ANTONIO LÓPEZ: VIDA INTERIOR DE LAS ESTATUAS (1)

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NAUCHERglobal, Eugenio Ruiz Martínez 1 22/12/2017

Antonio López se defiende solo, por sí mismo. Bastaría un mínimo de ecuanimidad, de solidaridad intergeneracional y de tolerancia con los cambios históricos en la percepción ética para que nadie cuestionara su imagen y su monumento en Barcelona. Fue un ejemplo de superación personal, de éxito profesional, de contribución al conjunto de la sociedad, en especial a la ciudad de Barcelona. Y sus méritos fueron reconocidos y agradecidos por quienes le conocieron. Ni por esas. Ninguna personalidad residente en Barcelona con tanto prestigio en vida está siendo hoy tan denigrada como él. Es una excepción en la que reparar porque no es la primera vez que se pone su imagen en la picota. Es su sino.

Siempre vuelven quienes desean pasarle viejas cuentas. Lo hizo su cuñado Francisco Bru Lassus con un libro para vengarse de la supuesta usurpación de la fortuna familiar (1885); y lo hicieron los milicianos derribando su estatua por considerarle un símbolo de la burguesía conservadora (1936). Ahora, izquierdas, sindicatos y SOS-Racismo dan por hecho que fue negrero o esclavista para retirar su monumento. Tienen un especial prurito moral con Antonio López. Siempre el atropello. Contra esa sinrazón, él no puede defenderse.

Carece incluso de una biografía acorde a su relevancia. Su labor empresarial es lo más y mejor investigado, pero con lagunas insalvables y algún enfoque sesgado (obras de Martín Rodrigo Alharilla). Su vertiente humana/personal es una incógnita. Y su contribución a la política, a la cultura y las artes figura en retazos, alguno de ellos claro y grato (“Comillas, preludio de la modernidad”, María del Mar Arnús, 1999). El Marqués de Comillas tiene precarias defensas por pertenecer a una época cuya escala de valores no coincide con la actual. Además, han desaparecido sus otrora poderosas empresas con miles de trabajadores; y se ha desvanecido la influencia que tenían en Barcelona sus descendientes y la clase social/política a la que pertenecía. Está al albur de cualquier mendaz.

 No hay en Barcelona ningún monumento más vandalizado que el suyo, y su imagen tachada de negrero da patente de corso para rebatirla sin el más mínimo rigor en las acusaciones e incluso en los datos históricos que deberían ser incontestables o fáciles de comprobar para no cometer errores de bulto. Llevo desde junio leyendo tantas barbaridades y ligerezas contra Antonio López que no puedo evitar sentir vergüenza ajena. Es el caso del artículo “Barcelona, la ciudad que tiene un monumento a un esclavista” (10-03-2013), abarrotado de tanta animadversión como de disparates, algunos de cosecha propia y los más de un desinhibido corta y pega. Por decir uno, porque de las decenas de trabajos repasados hay pocos que eviten la vulgarización y el descuido, no muchos más que los apenas publicados en su defensa.

Para la mayoría de los detractores del Marqués de Comillas, todo él se reduce a que fue un negrero y, a lo poco, un esclavista. Lo demás, secundario. E igualmente reduccionistas son las pruebas de que fue traficante de negros. Dedico a ello un capítulo del libro de próxima aparición, pero vaya por delante que investigue quien investigue, o sea este o aquel el divulgador, siempre la fuente principal se reduce al libro “La verdadera vida de Antonio López y López por su cuñado Francisco Bru” (1885). Como si allí se narrase la vida y desmanes del negrero Antonio López. Pues, no. Apenas se refieren a ello tres páginas y media de las 271 que tiene la obra (de la 62 a la 65). El resto es de distinta filfa, que a nadie interesa hoy y que en parte repite lo publicado en “Fortunas improvisadas” (1857). Lo relativo a las acusaciones de negrero es apenas un escuálido panfleto, que por falta de cualquier tipo de prueba y testimonio sería un libelo. En el libo de próxima aparición pondré en evidencia a quienes por indigencia intelectual dan crédito a esas grotescas, míseras y malintencionadas páginas.  

