creó escuela o, al menos, la impartió. A partir de él sería de obligado buen tono que las grandes fortunas catalanas gastasen en obras exquisitas, fueran en piedra, en bellas artes o en colecciones privadas. Cada cual a su modo. A los Güell (también son López) más bien les dio por los edificios, parques y palacios; a Evaristo Arnús, por la música (Teatro Lírico, 1881); a los Bosch, por cuadros, monedas… Para no ser exhaustivo, también se implicaron en sufragar el arte y la creatividad con mecenazgo, coleccionismo y patrocinio: Cambó, Marés, Espona, Plandiura, Godia, Clos, Muñoz… y Lara (Premio Planeta), entre muchos otros. Buena parte de todo ese patrimonio está a la vista (parques y fachadas), abierto al público o ha pasado a formar parte de los museos, si no fue antes expoliado, saqueado o destruido por los bandazos políticos, por la Guerra Civil y por los inconfesables (incendios en el Palacio Moja).  

Retirar ahora el monumento a Antonio López sería otra tropelía iconoclasta contra su legado. De cometerse, apenas sólo le homenajearía en Barcelona “El jardín de las Hespérides”, en la Avenida Pedralbes. Es una obra de Antonio Gaudí por encargo de Eusebio Güell, a deseo de su esposa Luisa Isabel López, quien se lo propuso en memoria de su padre, que acababa de morir. Su sorprendente puerta, con el dragón alado, aúna la reminiscencia de Antonio López, la forja creativa de Gaudí y “La Atlántida” de Verdaguer. Los tres. Perfecto, porque por suerte queda lejos y pasa desapercibido para quienes desean erradicarle del espacio público.

Casi peor es quien lo mantiene, pero de modo vergonzante. Tal como sucede en el Museo Marítimo de Barcelona, que rotula la “Sala Marqués de Comillas” sólo con “Sala Comillas” y la maqueta de sus barcos están desprovistas de la enseña de Trasatlántica y de la preceptiva bandera española de popa. Ni tienen un gallardete con la insignia corporativa. Es lo que hay. Sin un marino en nómina. Sin sensibilidad. ¡Cómo para defender el patrimonio del último monumento que queda en el puerto relacionado con la marina mercante! Y mira que es fácil fijarse en las letras de palmo de la dedicatoria: “Al gran naviero…”, que figura a los pies de Antonio López.  

 

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