Y las acusaciones respecto a que fue esclavista parten del historiador Martín Rodrigo Alharilla, quien ha comprobado en los archivos de las escribanías de Cuba que la sociedad de Antonio López intermedió en la compraventa de esclavos y durante unos años tuvo cuatro ingenios y cuatro cafetales, la mayoría de ellos por poco tiempo. Sobre el papel, todo eso era legal y sólo por dichas pruebas no puede afirmarse, y menos con rotundidad, que el origen de su enorme fortuna fuera la compraventa y explotación de esclavos.

 El Marqués de Comilla se enriqueció a lo grande porque tenía cualidades empresariales, algo que intento dejar claro en un capítulo aparte. Ofende el empeño sistemático de negar sus virtudes y ennegrecer u obviar sus logros. Y encima, a lo fácil, pues salvo Rodrigo Alharilla, nadie se ha tomado la molestia de investigar o al menos hacer una lectura crítica de las obras que consideran de referencia. A sus actuales detractores les basta con retomar las recurrentes sospechas de que se enriqueció gracias a una sociedad esclavista, a la dote de su mujer y a las inversiones de sus suegros Bru-Lassus; y que una vez en Barcelona acabó amasando una enorme fortuna con los monopolios y empréstitos del Estado, con las guerras en Marruecos, Santo Domingo y Cuba, con las plusvalías inmobiliarias en los ensanches de Madrid y Barcelona, con el trato privilegiado de La Restauración.

Son incapaces de ver en él a un excepcional empresario toda vez que le sitúan en el contexto túrbido donde, dicen con mala baba, crujió a los negros, dio un braguetazo y varios pelotazos, hizo tráfico de influencias y rapiñó mientras corría sangre en los conflictos bélicos. Les ciega no sé si el odio o la revancha contra quien representa unos valores contrarios a los suyos, contra quien triunfa a pesar de su origen humilde, contra el charnego que acabó al frente de la burguesía catalana al extremo de repujar más hondo sus pautas (monárquica, española, liberal-conservadora). No lo sé, no. Habrá razones ocultas y profundas que desconozco.

La paradoja es que este rechazo se encone sólo en Barcelona, cuando es precisamente la ciudad que debería estarle más agradecida. Razón de más para centrar en la capital catalana la defensa ajena del Marqués de Comillas aprovechando que su estatua tiene vida interior. No es un inerte trozo de piedra esculpido con discreta belleza por Fedreric Marés. Antonio López habla a través de ella, de su monumento y de su plaza. Gracias a los anarquistas que derribaron la espectacular estatua de bronce y al dictador Franco que la repuso en barato (1944), la arrumbó (1962), la redujo y la deslució en roca blancatche de las canteras de Montjuic, lo más sobresaliente del monumento son hoy los cuatro bajorrelieves de mármol que explican sus principales legados a Barcelona.

También contribuye a esto último que al revés que la estatua del músico Anselmo Clavé, en el Paseo San Juan, desproporcionadamente grande para su basamento inicial, la nueva de Antonio López resulta empequeñecida como si plasmase la pérdida de importancia de dicha personalidad. Tanto más sin el realce que le confería el zócalo original con coronas de bronce, pues el repuesto por Marés es del todo insulso: le resta atractivo y fractura al monumento. Sin olvidar que lo mismo hizo Marés con la peana de bronce que estaba incorporada a la estatua original. La dejó en piedra con lados lisos, sin los resaltes que tenía, uno de ellos con un ancla y su cadena. De bronce solo perduran los 16 clavos/pernos que anclan los cuatro decorados mármoles.

Tanto despojo en los ornatos contribuye a destacar, con sus bajorrelieves, la aportación del Marqués de Comillas al despeje económico de Barcelona. A fin de cuenta este monumento es un islote del archipiélago que por toda la ciudad sobresale del subsuelo, de la segunda mitad del siglo XIX, mostrando quiénes echaron los cimientos y zapatas de la actual prosperidad. Si antes de la reciente fuga de empresas, Cataluña ya no contaba con grandes corporaciones, los mármoles bajo esa estatua de Marés ponen de relieve quién se dedicó a traerlas. Y los escudos que figuran en las cornisas y bajorrelieves (Santander, Francia, Filipinas, Cuba…) hablan de la amplitud de los intereses comerciales que tenía su holding, con sede en Barcelona. Ya sólo la Compañía General de Tabacos de Filipinas fue la primera multinacional que tuvo España.  

El monumento a Antonio López es muy ilustrativo en este sentido. Fue un acierto que se rechazase la idea original del arquitecto José Oriol Mestre de ornar su basamento con solo temas marítimos (boceto en el Archivo Histórico de Barcelona). Su intención era que dichos recuadros mostrasen lo que “constantemente ocupó los pensamientos de Antonio López (…) que fue el desarrollo del comercio marítimo con preferencia a los demás ramos del cual de su mayor parte penden”. No coló. La comisión ejecutiva, sin armadores al frente, no lo vio así.

El monumento que tiene en Comillas (Cantabria) homenajea al naviero, pero el de Barcelona lo hace al capitán de empresa que forjó una corporación con sede en la capital catalana. Y como los principales promotores del mismo estaban relacionados con las finanzas: Girona, Ferrer Vidal, Arnús… pusieron en el plano frontal el bajorrelieve de la banca (libro de contabilidad…), dejando a espaldas de la estatua y cara al puerto el tema náutico: con timón, ancla… y una beldad con sus vestidos al viento en alegoría de los barcos mercantes con sus velas henchidas.

Por encima de los infundados escrúpulos morales, los bajorrelieves del monumento son los alegatos en mármol y arte que tiene Antonio López por los cuatro costados contra quienes quieren retirarle del espacio público. La decisión del Ayuntamiento tiene tan poco sentido como arrancar de “L´Atlàntida” la vistosa dedicatoria que un Verdaguer agradecido escribió para Antonio López. Va todo junto. Como sucede con la estatua del Marqués de Comilla y Barcelona. Pertenece al inextricable primer eslabón del despegue económico, cultural y político de la ciudad y del preludio de la modernidad de Cataluña. Sigue tan vivo que hasta huele todavía. Habría que olisquear mucho el hipotético hedor a barco negrero en ese monumento ceñido por bajorrelieves que hacen referencia a las vaporosas iniciativas empresariales del Marqués de Comillas. Sí, huele a envolvente tabaco (Compañía General de Tabacos de Filipinas); a carbonilla de barco (Compañía Trasatlántica); a bocanadas de tren (Ferrocarriles del Norte) y a dinero sobado por el fuerte despegue económico (Crédito Mercantil, Banco Hispano Colonial).       

 El Marqués de Comillas no está en el pedestal porque trajo a Barcelona una fortuna. Eso y más a lo grande lo hacían muchos otros indianos que hoy figuran sólo en los pies de páginas. Él sigue encumbrado gracias a que sus dotes empresariales y su capacidad de trabajo contribuyeron al auge de la ciudad. El libro panegírico, editado tras su muerte por el Ayuntamiento de Barcelona para honrarle con el sentir publicado en los diarios y revistas, contiene este acertado recorte de prensa: 

“Hubiera podido hacer como tantos y tantos otros, que por desgracia existen, que una vez asegurado su bienestar, sólo viven para sí, sin cuidarse de nuestros deberes en la tierra (…) En una época en que todo nuestro tonelaje se componía de pequeños buques de vela y algún vapor, proyectó crear una línea de vapores que estuviese a nivel de los extranjeros.” (“Fomento de la Marina”).   

Antonio López no ejerció acorde al prototipo de indiano que bien podía retratar Gaziel en el Casino dels Senyors (“Sant Feliu de la Costa Brava”, 1963). Él no fue un rentista, tampoco un bonista (deuda pública) ni accionista de iniciativas empresariales ajenas a las suyas. Fue un empresario de primer orden. Si lo importante, como en el bikini, es lo que no se ve: las raíces y cimientos, el legado de Antonio López está en la base de la actual Barcelona. Empezando por el puerto, que se circunscribía a poco más que los arenales del Port Vell cuando él fundó la naviera A. López y Cía. (1857) con el capital de tres parejas de hermanos (López, Satrústegui, Eizaguirre). Al comercio marítimo fue sumándole los negocios relacionados con las finanzas, los seguros, los trenes, el astillero, el tabaco, las minas, las fincas urbanas y rusticas… Buena parte de lo cual dio alas a una Barcelona que no se entiende sin Antonio López.

Cuando hacia 1853-1855 él se afinca definitivamente en Barcelona, todavía la ciudad no había acelerado su revolución industrial. Le aporta los caudales de haber plegado velas en Cuba: el monto principal de sus negocios, la dote de su mujer Luisa y las inversiones de sus suegros Bru-Lassus. Desde luego no deslumbró a nadie porque viniese bañado en oro, del mismo modo que en Cuba no figuraba en la sacarocracia, ni en la talasocracia, ni se codeaba con las familias patricias de toda la vida, ni sobresalía entre los clanes peninsulares de nuevos ricos.

Por lo poco que trasluce su vida en Santiago de Cuba, sus principales contactos eran con la red familiar de sus suegros Bru-Lassus, con Manuel Calvo, Ramón Herrera, el general Armero, Bernardo Pérez, hermanos Valdés, familia Vidal-Quadras, Patricio Satrústegui, Joaquín Eizaguirre… Algunos de ellos serían después prohombres, pero por entonces, salvo el general Armero, ninguno era un personaje fuera de lo normal para un empresario que tampoco sobresalía en demasía. De hecho, fundó su naviera en España sin el concurso de los criollos cubanos de renombre, ni de los enriquecidos peninsulares residentes en Cuba, ni de los indianos podridos de dinero que conocía en Barcelona. Se hizo con la sola participación de las antedichas parejas de hermanos, poniendo él sólo la mitad. Digo solo porque los otros cinco socios tampoco eran lo que se dice unos acaudalados indianos. Tenía cierta fortuna, no más.

Antonio López no llegó a Barcelona siendo “El hombre de las Antillas” (obra teatral inglesa, 1771) en la que un indiano recibe una gran recepción en Londres y su criado cavila: “Dicen que posee ron y azúcar en grandes cantidades como para hacer ponche con toda el agua del Támesis”.

Tampoco encaja con el indiano de “Los Gavilanes” (zarzuela, 1923) que canta: “No importa que el hombre joven vuelva viejo/ Si al cabo el corazón canta en su pecho/ No importa mi lucha por ganar oro/ Si al cabo vuelvo rico y poderoso”.

Antonio López figura entre quienes volvieron de hacer las Américas bastante jóvenes y relativamente adinerados para emprender otro tipo de negocios en la Península. En su caso como promotor o emprendedor. Aportando dos valiosas décadas de experiencia personal en hacer negocios de distinta índole y en forjar un entramado de intereses económicos que interrelacionaba familiares, amigos y socios solventes.  

Llegó a Barcelona sin una idea clara de por dónde empezar y acabó al frente incluso de quienes ya tenían más dinero, posición, contactos, recorrido y experiencia que él. Y lo consiguió sin valerse del trabajo esclavo, ni del sistema esclavista. No era un Tomás Ribalta ni un Agustín Goytisolo que llegaron con grandes sumas de dinero a una Barcelona en plena expansión industrial y urbana y que, sobre todo, invirtieron en fincas, sin una iniciativa empresarial de gran envergadura, y menos aún dejaron un legado en expansión al estilo del Marqués de Comillas. A él no se le puede aplicar el dicho cubano sobre la evolución familiar de los comerciantes peninsulares: “Padre bodeguero, hijo caballero y nieto pordiosero”. Pasó más de un siglo antes de que naufragase o disolviese su holding. Habrá de todo, pero a sus tataranietos no me los imagino mendigando por las esquinas.

Antonio López no fue un rentista; ni al principio invirtió en el extranjero como otros muchos indianos que salieron de Cuba con fortunas sin llegar nunca a la Península. Tampoco fue uno de los muchos enriquecidos en las Antillas que murieron en la paz del Señor tras años plácidos gozando de sus rentas. Al revés, el Marqués de Comillas falleció tres décadas después con las botas puestas tras la primera junta de accionistas de Tabacos de Filipinas. Más bien se parece a Miquel Biada Bunyol (1789-1848), que llegó de Cuba con más iniciativas empresariales que dinero, siendo el promotor del primer ferrocarril español (Barcelona-Mataró, 1848) y que ni lo pudo inaugurar, porque poco menos que murió en el empeño por estar siempre al frente del proyecto incluso a expensas de su salud.    

 Antonio López sabía mover el dinero y aglutinar en torno suyo los intereses y las fortunas de otros muchos. Sus socios de por vida, que iba sumando a lo largo de toda ella desde sus tiempos de Cuba, corroboran que trasmitía confianza, gestión y seguridad. Llegaban a ser amigos y colaboradores, cuando no también parientes; sentimientos que perduraron entre familias hasta mucho después de morir la primera generación que los generó (los Robert). Afectos aparte, eso siempre es una mina de oro.

Según Francesc Cabana, el Marqués de Comillas fue “uno de los hombres más admirados por la burguesía catalana, con la cual mantenía buenas relaciones. Y uno de los pocos no catalanes protagonistas de la transformación del país” (“La burgesia emprenedora”, pág. 69, 2011). Desde luego, Antonio López no desentonaría demasiado en la Galería de Catalanes Ilustres, del Palacio Requesens, por los muchos de ellos que trató en vida y le consideraron uno de los suyos. 

Tenía alta capacidad empresarial. Sumaba a sus dotes en economía sus habilidades sociales y de relaciones públicas. Y a resultas de los beneficios que ello aportó a Barcelona, él acabó sobre un pedestal. ¡Tanto cuesta admitirlo! A qué viene indagar en las covachas de la memoria si el Marqués de Comillas se aprovechó del sistema esclavista. Era imposible no hacerlo toda vez que negociaba en la Cuba de mediados del siglo XIX. La polémica está en cómo se perciben las pruebas espigadas en los legajos y archivos. Y qué tiempo aplicamos para acusarle, si el real, el sicológico, el de la memoria histórica o el atemporal. Ni el filósofo Bergson nos lo podría dilucidar.

Todo es según el color desde dónde se enjuicie la lontananza. En 1886, el tráfico de esclavos era para su benevolente yerno Eusebio Güell Bacigalupi un tema lejano: “En el pasado, uno de los principales medios de explotar la riqueza en nuestras Antillas fue la ignominiosa trata de esclavos, pero este inmoral comercio se extinguió hace ya muchos años”. Un siglo después, David Jou i Andreu, en su libro “Els sitgetans a Amèrica i diccionari de americanos” (1994), obvia la esclavitud y hasta a los negros cuando explica el enriquecimiento de los indianos de su ciudad. Poco menos que se atenían a la plantilla común de ser un santo y piadoso que “con esfuerzo, privaciones y ahorros reúne un respetable capital y vuelve a Sitges”. Y no sólo David Jou tiene esta actitud cegata, basta comprobar que hoy todavía los indianos mantienen un deje de celebridad en sus pueblos. Sin embargo, para la malquerencia de ajustarle cuentas a Antonio López, los excesos de la esclavitud acontecieron ayer mismo por tarde y, dando por seguro que él fue un imperdonable negrero, han decidido retirar su estatua, siendo la primera en toda Europa que pasará por tal oprobio.

Aun siendo cierto que hizo dinero en ello, su fortuna no la amasó vulnerando lo social y legalmente admitido. Al menos, no hay pruebas. Lo incuestionable es que fue un exitoso empresario. Sobre estos parámetros habría que juzgarlo. Y puestos en lo malo, sería fácil exonerarle con el argumento de Carlos Peña Alvear, capitán de la marina mercante con sobrados años de servicio:

“Si efectivamente hubo alguna conducta rechazable por parte de Antonio López, su dedicación y entrega al trabajo, la contribución a la modernización del país, la ingente creación de empleo y la labor social –por no hablar de su patriotismo hoy tan devaluado—desarrollada a través de sus muchas empresas por Antonio López y López y continuada por su hijo Claudio López y Bru, no tienen parangón en este país llamado España” (“De la mar y los barcos”, 05-01-2017).

Pero no consiste en contraponer las acusaciones de negrero con lo mucho que el Marqués de Comillas contribuyó a la sociedad. Sería entrar en el juego de quienes le denigran. No. Antonio López no tiene por qué redimirse con sus méritos. Su aportación en vida y su legado, en especial para los barceloneses, se validan por sí mismos y por tanto deberían seguir siéndole agradecidos. Sin loar las bondades del Marqués, está claro que su fortuna impregnó la ciudad creando empresas y puestos de trabajo, y dando créditos.  Cuando él murió en 1883, Barcelona era gracias a él la sede del mayor holding empresarial de España, vivía en pleno apogeo la bonanza que Narcís Oller noveló en “La febre d´or” (1890) y estaba a ex puertas la Exposición Universal de 1888 que dio el espaldarazo definitivo a la Ciudad Condal en todos los aspectos de la modernidad (gran urbe, industria, servicios, comercio, estudios, cultura, arte…).  

La revolución industrial iba a velocidad de crucero con Antonio López echando a la locomotora del progreso fuertes inversiones de todo tipo, sobre todo en el sector servicios. Si los Güell se centraron más en la industria (hierro, textil, cemento) y los Bosch en las infraestructuras (Junta de Obras del Puerto), textil y negocios portuarios (consignatario y socio de la Naviera Pinillos); la corporación del Marqués de Comilla, en sí mismo un IBEX de su tiempo dada la diversificación de sus empresas, tuvo especial interés por los trasportes (Cía. Trasatlántica, Ferrocarriles del Norte), por las finanzas (Sociedad de Crédito Mercantil, 1863; Banco Hispano Colonial, 1876), por los seguros (La Previsión, 1880) y por el consumo (Tabacos de Filipinas, 1882).

Fuera de Barcelona quedaron en Matagorda (Puerto Real, Cádiz) el primer astillero moderno de España, con su soberbio dique seco (1876); en Euskadi, su participación en los Altos Horno; y en Asturias, el complejo minero de Mieres que dejó a punto para que su hijo Claudio la desarrollara. A Madrid les fue los empréstitos al Estado, las fincas del Ensanche y la participación en el Banco de Castilla hasta convertirlo en la sucursal del BHC. Sin olvidar su fuerte apuesta personal en Comillas y la finca de Navalmoral de la Mata (Cáceres) Y estas eran sólo las señeras.

Antonio López tenía otras iniciativas que beneficiaban a Cataluña, (finca de Santa Perpetua de Mogoda) y seguía en brecha cuando una angina de pecho le fulminó. Tenía 65 años. Tres días antes había dicho a alguien lo propio que fanfarronean los exitosos de su edad: “Nosotros, aunque tengamos años, somos más fuertes que los muchachos” (“Crónica de Cataluña”, 18-01-1883). Dejó sin acometer dos de sus proyectos: crear un centro financiero en Cataluña, algo que aún hoy nunca se ha logrado del todo; y unir en una empresa la red de los ferrocarriles españoles, lo que después sería la Renfe (1941). Por lo demás, su contribución a Barcelona lo confirma que su holding empresarial fuese conocido durante décadas como el “Grupo Catalán”. No tiene sentido que Barcelona retire su monumento porque, dicen, representa a un negrero. Faltan pruebas fehacientes. ¡Ya vale! Además, su aportación a Cataluña va más allá de los beneficios directos que penden de sus exitosas empresas. 

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